Antigone in Molenbeek + Tiresias

Guy Cassiers vuelve a cargar su dramaturgia con los excesos narrativos para remitirnos a dos figuras clave de la mitología clásica

Antigone in Molenbeek + Tiresias
Foto de kvde.be

Con Guy Cassiers ya sabemos a lo que nos exponemos. Diría que los belgas más ¿vanguardistas? viven decididos por lo narrativo. Los ejemplos se suceden con Milo Rau (suizo, pero afincado en Bélgica) o, hace poco con Fabrice Murgia; y hasta Cédric Eeckhout, desde el humor, se apunta a contarnos sin parar una historia. Tomemos las dos piezas en sintonía y no totalmente separadas; aunque el descanso durara media hora. La estética es la misma y, las remisiones mitológicas, también. A bote pronto, se puede aseverar que la Antígona es aburrida, monótona, lineal. Eso no quita para que Ikram Aoulad esté inagotable en su elocución; pero la propuesta es angosta, reducida, vendida a un cuento que debemos leer imparablemente en los sobretítulos. Reconozcamos que nos perdemos gran parte de lo que sucede; aunque suceda muy poco. Si sus gestos con las manos son sutiles o si su expresividad facial nos debe llevar más allá, nos vemos incapaces de atender a todo. Quizás la culpa sea nuestra por no estudiar algo de neerlandés antes de acudir a los Teatros del Canal. En cualquier caso, el texto de Stefan Hertmans está bien traído en la conjunción contemporánea de la hija de Edipo trasplantada al barrio de Molenbeek, nido de terroristas yihadistas en los últimos tiempos, fracaso del multiculturalismo. Allí busca ella a su hermano, un asesino hecho desaparecer. Nosotros queremos acompañarla en su búsqueda; pero el asunto es tedioso, evidenciado de esta manera, a saber: un cuarteto de cuerda vislumbrado desde cuatro pantallas —a falta de hologramas, esta es la forma de ahorrar gastos— inundando la sala con Shostakóvich. Está claro que la propia Sala Verde contribuye a ofrecer un espacio inmenso, principalmente, en altura; pero que los recursos técnicos se nos antojan rácanos para el año que corre. Que una sola actriz cargue con un relato de sesenta y cinco minutos; aunque dramatúrgicamente anquilosante, no deja mucho hueco para la interpretación del espectador, para intuir, en sí, una representación de los hechos que se escuchan. Si es casi todo sugerido; no se consigue sugerir tanto como se debiera. Lo bueno —quiero ponerme positivo— es que a la vuelta del descanso tenemos otro ejemplo para comparar. Podríamos esperar más de lo mismo; no obstante, hete aquí que, con apenas unas variaciones de carácter literario y gestual, se da un paso a favor del público. No demasiado exagerado, por supuesto; pero es algo. El Tiresias vale en su dinámica procesual, en su metamorfosis y en algunas reverberaciones extrateatrales. Porque Kae Tempest (antes Kate Tempest) se involucra personalmente para enhebrarse con el personaje, con aquel que —según alguna de las versiones— nació hembra y después cambió a varón (como el propio Tempest, rapero y dramaturgo del que di cuenta con Wasted). Quien dice transicionar, también parece que puede afirmar zozobrar en el difuso embate de los géneros que hoy se posibilitan lingüísticamente y que, en conciencia, uno no sabe a qué atenerse. En cualquier caso, el tema viene que ni pintado y está escrito con una metaforización notabilísima. El lirismo es elocuente, la adjetivación sorprendente, la atmosfera creada muy imaginativa, el vaivén de la transformación, extraña. Se logra emprender un viaje imaginativo de ecos oraculares y boscosos, caliginosos e inasibles. El texto, literariamente, es muy potente. Ahora, Cassiers no le da demasiada tregua a su actriz, Katelijne Damen, quien ya interpretó en este mismo escenario hace unos años a Orlando, precisamente. O sea, otra vez el cambio de sexo. La interprete es deslumbrante y nos subyuga con su cadencia vocal. Aunque tampoco el director le permite mayor despliegue; porque la contención es una máxima. Además, los aderezos y las cámaras parecen estar ahí de forma azarosa, para epatarnos con el maximalismo, para que el rostro fotografiado se proyecte como un cartel húmedo a punto de romperse. No parece que haya visos de continuidad en ese aparataje sin sentido. No parece que esa tecnología esté a favor de un drama; puesto que la narración se lo come todo y nosotros no podemos perder el ripio. No hay diálogo (interno sí. Y eso es otro valor del texto) ante nuestros ojos, no hay recreación de hechos. La supuesta conceptualización de Tiresias masculinizándose o cegándose o vislumbrando la adivinación en espolvorear las tablas y la cara, en ser auscultada por las cámaras, no trasciende hacia un acontecimiento de mayor calado. Ambas piezas se determinan en esos anclajes tan estrechos; y nosotros, si comprendiéramos esa lengua, podríamos cerrar los ojos y escuchar, como un audiolibro, unos cuentos tenebrosos, heridos por los arcos de esos músicos fantasmagóricos, y después levantarnos y marcharnos a casa.

Antigone in Molenbeek + Tiresias

Director: Guy Cassiers

Texto: Stefan Hertmans y Kae Tempest

Intérpretes: Ikram Aoulad y Katelijne Damen

Escenografía y vídeo: Charlotte Bouckaert

Iluminación: Fabiana Piccioli

Música: Dmitri Shostakóvich, interpretado por Danel Quartet

Producción: Toneelhuis

Coproduction: Danel Quartet

Con el apoyo de Tax Shelter Maatregel v/d Belgische Federale Overheid, Casa Kafka Pictures Tax Shelter empowered por Belfius

39º Festival de Otoño (2021)

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 20 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦

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