El mar

Xavier Bobés y Alberto Conejero nos retratan al entusiasta maestro republicano Antoni Benaiges, fusilado por milicias falangistas al inicio de la guerra

El mar - FotoNo hace más que unas semanas, en el Teatro Fernán Gómez, asistíamos a otra representación, Historia de una maestra, que se ocupaba en buena parte de las innovaciones en política educativa ocurridas tras la proclamación de la II República en 1931. Ahora, en La Abadía, con El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca vuelvo a tener la sensación de que la perspectiva sesgada de aquellos años ha creado una fenomenal idealización más por lo que pudo llegar a ser, que por lo que verdaderamente dio tiempo a demostrar. Y es que en este espectáculo de teatro documental y de objetos, bonito y dinámico, ilusionante por cómo se nos transmite, con la energía que pone Sergi Torrecilla, quien insufla versalmente el espíritu de este maestro procedente de Cataluña llamado Antoni Benaiges, mantiene un grado de optimismo exagerado. Dicho esto, me parece que el avance rápido de la introducción, con su periplo por distintos lugares, nos permite alcanzar su destino definitivo, Bañuelos de Bureba (Burgos) para centrarnos en el meollo. Sigue leyendo

El avaro

La incursión musical de Atalaya con este clásico de Molière nos permite deleitarnos con la versatilidad y el ritmo de esta veterana compañía

El avaro - FotoLa celebración del cuarto centenario del nacimiento de Jean-Baptiste Poquelin se ha alargado exitosamente y no han faltado representaciones en su honor. Hace bien pocos meses el Vive Molière, de Álvaro Tato, se sumaba a otras funciones que han honrado al dramaturgo francés. Ahora Atalaya se enfrenta a El avaro, una obra que no ha tenido pocas adaptaciones en la escena española en los últimos años. Ellos han decidido pasarlo por el tamiz del musical; pero sin caer en el totalitarismo y permitiendo que todo se empaste de una manera muy fértil para propiciar la humorada. Sigue leyendo

La importancia de llamarse Ernesto

David Selvas ha realizado un trabajo fenomenal con su mirada impúdica de esta farsa tan ingeniosa de Oscar Wilde

La importancia de llamarse Ernesto - Foto de Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Que hoy en día se nos venda una obra, ya clásica, como esta de Oscar Wilde con temas musicales de por medio, echa para atrás; porque uno piensa que se va a suavizar más un asunto de por sí ya muy superficial —si no rascamos un poco y nos lo traemos al presente—. Pues, todo lo contrario. Poquísimas pegas podría poner a un montaje así, donde funciona, en general, todo. Un gran divertimento, una función sobresaliente y una satisfacción para el intelecto, puesto que no se da puntada sin hilo en las múltiples capas que se entreveran en un texto, que es un zurriagazo a esa burguesía, que ya en los finales del XIX se engrandecía en la estulticia (y más estultos somos ahora que ansiamos ascender a no se sabe dónde, para huir de nuestro vacío existencial). Sigue leyendo

La mosca

El relato de Langelann, célebre gracias a sus versiones cinematográficas, salta a escena con una adaptación paródica

La mosca - Foto de Fabrice Robin
Foto de Fabrice Robin

Aunque el relato de George Langelaan es célebre por las dos versiones cinematográficas que ha tenido, la de Neumann en 1958 y la de Cronenberg en el 86, a nosotros no nos valen; porque aquí se nos plantea una confluencia cómica entre personajes algo marginales –antes de que utilizáramos con tanta alegría el término friki-, y una especie de parodia retrofuturista.

Sus creadores se han fijado en el capítulo «La soucoupe et le perroquet» (1983), del programa documental de la televisión francesa y belga llamado Strip-Tease. Nos damos cuenta, al fijarnos en YouTube, de qué rollo van. Un tipo de campo que se hizo famosete, cuando construyó un platillo volante. Quizás pensemos en nuestro Callejeros; pero, inevitablemente, también en ese catálogo de especímenes únicos que caricaturizaba, aún más, Javier Cárdenas, cuando en Al ataque, entrevistaba a gente como Carlos Jesús en conexión con el planeta Raticulín.

