Gross Indecency

Los famosos juicios a Oscar Wilde suben a escena con un espectáculo visualmente muy vigoroso

Posee Gabriel Olivares y su TeatroLab una veta verdaderamente interesante dentro del panorama escénico español, y que se fundamenta en la aplicación de técnicas como el método Suzuki. El director conoce los entresijos del teatro comercial; pero, como demuestra con obras como esta, también es capaz de indagar en creaciones que pretenden escapar de lo convencional. Ya nos llevamos una grata sorpresa con su montaje de Our Town, donde ya se introducía en estos procedimientos consistentes en el control del cuerpo, en el movimiento grupal, en un desarrollo coral del gesto, etc. Ahora, en la misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez, se aventura con Gross Indecency, esa «grave indecencia» por la cual Oscar Wilde terminó en la cárcel, acusado de sodomía. La historia de los tres juicios a los que se vio expuesto —en el primero de ellos el denunciante fue él mismo— es bien conocida, gracias a diferentes publicaciones y a películas con cierto éxito como Wilde (1997), de Brian Gilbert. El texto de Moisés Kaufman se entrevera de citas periodísticas y literarias para completar una visión documental. También trabaja con el estilo directo e indirecto, además de usar múltiples narradores. Así, es frecuente en el transcurso de la función, que un personaje lea un fragmento, narre una acción, hable en su nombre y en el de otro personaje de forma plenamente fluida. Esto se ve implementado grandiosamente por el movimiento de un elenco extensísimo, para lo que estamos acostumbrados y para un espacio ciertamente reducido. Once actores que construyen las acciones esencialmente con sus posturas y sus gestos; pues apenas se dispone de unos grandes cajones que sirven para delimitar las distintas situaciones. A esto se añaden proyecciones que van ilustrando la consecución de una obra que dura más de dos horas; pero que te mantiene en permanente atención, porque cada mínima escena está trufada de recursos inéditos. Lo fascinante y lo que nos hace disfrutar estéticamente es que han puesto en marcha una maquinaria complejísima en la que casi quieren trasladar el moderno lenguaje cinematográfico o televisivo, configurado con planos que se suceden rápidamente; pero realizado en directo delante de nuestros ojos. De esta forma tenemos cambios de espacio y de tiempo, de voces, de personajes, de vestuario, de posición, etc. Una coreografía que implica un ajuste constante. Aunque estamos habituados a los anacronismos y a las modernizaciones, siguen chirriando, más allá de que visualmente nos resulte agradable, los temas musicales elegidos para cerrar cada uno de los juicios. Impresiona cómo cantan el Somewhere over the rainbow en la versión del hawaiano Israel Kamakawiwo’ole a golpe de ukelele, mientras fingen saltar a la comba como boxeadores. Por supuesto que es sugerente, aunque uno deba integrarlo como una disonancia que busca atrapar al espectador a través de un motivo cultural reconocible. Más incoherente me parece la inclusión de los Pet Shop Boys y esa atmósfera discotequera que se aproxima a la estética que hoy reconocemos como gay. Resulta algo evidente y falta de sutileza para abordar un drama. Porque esta es una cuestión primordial que debemos de tener en cuenta a la hora de criticar tanto el texto como la puesta en escena, y es la profundidad que se transmite. Creo que esta es una de las pegas mayores que se le pueden poner a este Gross Indecency, y es que para dar credibilidad a la historia de un hombre que sufrió tanto (no hay más que leer De Profundis) se nos debe permitir acceder a su dolor con sosiego; pero el ritmo fulgurante, las ansias por contar y contar, y toda esa gama de efectos propios del ilusionismo, nos fascinan dramatúrgicamente, aunque nos disuaden de la hondura. Esto no quiere decir que la obra no contenga mensajes potentes que cuestionen con firmeza la época victoriana; es más, se recalca, en más de una ocasión, algún dato histórico sobre el estado legal de los homosexuales en Gran Bretaña hasta no hace mucho. Finalmente, emplear a Los ángeles negros con aquello de Cómo quisiera decirte, deja claro que la apuesta es el amor y que, por lo