Ecos

El británico Henry Naylor conjuga el cristianismo victoriano y el islamismo radical para hablar de dos mujeres sometidas por sus esposos

Foto de Ángela Martín Retortillo

El planteamiento, a priori, parece demagogo. Conjugar dos historias, dos monólogos, de dos mujeres separadas por ciento setenta y cinco años, y pretender configurar un vaso comunicante repleto de coherencia, suena ―como así se confirma después― a posicionamiento sesgado. Nos topamos con dos mujeres, dos cuerpos, dos espectros, con ropas similares; pues ya desde el principio se nos quiere recalcar que son lo mismo, que no ha pasado el tiempo, que da igual la época victoriana para una cristiana, que la actual para una musulmana radicalizada. Que doscientos años han pasado en balde y que seguimos con las mismas. Silvia Abascal, a quien le falta algo de energía en su dicción, dice encarnar ―la disposición es el discurso explicativo, la narración subjetiva y descontextualizada― a Tillie, una joven de la época victoria, inteligente, estudiosa de los insectos, cristiana practicante (por supuesto) y empujada por las convicciones de aquella sociedad rígida en la moral a contribuir con el mandato de su patria. No entraremos en las imposiciones de los imperios ―tanto para hombres como para mujeres―, dejaremos aparte la lucha de clases propiciada por la revolución industrial iniciada por «la pérfida Albión»; porque aquí el foco es cerrado y exclusivo. Así aceptará el pasaje gratis que le ofrece su gobierno para viajar hasta Afganistán, para casarse con el teniente que le «ha tocado» y, de esta forma, poder aportar una buena prole al asentamiento imperial en la India. Sin amor y con la disciplina militar insertada en la mollera, el marido ejerce su desprecio y su misión con mecánica insolencia. Sigue leyendo

Proyecto Edipo

Sófocles y el futuro postaurino se imbrican en este angustioso montaje escrito y dirigido por Gabriel Olivares

Muy posiblemente, a tenor de lo que hemos podido observar en las últimas temporadas, sea Edipo la figura mitológica que ocupa el primer lugar en atractivo teatral. Podemos recordar la versión de Sanzol, el Edipo en Colono de Wajdi Mouawad, la mirada humorística de los portugueses Companhia do Chapitô y hasta el Tebas Land de Sergio Blanco. Gabriel Olivares ha pretendido dar una vuelta de tuerca y, en cierta medida, lo ha conseguido. Más, desde luego, por su dirección, apoyada en la técnica del view points y por esa sobredimensión escenográfica con la que acierta a mostrárle al espectador todo el esqueleto de ese peculiar escenario del Teatro Fernán Gómez. Visualmente el espectáculo viene cargado de potencia y de una intensidad que propende en esa estética postapocalíptica. Evidentemente, el trabajo de Felype de Lima es fundamental. La blancura del vestuario, otra vez un híbrido entre los hábitos que nos remiten a las sacerdotisas griegas de Delfos y, a la vez, a los uniformes que podemos encontrar en La guerra de las galaxias o en todas esas películas futuristas que lo recargan todo con el blanco. Comprenderá que es inevitable acordarnos de Tomaz Pandur, también por esa falsa sencillez en las tablas; aquello se puebla con elementos multiusos que van trazando diferentes espacios, como un hospital siquiátrico o un ruedo improvisado, con la iluminación de Carlos Alzueta, como si procediera de una nave espacial en el desguace o de un búnker habilitado ante la radiación ambiental. Sigue leyendo

Gross Indecency

Los famosos juicios a Oscar Wilde suben a escena con un espectáculo visualmente muy vigoroso

Posee Gabriel Olivares y su TeatroLab una veta verdaderamente interesante dentro del panorama escénico español, y que se fundamenta en la aplicación de técnicas como el método Suzuki. El director conoce los entresijos del teatro comercial; pero, como demuestra con obras como esta, también es capaz de indagar en creaciones que pretenden escapar de lo convencional. Ya nos llevamos una grata sorpresa con su montaje de Our Town, donde ya se introducía en estos procedimientos consistentes en el control del cuerpo, en el movimiento grupal, en un desarrollo coral del gesto, etc. Ahora, en la misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez, se aventura con Gross Indecency, esa «grave indecencia» por la cual Oscar Wilde terminó en la cárcel, acusado de sodomía. La historia de los tres juicios a los que se vio expuesto —en el primero de ellos el denunciante fue él mismo— es bien conocida, gracias a diferentes publicaciones y a películas con cierto éxito como Wilde (1997), de Brian Gilbert. Sigue leyendo