Tampoco lo que acontece en escena es tan grotesco como estos ejemplos; no obstante, vale para hacerse una idea si se pretende darle alguna base de realismo. El asunto es que hay poco asunto, y cien minutos de función solo pueden caer en la repetición de gags, que pierden efectividad según vamos llegando al final. Y, como siempre ocurre con el humor francés más popular, el cariz infantil e inocuo se impone sin remisión, y ya cada cual con su gusto. A mí no me hace mucha gracia, más allá de algunas bromas macabras que tienen su aquel, como el teletransporte del perro.

Claramente, la escenografía de Audrey Vuong cobra una preponderancia fundamental, e igualmente se le acompasa sugestivamente la iluminación de Pascal Laajili. Por un lado, tenemos la detallista y versátil caravana, donde se hospedan la madre, Odette, una Christine Murillo, extraída directamente de 13 Rue del Percebe que, a pesar del ambiente, no olvida ponerse la peluca cada vez que viene una visita. Toda la tosquedad puesta al servicio de unas rutinas (recoger los rábanos para venderlos) y unas órdenes que se le insuflan a su hijo, aunque inicialmente creamos que es su marido.  Christian Hecq se convierte en el verdadero artífice de esta propuesta. Él se lleva el gran protagonismo y en él se concentran todas la gracietas que de forma virtuosa desempeña a través de unas posturas corporales monstruosas. Su lugar de acción, claro, es la otra fascinante zona de la escenografía: su laboratorio. Escondido tras la trapa de acceso, observamos las dos grandes cabinas de teletransporte, unos ordenadores que nos destinan irremediablemente a los inicios de la informática, con esos monitores en verde que también dan su juego irónico, cuando aparece encerrada Marie-Pierre, como si estuviera en Tron. Aunque han querido situarnos más atrás, en los 60, lo cierto es que el espectáculo, por su tono de entretenido divertimento, tiene mucho de ochentero, con esos artilugios que parecen extraídos de cintas como Exploradores (1985). Y es que esta pieza vale perfectamente, por su simplicidad, para espectadores de todas las edades.

La mosca que contemplamos en la Sala Roja de los Teatros del Canal se «olvida» de aspectos críticos respecto de nuestra modernidad. No faltan experimentos en el CERN con las partículas, posibles viajes en el tiempo. Por no hablar de técnicas como CRISPR, los transgénicos o los trasplantes de órganos interespecies como ha ocurrido con el empleo de corazones de cerdo en humanos. Es decir, todo lo que tiene que ver con las ya inveteradas ínfulas científicas de domino de la naturaleza y de las leyes físicas que, en la ciencia-ficción, desde Frankenstein han caído con frecuencia en el género de terror, debido a las trágicas consecuencias en las que han devenido.

Por todo ello, el argumento queda en muy poco. Las pruebas de ensayo-error nos preparan para la verdadera prueba de fuego. Nuestro Robert, que al principio parece un Pepe Viyuela enredándose con la mesa plegable, y que luego se acogerá a la tradición de Louis de Funès (nosotros sostendremos en la memoria a Paco Martínez Soria), desarrolla enseguida sus tics de clown con los que evita que se vaya más allá cuando se fusiona con la susodicha mosca. Marca unos modos tan risibles, que después parece que está el pescado vendido si lo que se procura es derivarlo todo hacia lo cómico. No tiene problema en probar su aparato con un duende de jardín, un calcetín, con un filete, con un perro (de verdad en escena) y hasta con la que podría llegar a ser su novia. Esta es una compañera de colegio y vecina que hacía mucho que no veía. Valérie Lesort, otra de las máximas artífices del montaje, hace de Marie-Pierre, con gestos guiñolescos, que con su ingenuidad y candidez profundiza en ese humor inofensivo. Finalmente, aparecerá el inspector Langelaan, un Jan Hammenecker que apenas puede rematar la jugada con unas pocas escenas bien trazadas.

