La encantadora actriz Sara Beer cumplimenta otro montaje más de autoficción y metateatro sobre el célebre personaje shakesperiano
El problema es la dinámica de las dramaturgias contemporáneas. Tanta metaficción, tanta autoficción, tanta ironía posmoderna, tanto Shakespeare y tanto Lorca, que si usted va mucho a los teatros me entenderá. No es que no haya nada nuevo bajo el sol de York, es que se insiste mucho en lo mismo y se repite hasta la saciedad lo que debe pasar constantemente por moderno. Por lo tanto, el contexto no le viene nada bien a Sara Beer, que es una actriz magnífica, con una dicción fenomenal y con una expresividad genuina que logra atraparnos encantadoramente. Si no hubiéramos acudido hace un año (esta misma obra se suspendió durante la pandemia) a Historia de un jabalí o algo de Ricardo que es, mutatis mutandis, un dispositivo que bebe de aspectos muy similares a los que se estipulan en Richard III Redux, nuestra mirada no estaría tan contaminada. Sigue leyendo
Esta obra de Laila Ripoll data del año 2000 y ella misma, con su compañía Micomicón, la puso en marcha empleando a cuatro actores travestidos en la Sala Cuarta Pared. Luego, creo, tuvo una producción gallega allá por el 2009, y ahora Alberto Velasco ha decidido montarla de nuevo, porque debe considerar que es el momento de la disuasión. Puesto que Atra bilis, ya saben, la melancolía, el humor negro, tal y como lo denominaban en la antigüedad (también así se llama la compañía de Angélica Liddell) podría enmarcarse en la astracanada, más que en el esperpento. Sería tomar la literatura gótica y su ambientación como un cajón de sastre donde se juguetea con autores y con obras que fácilmente podremos intuir.
Cualquiera que haya vivido en los ochenta entiende lo que supuso la heroína para la juventud de aquellos tiempos. Las calles, los parques, los portales y otros recovecos se llenaron de zombis pedigüeños, de jeringuillas, de limones, de papel de plata y otros adminículos. Los radiocasetes de los coches volaban, los bolsos de las señoras se arrancaban y las familias quedaban literalmente destruidas en la consunción del consumo. Esos muchachos (también muchachas, aunque menos) fueron aquellos yonkis, que era como se les llamaba, antes de que definitivamente se les considerara enfermos y víctimas, y pasaran a denominarse drogodependientes. En los últimos tiempos, gracias a Fariña (el libro, la serie y la
Tiene Pablo Fidalgo una forma de entender el teatro que resulta de un compromiso ético (véase 

Mi desconfianza inicial partía de las fotos. En el mal gusto de presentar así a unas pícaras en un cartel tan anticuado. Y no es que siempre los textos del barroco tengan que ilustrarse desde el realismo más sucio; sino que aquí se nos avanza una mezcla de vestuario que parece una insensatez. Porque da la impresión de que Tatiana de Sarabia ha intentado acercar al público actual a las pícaras de entonces y las ha vestido como si fueran una especie de superheroínas con unos trajes verde esperanza bastante ajustados que las convierten en unas bufonas de alguna baraja de Fournier, y luego como detectives, como si fueran Blacksad o El gato con botas.
Bárbara Bañuelos (aka Bárbara Fournier) nos convoca de nuevo para seguir hablando de ella desde el sentido de culpa propio de una pecadora posmoderna. Una continuación de su 