Tantos esclavos, tantos enemigos

La Trilogía negra se cierra en la Sala Cuarta Pared con su tercera entrega para sumergirse en un thriller que denuncia las artimañas del poder

Tantos esclavos, tantos enemigos - Foto de Pablo RamiroEn las últimas décadas se ha puesto de moda en el cine un tipo de thriller absolutamente espídico que juega con el espectador a través de equívocos y de detalles sorpresivos que suele comandar alguno de los personajes-narrador. Juegos de máscaras, asesinatos, imposturas diversas y todo ellos a una velocidad imposible de seguir. El último caso de este género tan tiktoker sería Bullet Train, que no es más que infundir adrenalina a un modo de contar que básicamente aúna a Tarantino con Guy Ritchie. La cuestión está, sobre todo, en el narrador, que nos dirige y nos engaña, y aprovecha para describir con mucha ironía las situaciones que se van dando y, además, nos pone en antecedentes de lo que ha ocurrido en otros instantes del pasado. Es decir, es novelizar el teatro o el cine para poder contar mucho más de lo que en escena, representado, sería aceptable. Y esto es lo que ocurre con Tantos esclavos, tantos enemigos, que se pretende contar mucho y representar demasiado, y el ritmo logrado no es tan elevado como sería necesario. Creo que las ideas, las circunstancias curiosas y la concreción de algunas escenas (unas pocas) nos da a entender que el montaje tiene buenos fundamentos; pero que su plasmación se les ha ido bastante de las manos. Ciento treinta minutos por esos vericuetos casi imposibles de seguir es un exceso que requiere de más tino. Sigue leyendo

Coraje de madre

Helena Pimenta lleva a las tablas del Teatro de La Abadía esta obra de George Tabori, en un espectáculo que nos destina a Auschwitz a través de una peculiar comicidad

Coraje de madre - FotoCuando leemos un título así, que, en otras veces se ha traducido como Mi madre Coraje, pensamos inevitablemente en el célebre drama de Brecht. Y aunque George Tabori, quien estrenó esta obra en 1979 en Múnich, viene de esa tradición del teatro épico alemán; también procedía del Hollywood de los años dorados. Dramaturgo y novelista, también había sido reportero y espía, y para esta ocasión, con su ansia por ofrecer un pensamiento acerca de lo ocurrido en el pasado alemán, tomó la grandiosa anécdota de su progenitora salvando la vida por un hecho de lo más azaroso.

Se solapa este montaje con el que tiene lugar en el Teatro Fernán Gómez, Mefisto for Ever (basada en la novela de Klaus Mann, el hijo de Thomas Mann, con quien Tabori confraternizó en Estados Unidos). Que no por explotado hasta la saciedad, el tema —el nazismo, antes y durante la guerra— deja de ofrecernos su horror como una permanente llamada de atención ante cualquier devaneo exagerado que podamos contemplar hoy en nuestra sociedad; pues las sociedades mejor avenidas y con más educación pueden emprender caminos tortuosos que llevan al desastre con tan solo acentuar la envidia, la ira macerada o la simple misantropía.

Lo que ha hecho Helena Pimenta ha sido sacarles el jugo a sus dos principales intérpretes; primero porque Isabel Ordaz es idónea para este papel, por sus propios modos de actuar. Es una mujer que sabe establecer una forma extraña de expresión, muy peculiar, consistente en aunar una especie de comicidad de locuela con una melancolía soterrada que va aflorando. Este carácter, que ya ha desplegado en otras representaciones (El beso, de hace un par de temporadas), sirve aquí para entregarnos a una señora enmascarada por esa personalidad entremezclada de fortaleza, de pragmatismo y hasta de algunas dosis de ingenuidad; puesto que cualquiera en esas circunstancias de los años cuarenta en Budapest siendo judía viviría en la constante inquietud.