Este espectáculo no traspasa el mero entretenimiento. No aspira a rascar en las ideas que subyacen al hecho de que una especie de científico loco aspire a lograr ese imposible actual del teletransporte. Aunque, claro, la factura es formidable y posee su atractivo visual.

La mosca

Versión libre del relato breve de George Langelaan

Adaptación y dirección: Valérie Lesort y Christian Hecq

Reparto: Christian Hecq, Valérie Lesort, Christine Murillo y Jan Hammenecker

Escenografía: Audrey Vuong

Diseño de iluminación: Pascal Laajili

Composición y música: Dominique Bataille

Guitarra: Bruno Polius-Victoire

Vestuario: Moïra Douguet

Artistas visuales: Carole Allemand y Valérie Lesort

Concepción de vídeo: Antoine Roegiers

Proyección de vídeo: Eric Perroys

Atrezo: Manon Choserot y Capucine Grou-Radenez

Asistente de dirección: Florimond Plantier

Dirección técnica: Pierre-Yves Chouin

Producción: Centre International de Créations Théâtrales / Théâtre des Bouffes du Nord & Compagnie Point Fixe

Coproducción: Les Célestins, Théâtre de Lyon; Espace Jean Legendre – Théâtres de Compiègne; Le Grand R, Scène nationale de La Roche-sur-Yon

La Mouche en NOUVELLES DE L’ANTI-MONDE de George Langelaan © Robert Laffont

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 12 de febrero de 2023

Calificación: ♦♦

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Karaoke Elusia

El acoso escolar y el suicidio son los temas centrales de esta propuesta de Oriol Puig que se representa en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero

Karaoke Elusia - Foto de Kiku Piñol
Foto de Kiku Piñol

Poco a poco el tema del suicidio —no queda más remedio que reflejar una realidad acuciante— va apareciendo en obras teatrales. En los adolescentes es una causa de muerte absolutamente excepcional; no obstante, catastrófica para las familias. Más lo es en aquellos que se inician en la pubertad, como deja patente la sólida y sutil película de Lukas Dhont, Close (2022). Para la dramaturgia española reciente la obra que antes nos viene a la cabeza es #Malditos16, de Nando López (de alguna manera, también El pequeño poni, de Paco Bezerra, o Amanda T, de Álex Mañas). Sigue leyendo

Las cartas de Cristián

Los Teatros del Canal dan cabida a la última propuesta de Antonio C. Guijosa, un drama sobre la ambición y el desencanto en un presentador de televisión

Foto de Pablo Lorente

Da la impresión de que Antonio C. Guijosa tenía en la cabeza ideas para escribir una novela; no obstante, que al plasmarlas en una pieza dramática los distintos asuntos o se desparraman o se quedan inconclusos. Por eso, la función se hace larga. Esto se evidencia en algunas subtramas, cuando descubrimos que el desarrollo de algunos personajes es insolvente, como ocurre con el papel de Cristina Bertol, quien hace de asistente personal de un jefazo y, a la vez, quiere emprender su carrera artística como cantante. Quizás se le da demasiados minutos a un carácter secundario dentro del argumento. Tal es así, que se siente forzada la inclusión de varios temas musicales. Uno escrito ex profeso por el propio dramaturgo y, luego, el «Halo», de Beyoncé. En fin, parece que tenemos dos obras en una. O una a medias. Sigue leyendo

Todas las canciones de amor

Eduard Fernández se apropia del texto de Santiago Loza en los Teatros del Canal para homenajear a su madre fallecida