Los amores oscuros

Un espectáculo sobre el último amante de Lorca, donde destaca la actuación de la cantaora Clara Montes

El mito de Lorca, su historia y su hagiografía, el fetiche que, en muchos casos, tapa los valores estrictamente literarios y que va camino de asfixiarnos con tanta profusión. Aquí partimos de una novela titulada Los amores oscuros, escrita por Manuel Francisco Reina, donde se nos revela —tiene mucho de periodística—, según las investigaciones del autor, que un tal Juan Ramírez de Lucas habría sido el último amor de Federico y que además habría inspirado los Sonetos del amor oscuro. Esto contradeciría lo que se nos anunció en la exitosa La piedra oscura de Alberto Conejero, quien situó a Rafael Rodríguez Rapún como instigador de ese poemario. Sea como fuere, no es este el lugar para dirimir quién tiene la razón o si será posible determinar si el poeta jugó a varias bandas. Sigue leyendo

La vida es sueño [vv. 105-106]

Carles Alfaro plantea en los Teatros del Canal una perspectiva esencialista de la obra calderoniana

Siempre es interesante volver sobre la obra maestra de Calderón; el drama que mayor complejidad filosófica entraña del siglo XVII español (y diría que europeo). Se nos presenta una versión donde se hace referencia explícita a esos dos famosos versos del dramaturgo madrileño: «qué delito cometí / contra vos naciendo»; un hipérbaton que es toda una declaración de intenciones moral. Aunque en la propuesta de Carles Alfaro ante todo encontramos una estética muy definida que remite directamente con Éramos tres hermanas que dirigió en el 2014. Trabaja el director con un minimalismo que agolpa la sofisticación del texto y lo expande a través de fantasmagorías, elucubraciones oníricas y, en este caso que nos compete, un futurismo que podemos sondear visualmente en celdas transparentes en películas como Skyfall o en aquellas donde Hannibal Lecter es apartado de la carne, e, igualmente, en algún capítulo de Black Mirror. Es decir, ese cubo acristalado debe ser tomado como una verdadera provocación directa al espectador. Sigue leyendo

Séneca

Una versión del texto de Antonio Gala acerca del filósofo cordobés, musicada y carente de buen gusto

Foto de marcosGpunto

La posmodernidad nos está estampando tales artefactos que uno puede llegar a la conclusión de que acabaremos subsumidos por una gran y única obra llamada Batiburrillo. Si pensábamos que con César y Cleopatra, Emilio Hernández había logrado un imposible, con esta función se alcanzan unas cotas inenarrables para el Centro Dramático Nacional. Séneca ha perdido la aposición —«El beneficio de la duda»— que Antonio Gala le impuso. Ahora viene a secas, aunque podríamos renombrarla como Séneca, el musical o Séneca, en Las Vegas. Parece que aquí lo único que cuenta es crear un producto con aires de clásico (algo que suene a Roma o a Grecia), al que se le usurpen todos aquellos posibles devaneos intelectuales o vericuetos filosóficos, y al que se le sumen toda clase de elementos espectaculares (música, canciones, humo, desnudos, etc.) para que el próximo verano el Teatro romano de Mérida esté a rebosar y nadie salga con la más mínima intención de suicidarse estoicamente. Lo que nos hemos encontrado en la sala principal del Teatro Valle-Inclán es un pastiche kitsch, un montaje hortera en el que se mezclan sin sentido aderezos que sumergen lo sentencioso del discurso senequista en el subsuelo como una mera excusa. Sigue leyendo

Vida de Galileo

Versión de la obra brechtiana estilizada por un vestuario icónico diseñado por Felype de Lima

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

A pesar de que Galileo Galilei es uno de los personajes históricos más populares (1564-1642), se sigue manteniendo el bulo de que fue quemado en la hoguera por contradecir el modelo ptolemaico, como sí lo fue, por razones parecidas, Giordano Bruno. La obra que escribió Bertolt Brecht, quien reescribió en tres ocasiones el texto (aquí tenemos la última versión, de 1955), puede parecer a primera vista demasiado tendente a la fría biografía e, incluso, al documentalismo. Al fin y al cabo, hablamos de un anciano dedicado a sus pesquisas científicas día y noche.