Claro que el punto de vista que se adopta aquí propicia distintas capas de ficción que favorecen reconstruir el pasado para, de alguna manera, liberarse de las heridas a través del humor, de la paradoja y del esperpento. Por eso el propio Tabori, situándose como narrador y como hijo, desde Londres, en aquella época, en ese verano de 1944, va hilando el relato mientras su madre lo vivifica para nosotros y lo intenta rehacer con sus propios recuerdos. Porque dentro de lo macabro y de lo apabullante que resulta la situación, la historia posee cierta sencillez. Y esto es lo que, quizás, lleve al espectador a determinar que no se va más allá, que el hecho es otro episodio más de tantos que hemos conocido. Este, al menos, reduce la amargura más que otros.

Pere Ponce, en los primeros instantes, me parece algo embarullado, como si lanzara a borbotones sus elucubraciones iniciales acerca de cómo empezar la semblanza. Luego, su tono cobra otro cariz; ya que establece un delicioso diálogo con su madre, que está lleno de complicidad, y de repeticiones dicho por el otro, y de esa distancia que impone el humor judío, capaz de buscar la gracia o el choque en los momentos más penosos. Puesto que describir cómo ella viaja hacinada en unos de esos vagones de ganado que emplearon para trasladar a esas pobres gentes (4031 en esa ocasión) a Auschwitz, y cómo un hombre abusa sexualmente de ella es algo controvertido. Uno no sabe cómo tomarlo, si ella misma lo describe como un acto casi humilde, sorpresivo, como si la vida tuviera estas cosas y que, dadas las condiciones, tampoco era para tanto. Tiene su aquel, visto como se ve, muchos años después. En cualquier caso, hay que recalcar que la madre y el hijo, Ordaz y Ponce, van llevándonos en su toma y daca con clara sintonía, con una fluidez extraordinaria y con una observación del mundo que resulta ejemplar.

Sí que nuestra protagonista logra llegar al clímax dramático casi al final. El silencio se esparce por la sala, cuando se quita varias máscaras de supervivencia, con ese humor judío al que me he referido, con esa, incluso, leve socarronería. Para llegar a ese punto ha debido ser capturada por Klapa e Iglódi, unos policías guiñolescos, caracterizados aquí como una pareja de patéticos cómicos de la esfera del cine mudo o escapados de alguna viñeta, con ese bombín y con esos pantalones cortos que le ha calzado la diseñadora de vestuario Mónica Teijeiro, quien he realizado un trabajo muy preciso para potenciar lo militar y, a la vez, estos rasgos tendentes al slapstick. David Bueno y Xavi Frau se esmeran con el gesto manipulando un cachivache que vale de cepo. Porque esta pieza, además de ser acompañada por un piano, que ofrece candor a las escenas más acibaradas, contiene objetos que se emplean para ilustrar el itinerario de esta mujer (no se sube a un tranvía, lo sujeta en sus manos). Después, ya en el campo de concentración, es Sacha Tomé quien se mete en el rol de un joven oficial alemán para desarrollar un carácter avieso, de esos que pueden inclinar la balanza hacia un lado u otro por puro antojo. Su naturalidad consigue asustar en ese diálogo final: «…¿qué hay de difícil en resistirse a la tentación de matar?».

De esta manera, Coraje de madre se va transformando en una propuesta que te atrapa a través de una rara atmósfera de cotidianidad frente a ese gigante espejo que deforma la realidad, donde van apareciendo los monstruos. Mientras, nosotros nos mantenemos en la duda de sonreír o de atemorizarnos, a la espera de que la fortuna conceda su beneplácito.

