La vida es sueño [vv. 105-106]

Carles Alfaro plantea en los Teatros del Canal una perspectiva esencialista de la obra calderoniana

Siempre es interesante volver sobre la obra maestra de Calderón; el drama que mayor complejidad filosófica entraña del siglo XVII español (y diría que europeo). Se nos presenta una versión donde se hace referencia explícita a esos dos famosos versos del dramaturgo madrileño: «qué delito cometí / contra vos naciendo»; un hipérbaton que es toda una declaración de intenciones moral. Aunque en la propuesta de Carles Alfaro ante todo encontramos una estética muy definida que remite directamente con Éramos tres hermanas que dirigió en el 2014. Trabaja el director con un minimalismo que agolpa la sofisticación del texto y lo expande a través de fantasmagorías, elucubraciones oníricas y, en este caso que nos compete, un futurismo que podemos sondear visualmente en celdas transparentes en películas como Skyfall o en aquellas donde Hannibal Lecter es apartado de la carne, e, igualmente, en algún capítulo de Black Mirror. Es decir, ese cubo acristalado debe ser tomado como una verdadera provocación directa al espectador. Segismundo nos interpela, no como un futuro rey, sino más como el buen salvaje roussoniano. Porque también la referencia simbólica de este cubo nos recuerda indefectiblemente a Cube, el film de 1997, en el que varios individuos deben escapar de salas cúbicas, donde se encuentran encerrados sin saber por qué. La vida es sueño, planteada así, no puede dejar de observarse como un vaso comunicante que va desde los albores del racionalismo cartesiano y la duda metódica —desde la que se parte—, sin olvidar, por supuesto, todas las referencias platónicas (mito de la caverna) y aristotélicas (su Metafísica) hasta nuestro presente. Hoy la neurociencia, la biología y el propio big data han vuelto a poner sobre la mesa de una forma patente la cuestión del determinismo. El análisis de datos se ha convertido en el nuevo oráculo, en la nueva astrología; uno ya no sabe si su libre albedrío es una contribución involuntaria a su genuina profecía autocumplida. ¿Es el rey Basilio quien debido a sus creencias en los sabios y los astros provoca un porvenir concreto para su hijo? Por otra parte, también nos aproximamos furibundamente a envolvernos en la realidad virtual totalizadora. La pregunta sobre lo real nos circunda de la misma forma que a Segismundo; es más, su visión únicamente puede ser dogmática, puesto que todas sus enseñanzas provienen en exclusiva de Clotaldo; de igual forma que nosotros mismos nos enclaustramos en burbujas donde solo penetra aquello que queremos escuchar. Rosaura resulta, por tanto, un inequívoco elemento de distorsión, de choque y de apertura al pensamiento dialéctico; incluido el amor. Por todo esto me parece que la escenografía y el vestuario que el propio Alfaro ha ideado junto a Felype de Lima nos da buena cuenta de un espacio que no puede ser el del siglo XVII, sino que atraviesa el tiempo hasta nuestro presente como una especie de grito mudo. En el centro del asunto: Segismundo, encarnado por Alejandro Saá, como un náufrago, como un niño salvaje, como un ser que muestra todas las fragilidades del animal enjaulado para transmitirnos la endeblez humana y, sobre todo, que lo real es mucho más pesadillesco que cualquier mal sueño. Y así lo interpreta, como llevado por la esperanza tierna que infunde Rosaura. Esta, Rebeca Valls, vuelve a demostrar —como ya lo hizo en Vania, el anterior trabajo de Moma Teatre— tanto su afán como su versatilidad; cómo desde la negritud de todo el montaje es capaz de dirigirse con esa matizada sensibilidad. Cierran el corto, pero suficiente elenco, Vicente Fuentes, que brilla, ante todo, en el monólogo inicial de ese Basilio poniendo las cartas sobre el tapete y también sus miedos a un futuro tan oscuro como su mente asustada; y Enric Benavent, que nos entrega un Clotaldo enérgico y astuto con su habitual entereza y sabiduría de actor que domina las complejidades.

A este espectáculo, apenas le puedo poner de pega el final, porque ver a los cuatro intérpretes delante, tan estáticos, ahuyentando una estética que había funcionado tan bien, no me parece visualmente la mejor disposición para el desenlace. Aspecto menor este si nos inmiscuimos en este reclamo bituminoso. La dramaturgia de Carles Alfaro y Eva Alarte logra traslucir el conceptualismo calderoniano a través de una paradójica calidez que se consigue, además de lo afirmado, por la música original de Joan Cerveró, tan intensa y adecuada como el resto de elementos. En definitiva, La vida es sueño [vv. 105-106] nos ofrece una perspectiva sutil del clásico y nos acerca mucho más a su esencia.

La vida es sueño [vv. 105-106]

Adaptación teatral de la obra de Calderón de la Barca.

Dirección: Carles Alfaro

Adaptación y dramaturgia: Carles Alfaro y Eva Alarte

Reparto: Vicente Fuentes, Alejandro Saá, Rebeca Valls y Enric Benavent

Escenografía: Carles Alfaro y Felype de Lima

Vestuario: Felype de Lima

Iluminación: Carles Alfaro

Música original y espacio Sonoro: Joan Cerveró

Diseño de sonido: Luis López de Segovia

Fotografía: Jordi Pla

Caracterización: Inma Fuentes

Ayudantes de dirección: Ferran Català y Eva Alarte

Asistente de dirección: Pablo Ricart

Coordinación técnica: Rubén Zamorano

Ayudante de producción: Maribel Pérez

Producción ejecutiva: Ferran Català

Cooproducción: Moma Teatre y Teatros del Canal

Hasta el 14 de mayo de 2017

Teatros del Canal (Madrid)

Calificación: ♦♦♦♦

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