Jerusalem

Pere Arquillué encarna a un desastrado anacoreta en un montaje dirigido por Julio Manrique en el Teatro Valle-Inclán

Foto de David Ruano

Si descodificamos todos los símbolos de esta alegoría es probable que caigamos en la tentación de interpretar la obra como un relato bíblico. En parte, posee un andamiaje que inequívocamente va por esos derroteros religiosos; pero tenemos mucho más, porque la fantasía pagana se imbrica como un contendor de literaturas que nos llevan desde la Odisea hasta Un monstruo viene a verme (no es que sea una influencia, sino que más bien podemos encontrar un paralelo reciente) pasando por la materia de Bretaña, Chaucer, Rabelais, Cervantes, los hermanos Grimm y un larguísimo etcétera que se rinde a la imaginación desmedida y maravillosa. Por otra parte, cómo no descubrir una crítica acibarada a los desastres de la crisis económica ―el estreno data de 2009― en esta Inglaterra preBrexit, donde los chavs buscan sus vías de escape a través de las drogas, el alcohol, la fiesta y, directamente, la nada, antes de volver al curro (si es que lo tienen). Jerusalem ―en referencia al famoso poema de William Blake, todo un himno para los ingleses―, también contiene buenas dosis de Babilonia, como bien establece san Agustín en La ciudad de Dios. La confusión y el refugio se concitan en el medio de ese bosque habitado por un espécimen icónico en demasía. Allí está apostada la cochambrosa caravana de Johnny «El Gallo» Byron, con todos sus enseres repartidos por doquier como si aquello fuera un preludio de vertedero ―Alejandro Andújar se ha afanado para crear una escenografía repleta de cachivaches que nos entretienen visualmente como pequeñas sorpresas―. Cerca de allí han construido una urbanización y los vecinos están que trinan con aquel indeseable vecino que, además de no pagar impuestos, trafica con toda clase de drogas. Pere Arquillué logra una cota máxima de interpretación con este goloso carácter; y lo ha elaborado con muecas, gestos, exabruptos e intemperancias que se conjugan vertiginosamente a lo largo de la función. El Gallo es un gurú, un romántico aventurero e igual de cojo que su tocayo el Lord, símbolo de resurrección para los que están a punto de caer, un fantasioso embaucador, un entrañable anfitrión, un corruptor de menores como un Sócrates enfarlopado, un bucanero capaz de defender su embarcación contra el ayuntamiento, un gitano con prole postiza ahogado en la soledad, un cristo de parábola abracadabrante, un anacoreta barrigón; en fin, qué se puede esperar de un tipo así. De haber una trama, debemos acogernos a la desaparición de la Phaedra, un pequeño papel pululante (y cantante) que acoge Elena Tarrats con enorme y sentida sencillez. Una adolescente que no ha vuelto a casa ―no es la primera vez que lo hace― y que tiene a su padre, un David Olivares furioso y bronco que irrumpe en el campamento como un diablo imparable. Y es que nuestro antihéroe, por debajo de todas sus máscaras, esconde a un individuo afectuoso al que parecen confiarse los jóvenes como si quisieran instalarse en Nunca Jamás, bajo la protección de ese Hamelín cachondo. Ante todo, el espectáculo me convence en la rave y en el ambiente cutre-hippie-poligonero; porque no deja de ser una ironía de nuestro tiempo que anhela el imposible de la alegoría religiosa. El ritmo electrónico y machacón de The Chemical Brothers con su «Hey Girl, Hey Boy» nos retrotrae esa esfera de la escapatoria narcótica que nos hace pensar contextualmente en Trainspotting. La muchachada carga con el adocenamiento de un entorno que parece determinante. Muy pertinente es el comentario de Guillem Balart (en el rol de Davey) señalando que su vida consiste en madrugar, matar doscientas vacas, comer, matar otras doscientas vacas y en emborracharse los fines de semana. Después, con una insolencia tan humorística como tajante, afirmará que viajar más allá de los límites de su comarca ―no digamos ya a otros países― resulta algo así como absurdo y falto de todo interés. Pensamiento acomodaticio o temeroso, conservador y carente de iniciativa, un virgencita que me quede como esté, para terminar con toda probabilidad acodado en la barra de un pub. Con más insensatez que otra cosa, Lee, encarnado por Adrian Grösser (un personaje con poco recorrido), ha decidido marcharse a Australia a buscarse la vida de lo que sea. Son dos posturas contrarias que pueden finalizar en el mismo lugar. No tienen conciencia de sus posibilidades o de lo que serían capaces de hacer si reflexionaran un poco. En gran medida, el montaje decae cuando se deja llevar invariablemente por el localismo costumbrista que, en cierta media, se aproxima a la comedia de situación británica trufada de chascarrillos sobre los lugareños. A ello contribuyen, por ejemplo, varios de esos personajes sin desarrollo suficiente y que únicamente añaden estereotipos consabidos. Por ejemplo, las chicas Pea y Tanya, que encarnan Anna Castells y Clara de Ramon respectivamente, con ganas de folleteo (a falta de algo mejor para divertirse) están en esta línea. Dentro del grupo resulta curioso el personaje del Profesor, un demente Víctor Pi, pasadísimo de vueltas, una especie de bardo inconsecuente entre la lucidez y la locura, que nos sirve de metáfora para reseñar el despiece cultural. Sobresaliente es la actuación de Marc Rodríguez haciendo de Ginger, típico inocentón paletillo que ansía convertirse en un DJ de cuarta regional; pero que atesora una bondad evidente debajo de todo ese barrunto macarra. Luego, cuando el asunto se pone más familiar, más prosaico y se intenta desacralizar a El Gallo con la visita de su exmujer (y de su hijo Marky) a tratar asuntos de conciliación, observamos a Chantal Aimée haciendo de Dawn, en una de esas escenas más comedidas (dado el nivel de griterío que se alcanza). Lo local (con la fiesta de San Jorge y sus celebraciones tradicionales y folclóricas) y lo telúrico, que aspira desde los guiños pop (no solo por la música que suena) y posmodernos a remitir a toda una mitología, se hibridan en una propuesta desbordante en tiempo y en furia. Julio Manrique ha conseguido que, en muchos momentos, el texto de Jez Butterworth nos suene más cercano al fomentar la espontaneidad y el movimiento libre en escena de un grupo que se ve arrastrado por un Arquillué pletórico.

