El pequeño poni

Una obra de Paco Bezerra sobre el caso real de un niño maltratado en su colegio por el uso de una mochila

El pequeño poni - FotoEl acoso escolar ha existido siempre, eso es cierto, pero hoy, gracias a unos sistemas de comunicación altamente sofisticados y al empeño del mercado (y la desidia de los padres) por convertir a los infantes en acérrimos consumidores, el daño se ha multiplicado. En este caso la excusa es una mochila con unos ponis en la espalda de un niño de diez años, aunque podría ser por un peinado, un color de piel, una estatura, una anchura, una voz o cualquier otra característica de la que otros puedan mofarse. Porque la cuestión no radica, inicialmente, en la maldad, sino en un proceso de maduración que tiene por principio la pura imitación como referente de lo bueno y adecuado. Enseguida llega la asunción de que uno es débil (¿quién no se reconoce como débil?) y de que la forma más fácil y directa es ponerse por encima de aquellos con los que uno puede conseguir puntos frente a los demás. Un chaval maltratado es un conejillo de Indias con el que aquellos colegiales necesitados de atención sobresalen en un mundo que perciben adversamente. Luego están esos consentidores, aquellos que por miedo se apuntan al carro (¿se les puede exigir valentía a chicos tan pequeños?). Este es un elemento fundamental. No es lo mismo pedir cuentas a los acosadores en un colegio que en cursos avanzados de un instituto. La responsabilidad de los adultos posee una relevancia formidable.

Contamos aquí con una mamá que defiende la postura de la abnegación, del pragmatismo y de alguien que pretende buscar la mejor solución a partir de una serie de razonamientos en los que se echa en falta (luego descubriremos por qué) su desgarro ante las tropelías que han recaído sobre su hijo. María Adánez colorea su papel con matices que van desde una parsimonia sospechosa a un pundonor y una sensibilidad que van aflorando según transcurre la función. Vuelve a ofrecer su buen hacer actoral (como ya demostró recientemente con Insolación) y ese carácter ambiguo que tanto le pega a esta madre. Junto a ella, en una relación que se tensa hasta el máximo, superados por la situación sobrevenida, Roberto Enríquez se alza como el padre que ha de defender a su muchacho o, quizás, su propio honor. Paradójicamente, le mueven motivos viscerales que más tienen que ver con la consagración de ciertas ideas de orgullo viril, también de poder, que con la comprensión y, sobre todo, con la empatía que uno, moralmente, debe sentir para ser capaz de juzgar a alguien que se comporta de una forma poco ortodoxa. Igualmente el actor (recordamos su participación en La rosa tatuada) se planta sobre las tablas con esas dosis de furia y, a la vez, de hundimiento que complejizan su interpretación. Ambos intérpretes nos brindan, a pesar de pequeños deslices absolutamente subsanables, una compenetración que hace ganar enteros a la obra. Es el principal mérito de Paco Bezerra el haber construido un par de personajes tan normales en su posicionamiento social (perfectamente les podría haber tocado del lado de los maltratadores) como contradictorios y redondos ante una kafkiana controversia que les obliga a plantearse (a plantearnos) sus auténticos valores. Y es que educar implica tomar partido, incluso cuando todo parece transcurrir por los cauces ¿adecuados? También resulta muy pertinente la dirección de Luis Luque, sobre todo en el control del tiempo, en esas transiciones tan suaves entre las escenas y el ritmo que genera. De igual manera funcionan excelentemente los diseños videográficos de Álvaro Luna que se plasman sobre esa fachada tan simbólica de la casa donde habitan nuestros protagonistas y que Monica Boromello, con su habitual estilo minimalista, ha diseñado. Si a esto le sumas la música de Luis Miguel Cobo, tan emotiva y sugerente, completas un equipo artístico de máxima altura y sobrada profesionalidad.

El pequeño poni procura, como ya se ha reseñado, bastantes alicientes para garantizarnos un espectáculo que nos lleve a involucrarnos éticamente con esos padres; pero también debemos reconocer que posee ciertos tintes de ñoñería en esos desdichados progenitores, ciertos dejes de pacata ideología de la autoayuda que pueden echar para atrás. Uno puede justificar la orientación infantil hacia la que deriva la obra porque estamos hablando de un niño de diez años, aunque cuesta escuchar ciertas proclamas sobre la positividad en la vida. Otro asunto que no me convence del texto de Paco Bezerra es la constricción del caso al ecosistema concreto de ese matrimonio, le resta matices y acaba pareciendo un tanto maniqueo; sobre todo porque da la impresión de que no reciben el apoyo de ningún miembro de la comunidad educativa y de que están inmersos en una sociedad plenamente enferma, pero de la que ellos no son unos seres extraordinarios ajenos a esa cultura. Por eso se echa en falta una amplitud de miras mayor.

Podemos concluir confirmando que la función extiende sobre la mesa un tema del que seguiremos discutiendo y del que comprobaremos que tiene una difícil solución en el marco exclusivo de la escuela; además, la factura de esta dramatización resulta sugerente y mantiene nuestra atención. Siempre da gusto, como espectador, contemplar dos buenas actuaciones.

El pequeño poni

Autor: Paco Bezerra

Dirección: Luis Luque

Reparto: María Adánez y Roberto Enríquez

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Diseño de videoescena: Álvaro Luna

Música: Luis Miguel Cobo

Vestuario: Almudena Rodríguez

Ayudante de videoescena: Elvira Ruiz Zurita

Ayudante de dirección: Hugo Nieto y Álvaro Lizarrondo

Fotografía: Luis Malibrán

Diseño gráfico: B Art

Productor: Celestino Aranda

Producciones Faraute

Teatro Bellas Artes

Hasta el 16 de octubre de 2016

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

 

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