TEATRO por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Parece que el dramaturgo argentino Santiago Loza empieza a ser constante en los escenarios de nuestro país (Matar cansa, El mal de la montaña). Cuando nos aproximamos a esta nueva propuesta indefectiblemente nos viene a la cabeza He nacido para verte sonreír, que es un drama que igualmente posee una indagación intimista, más profunda si cabe que esta Todas las canciones de amor. Creo que lo que acontece en los Teatros del Canal es más superficial que aquella que dirigió Pablo Messiez, en el sentido de que los aspectos de la cotidianidad apenas poseen interés, y que este procede ante todo de otros elementos espectaculares que se han llevado a cabo con mucho mimo y cuidado. Sigue leyendo

Bovary

Michael De Cock sintetiza la novela de Flaubert y Carme Portaceli dirige el texto en los Teatros del Canal

Bovary - Foto de Danny Willems
Foto de Danny Willems

Si la colaboración entre Carme Portaceli y Michael De Cock ya resultó decepcionante con aquella Mrs. Dalloway, vuelve a ocurrir otro tanto con Bovary. A los belgas les gusta mucho eso de narrar en el teatro y aunque aquí no se llega a los excesos narratúrgicos de Guy Cassiers, sí que lo novelístico se come a lo dramatúrgico. Todo queda muy lejos en la Sala Roja —tan inmensa—, los protagonistas y su falta de compenetración, la ausencia de los amantes y una escenografía que es de una frialdad pasmosa, entre la blancura de los laterales y las boutades habituales que nos llegan de los avanzados europeos y que, después, nosotros terminamos copiando para hacernos los modernos. Sigue leyendo

Historia de una maestra

Paula Llorens adapta e interpreta esta novela de inspiración biográfica de Josefina R. Aldecoa en el Teatro Fernán Gómez

Historia de una maestra - FotoEn esta misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez se representó hace un año el espectáculo Lorca, Vicenta, en el que se daba cuenta de las vivencias de la madre de Federico García Lorca, quien fue maestra a finales del siglo XIX. También observábamos, hace unas temporadas en el Centro Dramático Nacional, un montaje titulado La esfera que nos contiene, que se concentraba en los avatares de unos maestros, estos ya en la República. Ambos proyectos nos pueden servir de referencia para adentrarnos en esto que nos muestra Paula Llorens con la adaptación de la novela de Josefina R. Aldecoa.

Reconozcamos primeramente que tiene interés el propio relato. Qué mejor que recurrir a las experiencias de una enseñante para retratar un periodo en el que España tenía unos niveles educativos nefastos (y aún no estamos como debiéramos en comparación con los países de nuestro entorno). El intento que se pretendió llevar desde 1931 es auténticamente loable, más allá de gestos anticlericales. Es más, lo que vino después, tras la guerra, confirma aún más su valía.

Partimos de 1923, fecha en la que Gabriela López Pardo adquiere el diploma que le permite ejercer la docencia en las escuelas. Profesión compleja ya en sí, y mucho más en una época donde el control de los caciques de turno, la tozudez de los alcaldes (de los que dependió durante mucho tiempo el sueldo de esos pobres enseñantes) y las reticencias del clero ante tamaña intrusión eran grandes trabas. La ilusión de esa joven es más que palpable y comprensible. Había que enseñar a niños y a niñas de diferentes edades, de diferentes aptitudes, con desiguales apoyos de sus familias, y sin que la obligatoriedad de acudir a las aulas se impusiera. Todo inconvenientes para estos docentes que se las veían muy solos y, la vocación, era su único apoyo firme.

