Madre Coraje y sus hijos

Blanca Portillo protagoniza la extraordinaria propuesta del Centro Dramático Nacional en la despedida de Ernesto Caballero como director

Alcanzar la excelencia es un asunto bien complejo en la práctica teatral, y casi más si se trata de adaptar un clásico que ha sido «atacado» desde tantos flancos y que posee esa carga política que puede desvirtuarla si se incide en ciertos aspectos expresionistas. Ernesto Caballero nos entrega una Madre Coraje y sus hijos que debe ser imperdible para cualquier buen aficionado al teatro (los de Atalaya también nos ofrecieron un buen espectáculo hace unas temporadas). Ha logrado modernizarla estéticamente hasta el punto de situarnos en las puertas de un tiempo próximo y, a la vez, despojado de elementos que podamos identificar claramente. Sería un efecto de distanciamiento brechtiano potenciado por la apertura total del espacio en una escenografía que se basa en la iluminación. Pero el punto verdaderamente sobresaliente es su elenco. La Portillo clava otra pica más sobre la dramaturgia española. Su protagonismo se expande a lo largo de la trama con verdadero encantamiento, con una trabajosa matización en un entorno duro y basto, se manifiesta como una bruja deambulando con su carromato para demostrar su astucia. Ella grita, se desgañita, incluso; se pone tierna, si hace falta. Sofistica su hipocresía y nos da una amarga lección de pragmatismo. La guerra le va muy bien para su negocio ―cuánto sabemos hoy de eso―, es su modo de supervivencia, la manera que tiene de proteger a sus hijos y a sí misma. Sigue leyendo →

Monsieur Goya, una indagación

José Sanchis Sinisterra firma esta aproximación caliginosa sobre la figura del pintor aragonés durante los últimos años de su vida

Foto de David Ruiz

La teoría se impone como un imperativo incuestionable y Sanchis Sinisterra parece dominado por su propia criatura (El lugar donde rezan las putas, su anterior obra, incidía igualmente en ello). La narraturgia se lleva hasta las últimas consecuencias para guiarnos y atraparnos en un discurso construido sobre el hilo de la metateatralidad. La cuestión es si estos procedimientos dramáticos producen un hecho teatral, donde fondo y forma se conjuguen para destinarnos hacia un ente complejo y fértil estéticamente hablando. Que la obra se subtitule «una indagación» es totalmente lógico; pues al dramaturgo parece que le interesa más el marco que la pintura. Es más, parece que le interesa más cómo se debería o, incluso, cómo se podría elaborar ese marco que su objetivo útil y concreto. Por eso, en algunas partes de la función, resulta una metaindagación, una recreación de por dónde habría que empezar o a imaginar lo que pudo pasar. Por lo tanto, especificar, ir al grano, decidir o aseverar son verbos denostados. Aquí se guarda una distancia tan prudencial sobre lo representado que cuando parece que se va a llegar a algo, se frena y se incurre por otra parte. Allá apartado, casi invisible y solitario, entre las butacas libres del Teatro Fernán Gómez se sienta Alfonso Delgado para poner su voz (y salir a saludar al escenario al final) al servicio de la narración, para hacer de Sinisterra, de Goya, de Dios (de Godard, God-art rememorando la nouvelle vague con intervenciones en el acto sobre el propio momento de la creación). Sigue leyendo →

El sirviente

Una versión desangelada para este drama sicológico sobre las relaciones de dominación entre un mayordomo y su señor

Aumenta sin parar la lista de adaptaciones teatrales que tienen como referente en el imaginario del espectador su versión fílmica. Es imposible no recordar la cinta dirigida por Joseph Losey en 1963, con el guion de Harold Pinter (sobre la novela de Robin Maugham). Y la comparación será inexcusable cuando el público observe la disposición de esos personajes sobre las tablas, en este caso, del Teatro Español. Pero desde el principio uno «huele», «escucha», «palpa» y descubre que el hecho dramático está ausente, de que suena a viejo, a caduco y, sobre todo, a impostado. La palabra es sutileza, característica imprescindible para llevar al teatro El sirviente; y en esta propuesta no solo está lejana, sino que está sustituida por unos diálogos expresados, en la mayoría de los casos, de manera plana. El montaje se adentra en una atmósfera difusa entre la comedia y el thriller sicológico. Que el preludio sea una escena tan simplona, con unos personajes que parecen incapaces de quitarse el corsé en toda la función, no ayuda al despegue. Porque Richard, el amigo editor del protagonista, encargado de buscarle una buena mansión y que encarna Carles Francino, queda disuelto en lo anodino. Casi en la misma línea se mueve Sally, la novia, a quien Lisi Linder interpreta con algo de superficialidad. Sigue leyendo →

El gran mercado del mundo

Xavier Albertí tamiza la religión del auto sacramental calderoniano para hablarnos sobre los mercados actuales desde un cabaret