Jerusalem

De: Jez Butterworth

Traducción: Cristina Genebat

Dirección: Julio Manrique

Reparto: Chantal Aimée, Pere Arquillué, Guillem Balart, Anna Castells, Adrian Grösser, David Olivares, Víctor Pi, Clara de Ramon, Albert Ribalta, Marc Rodríguez, Elena Tarrats, Pablo Carretero, Tomás Pérez y Robert Plugaru

Escenografía: Alejandro Andújar

Vestuario: Maria Armengol

Iluminación: Jaume Ventura

Espacio sonoro: Damien Bazin

Vídeo: Francesc Isern

Caracterización: Núria Llunell

Movimiento: Nathalie Labiano

Asesor musical: Carles Pedragosa

Ayudante de dirección: Xavi Ricart

Ayudante de escenografía: Sergi Corbera

Ayudante de vestuario: Marta Pell

Fotografía: David Ruano

Diseño cartel: Javier Jaén

Equipo Focus

Dirección de producción: Maite Pijuan

Jefa de producción: Marina Vilardell

Producción: Mireia Farrarons

Director de oficina técnica: Moi Cuenca

Oficina técnica: David Ruiz

Regidor: Paco Montes

Gerente compañía: Inma Jerez

Colaboradores: Estrella Damm, Montibello y Punto Blanco

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Teatre Romea y Grec 2019 Festival de Barcelona

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 1 de marzo de 2020

Calificación: ♦♦♦♦

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