El problema en esta pieza, en todo caso, es el planteamiento tan candoroso, tan naíf que impregna el argumento. La forma que tiene Llorens de declamar las frases —algunas pausas que parecen paladear las palabras— resulta chocante e ingenua, curiosamente escolar. Siento decir que a la obra le faltan matices en la expresión, que el arco dramático tiende a la planitud; porque no parece adecuado que el hecho de que la quisieran violar en Guinea no fuera un trago verdaderamente amargo o que, por poner otro ejemplo, la revolución minera en Asturias, en la que estuvo implicado su marido, no supusiera un gran desbarajuste en su vida. Y es que se pasa tan de puntillas por tantos hitos que no se termina de concretar ninguno de los hechos. Ya sea casarse, ya sea tener una hija o que lleguen las Misiones Pedagógicas, con esos voluntarios a intentar alfabetizar a los muchachos y a darles a conocer el mundo, transcurren por la propuesta sin asentarse. Da la sensación de que mejor hubiera sido renunciar a ciertos vericuetos biográficos en pos de una mayor hondura de lo fundamental o, en todo caso, haber alargado un montaje que es breve (setenta minutos).

Y sí, claro que la actriz aspira a meterse en una multitud de personajes; pero con un poco de impostación de la voz y algún gesto sobrevenido, no vale para que nos hagamos una idea de todas esas gentes con las que se va relacionando. Y es que estamos hablando de situaciones auténticamente convulsas, como el golpe de estado que dio comienzo a la Guerra Civil. Por momentos, insisto, parece que nuestra protagonista es incapaz de mostrarnos emociones más profundas ante circunstancias tan angustiosas.

Luego, el espectáculo utiliza pocos elementos (una pizarra, una mesa, una butaca y algo más) y la iluminación de Víctor Antón, en su exceso, tampoco fuerza esos matices emotivos a los que me refería antes. Como tampoco parece que Gemma Miralles haya indagado más en cómo trasladar a las tablas una intimidad, un pensamiento, un monólogo que deben hacernos vibrar. Puesto que esto no puede ir solo de contar, sino de vivenciar, de transmitir una amalgama de acontecimientos que para nosotros ya quedan lejanos; aunque todavía podamos relacionar ciertas deficiencias en nuestra sociedad de aquellos barros.

Esta obra fue célebre y la autora fue bastante reconocida por la sociedad, también gracias a su labor como impulsora de un colegio como fue el Estilo. Una institución —que cerró hace unos pocos años— que estuvo auspiciada por todos sus amigos de generación (Martín Gaite, Ferlosio o Fernández Santos) a los que les horrorizaban las escuelas de Franco. Josefina, como deja detallado en su novela, tenía un amplio bagaje familiar, pues su madre y su abuela habían sido maestras en La Robla (León) y había intentado estudiar todas esas ideas y procedimientos que se pusieron en marcha con la Institución Libre de Enseñanza. Porque, además, esta función nos debe valer para comprender cómo había que romper con el anquilosamiento educativo en el que estaba anclado nuestro país, fundamentalmente por culpa de una Iglesia inepta a la hora de asumir el destino de la nación. Así, los primeros brotes de laicismo, juntar a chicos y a chicas, acercarse más a la naturaleza, hacer gimnasia, forzar el espíritu crítico o desarrollar las habilidades artística requerían otro modo de pensar la educación, que es lo que se procuró llevar a cabo durante la República, extendiendo a toda la población lo que se había probado antes en algunas élites culturales, como las que se hospedaron en la Residencia de Estudiantes.

Por todo ello, esta Historia de una maestra es, desde mi punto de vista, una propuesta algo timorata y demasiado triturada para que pueda llegar a un público más amplio.

Historia de una maestra

Autora: Josefina R. Aldecoa

Dirección: Gemma Miralles

Interpretación y adaptación: Paula Llorens

Iluminación: Víctor Antón

Vestuario: Joan Miquel Reig

Espacio sonoro: Damián Sánchez

Escenografía: Los Reyes del Mambo

Caracterización: Mercedes Luján

Diseño gráfico: Joan Santacreu

Vídeo: Nirvanna Imatge

Fotos: Juan G. Sanz

Comunicación: Mar Sanjuan

Producción ejecutiva: Cactus Teatre

Distribución: Teresa de Juan (Tdj Producciones)

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 5 de febrero de 2023

Calificación: ♦♦

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