Séneca

Una versión del texto de Antonio Gala acerca del filósofo cordobés, musicada y carente de buen gusto

Foto de marcosGpunto

La posmodernidad nos está estampando tales artefactos que uno puede llegar a la conclusión de que acabaremos subsumidos por una gran y única obra llamada Batiburrillo. Si pensábamos que con César y Cleopatra, Emilio Hernández había logrado un imposible, con esta función se alcanzan unas cotas inenarrables para el Centro Dramático Nacional. Séneca ha perdido la aposición —«El beneficio de la duda»— que Antonio Gala le impuso. Ahora viene a secas, aunque podríamos renombrarla como Séneca, el musical o Séneca, en Las Vegas. Parece que aquí lo único que cuenta es crear un producto con aires de clásico (algo que suene a Roma o a Grecia), al que se le usurpen todos aquellos posibles devaneos intelectuales o vericuetos filosóficos, y al que se le sumen toda clase de elementos espectaculares (música, canciones, humo, desnudos, etc.) para que el próximo verano el Teatro romano de Mérida esté a rebosar y nadie salga con la más mínima intención de suicidarse estoicamente. Lo que nos hemos encontrado en la sala principal del Teatro Valle-Inclán es un pastiche kitsch, un montaje hortera en el que se mezclan sin sentido aderezos que sumergen lo sentencioso del discurso senequista en el subsuelo como una mera excusa. Esto no es Séneca, si acaso el despendole de Nerón. Cierto es que el texto que publicó Antonio Gala en 1987 circunda en la semblanza y en dejar al personaje algo arrumbado ante los acontecimientos. Le falta la tensión dramática que aquí se quiere suplir mediante otros procedimientos. Para ponernos a tono, acogiéndose a los preceptos de la oratoria y a su captatio benevolentiae, comenzamos musicalmente como si nos hubiéramos adentrado en un Cabaret (humo, sale mucho humo). Luego nos encontramos con el filósofo cordobés, quien espera en los jardines de su casa la sentencia fatal del César. Pronto llega Petronio, con el que rememora su infancia y ese trascendental momento en el que se convirtió en preceptor de Nerón. Observamos la representación de esos flashbacks, donde cada interviniente se aproxima con su canción y, como nació en Córdoba, por qué no un poco de flamenquito para meterle quejío al siglo I. Carmen Linares debuta como actriz para meterse en el papel de Helvia (madre de Séneca) y nos deleita con su arte, aunque nos tengamos que tragar tal anacronismo. Rápidamente cobrará presencia Agripina, con una Esther Ortega desaforada y creíble. Aunque es Diego Garrido, como Nerón, quien se lleva gran parte del protagonismo. El actor posee desparpajo y se lanza con ambición. Sus contradicciones, su personalidad flanqueada por emociones antagónicas, se plasman carnalmente. Aunque tengamos que soportar unas canciones infames y una excesiva muestra de su lubricidad desatada y hasta un punto grotesca. Por momentos la función parece tomada por el tamiz aristofánico de una comedia sucia, procaz y carente de gusto. Carolina Yuste tiene una breve intervención como Acté, la amante siria (cristiana) que el propio filósofo se ha encargado de buscarle al emperador («Quiero decir que la homosexualidad de Nerón me preocupaba. Solo le interesaba una mujer»), y que resuelve adecuadamente. Con el paso de los minutos Petronio sigue apuntalando con sus intervenciones el fino hilo conductor de la historia. Como si fuera el maestro de ceremonias, Ignasi Vidal, toma cierto aire mefistofélico, aunque no consigue dar brío a un montaje que está hecho a trozos, deslavazado y que parece que no se dirige a ningún lugar más allá de esos recuerdos. Los papeles de Otón, que interpreta José Luis Sendarrubias, y de Popea, que encarna Eva Rufo, apenas están perfilados y resultan inconvenientes. Digamos que la propuesta planea en dos direcciones inconexas y que estéticamente se autodestruyen. Por una parte está Antonio Valero como Séneca, quien ofrece una actuación serena y correcta, y que nos permite escuchar algunas sentencias del pensador («El filósofo es siempre un hombre al que los poderosos y los ricos aborrecen porque no se les somete»); pero, como ya se ha comentado, eso queda como mera excusa; puesto que el meollo de la obra va por otra parte, resignificarlo como un espectáculo de varietés. Donde los actores, altamente microfonados, ya sea en la mano u ocultos en el rostro, nos lanzan su ímpetu a través de gritos cargados de adrenalina y de testosterona. Aunque la catástrofe mayor de esta estética ochentera y macarra es la música. Marco Rasa, músico en la Orquesta Mondragón, ha compuesto unos temas indecibles, repletos de sintetizadores, una electrónica que convierte la función en uno de esos musicales que únicamente buscan edulcorar unas circunstancias cargadas de complejidades políticas. Es como pasarlo por el tamiz de Disney. Comenta el propio director que: «el propósito era lograr hacer un recorrido por diferentes culturas y diferentes épocas de la música, porque de eso también nos está hablando la obra: de cómo un lugar, una tierra rica en cultura, es el resultado de la unión de muchas culturas». Demasiada cultura. ¡Qué cargante el mito de la cultura! ¡Qué será eso de la cultura! Por primera vez, el vestuario de Felype de Lima desentona. Ha intentado compaginar la sobriedad de Séneca y su madre con el oropel del resto; y la mezcla resulta congruente con la estética general y, por lo tanto, incide en el desvarío espaciotemporal; por mucho que se quiera justificar todo desde el lado simbólico. Pero esto no cuela. Finalmente, la escenografía es de una simpleza monumental, una grada, propia de una terma, tan usada en este tipo de eventos que no aporta nada.

En definitiva, uno de los espectáculos más estrafalarios del Centro Dramático Nacional, y que deja el nombre de Antonio Gala contrahecho. Esperemos que no disuada al público de acercarse a la enseñanzas que encontramos en el pensador romano, sobre todo el De vita beata. Así comprenderán que lo visto es un sinsentido, propio de una época incapaz de tomarse en serio ni a un insigne filósofo de la antigüedad.

Séneca

Autor: Antonio Gala

Versión y dirección: Emilio Hernández

Reparto: Diego Garrido, Carmen Linares, Esther Ortega, Eva Rufo, José Luis Sendarrubias, Aka Thiémélé, Antonio Valero, Ignasi Vidal y Carolina Yuste

Escenografía: Emilio Hernández

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Felype de Lima

Música original: Marco Rasa

Coreografía: Amaya Galeote

Caracterización: Sara Álvarez

Ayudante de dirección: Juanma Romero Gárriz

Ayudante de escenografía: Emilio Valenzuela

Ayudante de vestuario: Cristina Martínez

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: marcosGpunto

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 14 de mayo de 2017

Calificación: ♦

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