Coraje de madre

Autor: George Tabori

Dirección: Helena Pimenta

Reparto: Isabel Ordaz, Pere Ponce, David Bueno, Xavi Frau y Sacha Tomé

Adjunto a la dirección: José Tomé

Traducción: Víctor-León Oller

Escenografía: José Tomé y Marcos Carazo

Vestuario: Mónica Teijeiro

Iluminación: Nicolás Fischtel

Espacio sonoro: Ignacio García

Asesora de movimiento: Nuria Castejón

Ayudante de dirección: Noé Denia

Producción: Teatro de La Abadía, Ur Teatro y Teatre Principal de Palma de Mallorca

Colabora: Centro Sefarad-Israel

Título original: My Mother’s Courage / Mutters Courage © de George Tabori. Gustav Kiepenheuer Bühnenvertriebs GmbH, Schweinfurtstrasse 60, 14195, Berlín. Todos los derechos reservados

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 19 de marzo de 2023

Calificación: ♦♦♦♦

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Amistad

Juan Mayorga nos entrega una comedia sin demasiada gracia sobre tres amigos que dialogan durante sus propios velatorios fingidos. Un planteamiento que inicialmente llama la atención, pero que resulta demasiado repetitivo

Amistad - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Hace unos años echaron un programa en televisión que se llamaba El cielo puede esperar. Era un funeral fingido dedicado a una celebridad de nuestro país. El asunto tenía su gracia; pues los colegas aprovechaban la circunstancia para elaborar algún panegírico entreverado de chanza y amor. Aquí los protagonistas de Mayorga juegan a algo similar; aunque el tema solo da para esbozar alguna sonrisa.

Nuestro más laureado autor teatral vivo ha bajado mucho el pistón desde El Golem de la temporada anterior. ¿Qué falla en Amistad? Pues el planteamiento en sí, cuando la mera repetición del esquema inicial pone sobre aviso al espectador y este se aburre con anticipación. Se percibe que esos personajes no esconden demasiado, que son tan comunes que se va a caer en ese estereotipo de que los hombres no hablan de su intimidad y de que, en realidad, sus amigos están ahí solo para confirmar su propio ego. El narcisismo competitivo del macho. Esto resulta ya bastante desfasado como para atenderlo con cuidado hoy en día. Sigue leyendo

Kingdom

Anne-Cécile Vandalem monta un espectáculo grandioso que mezcla drama y cine para representar el enfrentamiento de dos familias de europeos en plena taiga rusa

Kingdom - Foto de Christophe EngelsCuesta creer que un mediometraje como Braguino, de Clément Cogitore, que ganó un premio en el Festival de San Sebastián de 2017 pueda reconvertirse en drama. Quizás los etnógrafos saquen algo en claro; pero el común de los ciudadanos apenas pasará de impactarse con el descuartizamiento de un viejo oso y de avistar cómo dos familias están mal avenidas, parece —según escuchamos en las pocas frases de los «protagonistas», cuando hablan de los Kiline—. Estamos en la taiga rusa. Unos europeos han decidido buscar la «vida retirada» para hallar la felicidad y regresar al modo de comportamiento propio de los forrajeadores. No queda más remedio que pensar en Thoreau e, incluso, en Unabomber. Si no queremos caer en comparaciones hippies con Captain Fantastic. Sigue leyendo

Los desiertos crecen de noche

Las piezas breves de Sanchis Sinisterra enhebradas en un espectáculo de tintes vanguardistas en el Teatro Fernán Gómez

Los desiertos crecen de noche - FotoEn el Teatro menor, de José Sanchis Sinisterra se reúnen cincuenta piezas breves que son un puro juego, un divertimento, una indagación ontológica sobre la propia acción dramatúrgica; pero también, todo hay que reconocerlo, una impotencia a la hora de trasladar a escena unas pretensiones que «expulsan» al espectador de la experiencia estética, incluso al más consciente de los territorios que se sondean. Porque bien, como prólogo que es esa tesela llamada «Ahí está», donde una especie de exploradores en la total oscuridad descubren la luz, nos puede servir para dar comienzo; no obstante, ¿vale como obra autónoma? Ciertamente cuesta pensarlo. Otro asunto muy distinto es cómo se han enhebrado en esta propuesta con diferentes compases y con una proximidad muy elocuente. Sigue leyendo

