Proyecto Edipo

Sófocles y el futuro postaurino se imbrican en este angustioso montaje escrito y dirigido por Gabriel Olivares

Muy posiblemente, a tenor de lo que hemos podido observar en las últimas temporadas, sea Edipo la figura mitológica que ocupa el primer lugar en atractivo teatral. Podemos recordar la versión de Sanzol, el Edipo en Colono de Wajdi Mouawad, la mirada humorística de los portugueses Companhia do Chapitô y hasta el Tebas Land de Sergio Blanco. Gabriel Olivares ha pretendido dar una vuelta de tuerca y, en cierta medida, lo ha conseguido. Más, desde luego, por su dirección, apoyada en la técnica del view points y por esa sobredimensión escenográfica con la que acierta a mostrárle al espectador todo el esqueleto de ese peculiar escenario del Teatro Fernán Gómez. Visualmente el espectáculo viene cargado de potencia y de una intensidad que propende en esa estética postapocalíptica. Evidentemente, el trabajo de Felype de Lima es fundamental. La blancura del vestuario, otra vez un híbrido entre los hábitos que nos remiten a las sacerdotisas griegas de Delfos y, a la vez, a los uniformes que podemos encontrar en La guerra de las galaxias o en todas esas películas futuristas que lo recargan todo con el blanco. Comprenderá que es inevitable acordarnos de Tomaz Pandur, también por esa falsa sencillez en las tablas; aquello se puebla con elementos multiusos que van trazando diferentes espacios, como un hospital siquiátrico o un ruedo improvisado, con la iluminación de Carlos Alzueta, como si procediera de una nave espacial en el desguace o de un búnker habilitado ante la radiación ambiental. Otra cuestión muy distinta es el texto que firma Olivares. Digamos que la idea como tal parece tentadora: mezclar, como si fueran dos historias paralelas que se cruzan más allá del tiempo, el propio relato sofocleo con el relato de una España en 2030; donde no solo se han abolido las corridas de toros, sino que ser torero está penado. Así nos topamos con Jacinto, apodado Edipo Torero, un matador que ha enloquecido por la incapacidad que sufre al no poder llevar a término su profesión. Se engarzan con interés los distintos símbolos como el destino, la agonía, el tabú o el enfrentamiento a las propias fuerzas de la naturaleza. Todo resulta más sugerente que coherente como cuentos similares. Comprendemos que se dan pasiones parecidas y que se ven sometidos, ambos protagonistas, por la impotencia. Para mí, el gran problema radica en esa insistencia en el tópico de todas las novelas y filmes de ciencia-ficción, que consiste en poner al espectador al tanto de todas las novedades, en someterlo a una serie de explicaciones que deberían entenderse a través de la mera representación. Incluso los diálogos de la parte inventada carecen de consistencia y se pierden en un argumento que resulta demasiado expositivo o reivindicativo; puesto que los acontecimientos se intentan apuntalar con actos más que consabidos (el erotismo entre médica y psicópata al estilo El silencio de los corderos). David DeGea es Jacinto, el matador de toros que fue pillado infraganti mientras realizaba su faena en una dehesa a la luz de la luna (a ritmo de Chimo Bayo), como antiguamente hacían los novilleros para practicar el arte de Cúchares (según cuentan, así lo hacían Belmonte y El Cordobés). Arrastra su vesania como si su proyecto vital se desintegrara bajo sus pies y eso nos permite, entre su desnudez y su toreo de salón, adentrarnos por el callejón kafkiano del que ya no puede salir. Al siquiátrico donde está ingresado, acude Alba Loureiro, una doctora muy interesada en el caso de este «trastornado». La actriz expresa seguridad y nos posibilita los diálogos más racionales. Paralelamente, vamos asistiendo a la representación de Edipo Rey, como si fueran unos espectros que han encontrado una puerta espaciotemporal y han venido a revivir su infortunio. Asier Iturriaga se mete en la piel de aquel desgraciado incestuoso y, también, se impone con solemnidad en su discurso. Lo cierto es que esta parte transcurre con pinceladas de auténtico descalabro emocional que plásticamente son magníficas. Creonte es interpretado con astucia por Guillermo Sanjuán. Abraham Arenas nos regala un muy verosímil sacerdote, además de otras intervenciones de gran aplomo; y Montse Rangel es una criada tendente al patetismo. Lo cierto es que estos procedimientos actorales que emplea Gabriel Olivares en sus direcciones (debemos rememorar Our Town y Gross Indecency) hace que los movimientos grupales generen unas sinergias muy seductoras, con gestos que simulan nuevas tecnologías que ya se auguran, como los hologramas. Es así como lo podemos comprobar en las reuniones dentro del hospital, con Javier Martín al frente, como director, disfrutando de su cinismo. En cuanto a las escenas futuristas, que son las que deberían, en su novedad, habilitarnos más cuestionamientos, destaca Carol Verano, haciendo de Jacinta, la madre, en pleno contacto con una mujer transgénero que ronda por ahí y que nos revelará parte de la biografía oculta del protagonista.

¿Ha impregnado telúricamente la tauromaquia en la cultura popular o simplemente ha sido un divertimento cruel en el que unos pocos han apreciado un sentido más profundo, simbólico, casi religioso, a través de una estética agonística? ¿Y, en todo caso, con lo emblemático que ha sido el toro en España, desintegrarlo sin construir un imaginario similar, de parecido vigor, no profundiza todavía más en el nihilismo que nos carcome? Claro que es una bestialidad, una humillación injustificable ahora mismo. Pero, insisto, ¿nos estamos preocupando de levantar los símbolos que nos religuen a lo esencial del ser humano o directamente dejamos que la globalización nos aplaste con una masa de mediocridad? Quizás la plaza de toros, como se soslaya en este montaje, se haya convertido en el escenario donde volcamos nuestra nostalgia cuando recordamos aquel concierto de Los Secretos en Las Ventas. Este Proyecto Edipo es un espectáculo visualmente muy atractivo y, además, expone con oscurantismo una alegoría sobre los individuos que se ven atrapados en la maraña de la costumbre y del destino; con el hálito de la libertad constreñida.

Proyecto Edipo

Inspirado libremente en Edipo Rey de Sófocles

Texto y dirección: Gabriel Olivares

Reparto: David DeGea, Carol Verano, Asier Iturriaga, Alba Loureiro, Abraham Arenas, Guillermo Sanjuán, Javier Martín y Montse Rangel

Voz en off: David García Palencia

Escenografía y vestuario: Felype de Lima

Iluminación: Carlos Alzueta

Espacio sonoro: Ricardo Rey

Ayudante de dirección: Ángel Escalada

Fotografía y diseño gráfico: Javier Biosca y Hawork

Asesor taurino: Chemi Moreno

Asesores de movimiento escénico: Andrés Acevedo

Ayudantes de escenografía y vestuario: Marta Guedán y Mario Pinilla

Construcción de decorado: Artefacto

Construcción de vestuario: Gabriel Besa

Ambientación: María Calderón

Fotos de ensayo y audiovisuales: Nacho Peña

Dirección vocal: Yolanda Ulloa

Distribución: Iñaki Díez

Producción: Gaspar Soria

Producen: TeatroLab Madrid y El Reló Producciones

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 7 de octubre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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