La versión y la dirección de Ernesto Caballero permiten dinamizar enormemente la función. Recurre desde el principio al truco metaliterario desde el cual todo se presenta como un ensayo en el que mágicamente el mismo Bertolt Brecht se pone en la piel de Ramon Fontserè para convertirse en Galileo. Así se logra, como bien afirman, que el propio protagonista no envejezca y tampoco el pequeño Andrea, el cual puede mantener siempre el mismo rostro incólume de Tamar Novas. Aunque, desde mi punto de vista, la mejor decisión que ha tomado el director del Centro Dramático Nacional ha sido elegir a Felype de Lima (aún se recuerda su labor en el Fausto de Pandur) como diseñador de vestuario. Es el generador de toda una estética en la que se conjuga la sencilla ropa que cualquier actor puede emplear en un ensayo, con los elementos de atrezo que van a definir su personaje. Combina prendas maltrechas, como las túnicas de fieltro roído que usa Galilei, con complejos cascos-máscara en los que se hibrida el pico del médico de la peste con la protección que cualquier soldado podría llevar en la cabeza durante la Segunda Guerra Mundial. Todo se impregna de negritud, esplendorosa en la vestimenta de las damas de la corte o en el contraste en blanco del Papa, y cómo se recrea en escena todo el proceso de su propio vestir. Encontramos gorgueras, estolas, levitas, pero también pantalones, cinturones, guantes de plástico en una mezcla atemporal y anacrónica que nos sumerge en un mundo oscurantista atenazado por la enfermedad y soportado por el carnaval. Sigue leyendo

Our town

Llega el clásico de Thornton Wilder interpretado coralmente con los mínimos elementos

Our town - FotoEl texto con el que ganó el Pulitzer en 1939 Thornton Wilder huele a la inocencia ingenua; es una especie de reclamo pre-contemporáneo repleto de bucolismo, antes de que tuviéramos que convivir con máquinas inteligentes y con los mecanismos de la mercadotecnia dispuestos a vender hasta nuestras mismas emociones. En la órbita de Frank Capra, en el despojo esencial de los vicios y de las virtudes, asistimos a la vida cotidiana de Grover´s Corner, un pequeño pueblo del este de los Estados Unidos, a principios del siglo XX. Gente normal y corriente materializando un tiempo que se escapa —mucho más lentamente que ahora— en la inconsciencia de la mortalidad. Una historia básica del ser humano, concreta y general, puntual y anodina, pero cargada de los resortes que se disparan cuando ya todo es demasiado tarde. Sigue leyendo

Fausto

Tomaz Pandur crea una escenografía prodigiosa para representar el clásico de Goethe en el Teatro Valle-Inclán

Foto de Aljoša Rebolj
Foto de Aljoša Rebolj

Fausto es una obra literaria compuesta por dos partes. La primera de ellas fue escrita en 1806 y la segunda en 1832. Mientras que la primera contiene un argumento comprensible (entreverado de todo tipo de alusiones filosóficas y diálogos metafísicos), la segunda es pura alegoría, un viaje en el tiempo en busca de Helena de Troya con múltiples personajes mitológicos. Fausto no está destinada, en principio, a la representación, sino a una lectura sosegada que requiere una amplia cultura, si se espera profundizar en los aspectos profundos que se trabajan en ella. Por lo tanto, presumiblemente, muy pocos espectadores van a entender menos de la mitad si antes no han hecho los deberes. Y ante esta situación, todas las alusiones al público entre complacientes e irónicas sobre las dificultades del libro que sueltan los actores, aparte de instrucciones sobre aquello que se está representando, sobran; puesto que rompen con la atmósfera dramática que se pretende crear, además de no tomar en consideración a unos asistentes que deben saber a lo que van. Sigue leyendo