Richard III Redux

La encantadora actriz Sara Beer cumplimenta otro montaje más de autoficción y metateatro sobre el célebre personaje shakesperiano

Richard III Redux - FotoEl problema es la dinámica de las dramaturgias contemporáneas. Tanta metaficción, tanta autoficción, tanta ironía posmoderna, tanto Shakespeare y tanto Lorca, que si usted va mucho a los teatros me entenderá. No es que no haya nada nuevo bajo el sol de York, es que se insiste mucho en lo mismo y se repite hasta la saciedad lo que debe pasar constantemente por moderno. Por lo tanto, el contexto no le viene nada bien a Sara Beer, que es una actriz magnífica, con una dicción fenomenal y con una expresividad genuina que logra atraparnos encantadoramente. Si no hubiéramos acudido hace un año (esta misma obra se suspendió durante la pandemia) a Historia de un jabalí o algo de Ricardo que es, mutatis mutandis, un dispositivo que bebe de aspectos muy similares a los que se estipulan en Richard III Redux, nuestra mirada no estaría tan contaminada. Aunque ya digo que vivimos inmersos en una estética tan redundante en la autorrecursividad, que solo importa el yo imperiosamente «yo» y los márgenes de la creación en sí misma. Entiendo que esto siga sorprendiendo al personal; pero ya cansa. Por otra parte, esto de emplear a Ricardo III como excusa para indagar acerca de cómo un intérprete debe aproximarse a la creación de su propio personaje, de su propia actuación, es en sí un subgénero metateatral. Sería el Looking for Richard, de Al Pacino. O sea, por ejemplo, en nuestro caso más próximo, cómo tuvo que prepararse nuestro magnífico Israel Elejalde su reactualizado rey suplicando por un caballo. Ver las costuras nuevamente delante de nosotros.

El palimpsesto de Ricardo. Todos los Ricardos enhebrados en coordenadas espaciotemporales distintas, para públicos diversos en comunicación intravenosa, donde se inmiscuye la propia investigación del Ricardo ¿auténtico?, ya sea a través de su biografía o su biología, ambas, en definitiva. Pues ya sabrán que las conclusiones científicas de los últimos tiempos, una vez descubierta la osamenta del monarca en un parking de Leicester, confirman que sí tenía escoliosis, pero leve. No era un ogro, un jorobado, un discapacitado. Al menos, no por cuestiones de espalda. ¿Y ahora qué hacemos con la ficción de Shakespeare? Se pregunta nuestra protagonista. Si ella, que tiene una evidente deformación que todos podemos observar, con la que ha nacido, podría tener a huevo encarnar al Ricardo shakesperiano; no es plan de que los forenses le chafen el plan.

En cualquier caso, Sara Beer es una tía con retranca, alguien que destila un humor inglés (perdón, galés) autoirónico. No duda a la hora de reírse de sí misma o de reconocer que haber sido la Quasimodo del colegio no le ha dejado mácula. Su estoicismo es digno de mención. El montaje concentra en poco más de sesenta minutos un permanente baile de identidades, un «ser o no ser» (usurpado el tópico) que, inicialmente, nos la entrega en vídeo, con la cota de malla en un castillo, mientras la real está echada en su butacón —trono y sillón, todo en uno— con la displicencia propia de Laurence Olivier. La vida de nuestra actriz se acomete en los apartados que se van intercalando, titulados «Historias en casa de Nan». Digamos que es el momento en el que se nos intenta trasladar el consabido fárrago de desgracias infantiles; aunque descritas con una comicidad envidiable. Y sigue siendo irónico; no obstante, con guiños hacia la profesión actoral, la entrevista —también en vídeo— que Phillip Zarrilli le hace como si fuera James Lipton en el programa del Actors Studio. Es la manera de que la protagonista vaya discurriendo sinceramente sobre todos y cada uno de los papeles más deseados del teatro mundial que ella no puede interpretar, porque no tiene las condiciones adecuadas para realizarlos, al menos, en las formas clásicas. Es lógico, pues ya estamos acostumbrados a ello, que hoy uno puede asistir a representaciones sobre obras célebres con actores y actrices que se salen de lo escrito por el dramaturgo o de lo que la tradición ha marcado. Ahora, el propio Zarrilli y Kaite O’Reilly quieren, a pesar de la distancia salvadora del sarcasmo que emprenden, jugar esa baza tan contemporánea de la sensibilización del público anterior al acontecimiento. Es decir, Sara Beer podría ser una mujer bajita con una prótesis anclada a la espalda y el personaje discurriría por otros términos. El empeño contemporáneo porque la verdad sea verdadera en la propia ficción desmantela el pacto teatral entre creadores y público. Porque en el fondo se sigue trabajando con el victimismo, algo así como que es injusto que la mayoría de los actores o de las actrices no puedan hacer de Ricardo III o de otros, como si tuvieran un derecho divino a poder hacerlo (los demás sí que tenemos complicado «interpretar» el papel que nos gustaría en la sociedad). Es precisamente en el teatro, donde se dan tantas licencias poéticas, donde lo imposible en la vida real puede llegar a ocurrir, solo hace falta atrevimiento artístico. Y aquí lo tienen; No obstante, ya lo hemos visto demasiado otras veces en los últimos tiempos.

Richard III Redux

or Sara Beer [is/not] Richard III

Escrita y dirigida por Kaite O’Reilly y Phillip Zarrilli

Reparto: Sara Beer y Phillip Zarrilli (actuación pregrabada en vídeo)

Cámara en directo: Paul Whittaker y Kaite O’Reilly

Fotografía: Panopticphotography

Alumna en prácticas: Julia Rincón Valadez

Producción: The Llanarth Group

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 12 de junio de 2022

Calificación: ♦♦♦

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