tanto, Wilde es más un mártir de la causa. En definitiva, el lenguaje pop, tan proclive de la posmodernidad nos seduce igual que un anuncio publicitario; aunque no debemos olvidar que los hechos expuestos son auténticamente relevantes. Por otro lado, habrá que reconocer que aún el engranaje no funciona a la perfección. El esfuerzo es enorme, eso está claro; pero aún se escuchan frases titubeantes o que no entran a tiempo. Nada, desde luego, que no pueda mejorar con más rodaje. Javier Martín se erige, lógicamente, en el centro de atención. Su altura y su envergadura quedan lejos de ese metro noventa y pico de Oscar Wilde, y este es un hándicap que resuelve a base de ironía y de sostener su habitual sonrisa de triste suficiencia. Se muestra firme y es quien mejor defiende el aura de solemnidad en los juicios. Quizás un punto más de dandismo no le vendría mal. La elección de David DeGea para el rol de Bosie me parece idónea, con su rictus ictérico y decadente; ofrece debilidad y pasión a partes iguales. A partir de ellos encontramos un equipo que se metamorfosea y que cumple todo tipo de funciones. Carmen Flores Sandoval, la única mujer, se ocupa de los jueces, con un poderío creciente; y, luego, de la reina Victoria, con un aire que inevitablemente se torna humorístico a nuestros ojos. Un esperpento de conservadurismo rancio. Por su parte, Eduard Alejandre, en el papel de Lord Queensberry, afila su garganta rota y su rudeza; estamos hablando de uno de los creadores de las reglas del boxeo (aspecto este que se exprime literal y metafóricamente en gran parte del montaje). César Camino también cuenta con texto suficiente —encarnando al abogado de Wilde— para que pueda elaborar un discurso creíble. Me parece que Guillermo Sanjuán desarrolla mejor sus dotes actorales interpretando a uno de esos pobres diablos que pasaban las noches con el dramaturgo irlandés, que como fiscal. Otro de los actores que tiene varios papeles de cierta significancia es David García Palencia quien se mete en la piel del dramaturgo George Bernard Shaw y, además, como biógrafo de Wilde, en uno de esos saltos temporales que, como un extraño paréntesis, nos alcanza hasta el presente. En ambos se emplea a fondo. El resto, Andrés Acevedo, Asier Iturriaga y Alejandro Pantany, van apuntalando cada una de las escenas para favorecer el buen devenir de este mecanismo complejo. Aunque, insisto, falta engrasar el conjunto. Y, por supuesto, en un espectáculo de esta clase es necesario que el equipo técnico cumpla con las expectativas. La iluminación es una virguería de Carlos Alzueta; alimenta la imaginación sin parar y habilita escorzos que aumentan más si cabe el dinamismo. El vestuario de Felype de Lima (también se ocupa de la escenografía) se perfila en los detalles, en las mangas hasta el codo de las chaquetas, en el guante que llevan en una sola mano y en otros elementos, muy sencillos, que encajan perfectamente. Un trabajo realmente cuidadoso. Es ineludible nombrar a Andrés Acevedo y a Diana Bernedo como asesores de movimiento, pues gran parte de la energía se concentra en su meticulosidad.

Dentro de las obras que ahora mismo se pueden ver en Madrid, Gross Indecency es una de las que más satisfacción pueden generar en el público. Posee suficientes atractivos y rarezas como para que uno disfrute ampliamente.

Gross Indecency

Texto: Moisés Kaufman

Adaptado por Gabriel Olivares y David DeGea

Dirección: Gabriel Olivares

Intérpretes: Javier Martín, David DeGea, Eduard Alejandre, César Camino, Álex Cueva, Guillermo Sanjuán, David Garcia Palencia, Andrés Acevedo, Asier Iturriaga, Alejandro Pantany y Carmen Flores Sandoval

Ayudante de dirección: Venci Kostov

Producción: Gaspar Soria

Escenografía y vestuario: Felype de Lima

Iluminación: Carlos Alzueta

Espacio sonoro: Ricardo Rey

Asesores de movimiento escénico: Diana Bernedo y Andrés Acevedo

Asesora de voz: Yolanda Ulloa

Ambientación: María Calderón

Fotos ensayos: Nacho Peña

Redes sociales: Fran Calvo

Distribuye: Iñaki Díez

Una producción de TeatroLab Madrid y El Reló

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 8 de octubre de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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