Los nadadores diurnos

José Manuel Mora y Carlota Ferrer ofrecen en el Matadero una desparramada extensión de su éxito Los nadadores nocturnos

Los nadadores diurnos - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Darle otra vuelta de tuerca al impacto dramatúrgico que logró hace nueve años Los nadadores nocturnos ese mismo espacio del Matadero alentaba las expectativas. No obstante, si el texto de José Manuel Mora es un collage triturante de metafísica, religión, estética y depresión, la dirección de Carlota Ferrer se ve superada por el desparrame, y no logra cohesionar mínimamente una pieza que vive de algunas escenas solventes. Si fueran unos jovenzuelos haciendo su carta de presentación, diríamos que sus ansias por epatar les han hecho descarrilar. Claro que, sobre el tapiz, se ve el lenguaje usual de este tándem, pues ya son varios los proyectos que hemos podido contemplar en los últimos años —el más apreciable El último rinoceronte blanco—. Sigue leyendo

Sorry

Bobo Jelčić presenta en los Teatros del Canal una supuesta farsa sobre la sociedad estadounidense a partir de la obra Peyton Place

Sorry - FotoVamos a pensar que director croata Bobo Jelčić con este Sorry, que ha presentado en los Teatros del Canal, ha pretendido satirizar las ya ridículas telenovelas estadounidenses nacidas en los años cincuenta, para ilustrarnos sobre los modos de anestesia que aplica aquella sociedad y así recrear la fantasmagoría de la democracia. La palabra ‘democracia’ se repite hasta la saciedad en el espectáculo, sobre todo en el desenlace, como una manera bastante simplona, en absoluto analítica, de esos mantras estadounidenses sobre la patria, el sueño americano y la defensa de los derechos a través de su antigua constitución asaeteada por enmiendas. Sigue leyendo

Marat-Sade

La compañía Atalaya recupera para los escenarios este clásico contemporáneo de Peter Weiss, donde el individualismo se sitúa como espejo deformado de la colectividad

Marat-Sade - Foto de Félix Vázquez
Foto de Félix Vázquez

Nada tienen que ver los montajes de Luis Luque en el Matadero hace un par de años y este de Atalaya que data de 2015. Pues este último, más allá de las resonancias con nuestra actualidad —algunos temas siguen formando parte de nuestro humus político—, se ajusta con insistencia en los propios parámetros de Peter Weiss y las influencias del teatro brechtiano y de la crueldad de Artaud, que a la compañía sevillana tanto le fascinan. Sí que se percibe, si la comparamos con la versión fílmica de Peter Brook o con adaptaciones de hace un tiempo como la de Narros (lo de Animalario fue de otra manera), que poseen unas escenografías más naturalistas. Quiero decir que Ricardo Iniesta, en esta ocasión, quizás se queda un poco escueto con el uso de los elementos. Es su santo y seña, como hemos visto en estas últimas semanas con las bañeras de Elektra.25 o con las puertas de El avaro. Aquí las grandes cortinas blancas son efectivas en muchas escenas; pero pienso que, en general, no se llega a producir del todo esa inmersión en el agobiante manicomio de Charenton, más concretamente en los baños. A lo mejor también influye la amplitud del Teatro Fernán Gómez, pues su caja escénica es larguísima. En cualquier caso, está el asunto algo desubicado. Sigue leyendo

Espectros

La versión que presenta María Fernández Ache en el Teatro Español sobre el drama de Ibsen alcanza niveles telenovelescos

Espectros - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Estos Espectros son una debacle total de principio a fin. Estoy más que convencido que cualquier telenovela venezolana tiene menos anagnórisis, menos desvelamientos sorpresivos, que esta obra de Ibsen. Uno se pregunta si este texto tiene solución en escena hoy en día sin que nos parezca absolutamente caduco e infumable; puesto que el grado de inverosimilitud es tal que uno solamente puede recurrir a la risa (no faltan algunas carcajadas en situaciones realmente luctuosas en este espectáculo). Sigue leyendo