Foto de May Zircus

A veces, los cambios históricos no aceptan bien las modernizaciones de los clásicos o de esas piezas que en otro tiempo tuvieron una significancia. Un auto sacramental como El gran mercado del mundo ―dentro de su brevedad y de que tiene más de diez personajes, lo cual puede suponer un problema a la hora de llevarlo a escena― se presenta ante una sociedad en apariencia secularizada. Pretender que si se usurpa el contenido enteramente religioso va a quedar el mensaje acerca del mercado en el sentido moderno, y que con ello se puede hacer una crítica, por ejemplo, del capitalismo, es pergeñar un trastoque de mucho cuidado. Si además el pretendido mensaje tampoco es para tanto, ni mucho menos; lo que nos queda es el espectáculo. Esto puede estar muy bien para el entretenimiento del personal; pero ya no cumple su función, en este caso, eucarística. Xavier Albertí firma la versión que se presenta estos días en el Teatro de la Comedia y, a tenor de lo observado, parece que se puede realizar casi una parodia del auto y salir ileso; eso si nos fiamos en los aplausos. Poco más de una hora y cuarto para deconstruir la pieza y configurar un cabaret, una revista y hasta un piano-bar, como si estuviéramos en el Paralelo barcelonés de otra época. Y mucho apelotonamiento; porque el empeño de sacar a todo el elenco sobre las tablas, con el ventilador a todo trapo (molestia innecesaria), con el pianista a lo suyo y la Fama colgada para soltar el pregón, favorece el barullo. Sigue leyendo →

Lo nunca visto

Tras el éxito de Las princesas del Pacífico, José Troncoso vuelve con su particular visión tragicómica de la existencia

Foto de Ignacio Ysasi

El éxito rotundo que José Troncoso ―y toda la compañía de La Estampida― ha cosechado con Las princesas del Pacífico situará a sus seguidores en la tesitura de la comparación y de las expectativas ávidas de ser cumplidas. Aunque Lo nunca visto es una obra de 2018, parece que es ahora cuando se lanza, auspiciada por los vientos favorables, gracias al Teatro Español. Nos adentramos en un estilo que se decanta todavía más por unos factores que de manera indefectible tenemos que identificar con La Zaranda. Su influencia parece demasiado cercana y el dramaturgo, de continuar por estos derroteros, podría caer en el manierismo o en ser un deudor apegado en demasía a sus maestros. La recursividad, la lentitud, la música sosteniendo la decrepitud (Bach) y los personajes marginales son elementos que se aúnan para esbozar una trama de trago acibarado. La cuestión es que una profesora de danza, responsable de una sala dedicada a baile para niños y niñas, está a punto de ser desahuciada y ha decidido marcharse por «la puerta grande». De alguna forma, se ha propuesto realizar un espectáculo ―se debe entender que vanguardista o extravagante para que lleve el título de Lo nunca visto; pero el texto es algo confuso y está poco cohesionado con lo que viene después― con sus antiguas alumnas. A la llamada únicamente acuden dos: una señora de verborrea insuperable cual disco rayado y una yonki vagabunda sin nada mejor que hacer. Sigue leyendo →

La vida es sueño

Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico despliegan su buen hacer con la tragedia de Calderón en la despedida de Helena Pimenta como directora

Foto de Sergio Parra

Cada una de las incursiones en la obra magna de nuestra literatura es un recuerdo de su consistencia estructural, de su poética barroca y de esa profusión filosófica sobre las cuitas de la Edad Moderna; desde la duda cartesiana hasta el cuestionamiento del dios todopoderoso (podemos recordar la fantástica propuesta de Carles Alfaro hace un par de temporadas). Vuelve Helena Pimenta con la obra que tanto éxito le dio cuando puso a Segismundo en la piel de Blanca Portillo. Ahora se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ―con honores―. Que retome la versión de Juan Mayorga (muy ajustada en los tiempos para lograr un brío enérgico y satisfactorio) con los jóvenes de la Compañía, es una apuesta firme por adentrarse en vericuetos complejos. La función, desde luego, es muy atractiva visualmente, y es debido al espacio escénico que Mónica Teijeiro ha imaginado. Porque la sala Tirso de Molina, en la quinta planta del Teatro de la Comedia, está resultando en estos pocos años que lleva activa como un lugar bien versátil; y así se da muestra de ello en este montaje. Se aprovechan al máximo las alturas: Rosaura corretea en su huida por las pasarelas que permiten colocar los focos a los técnicos, Segismundo aparecerá por un recoveco central y el elenco al completo se adentrará por cualquier esquina sobredimensionando las perspectivas. El conjunto es sencillo, pues los elementos con los que se juega son mínimos: apenas un piano y una cortina de láminas traslúcidas en el fondo. Sigue leyendo →

Señora de rojo sobre fondo gris

José Sacristán destila su esencia para adaptar la novela de Miguel Delibes, donde se relata el fallecimiento de su esposa

Que José Sámano haya estado detrás de la adaptación de Cinco horas con Mario y ahora de Señora de rojo sobre fondo gris parece una cuestión de lógica; pues son dos textos de Miguel Delibes que se miran fijamente y que suponen un díptico donde dos mujeres tan distintas como idénticas se observan desde perspectivas casi antagónicas. En la obra que nos compete, el panegírico, próximo al patetismo, nos produce verdadero estupor cuando se describe su enfermedad. Ahora que se estila tanto en literatura la autoficción, lo cierto es que el novelista vallisoletano se desnudó emocionalmente cuando publicó en 1991 su novela. Su esposa, con la que se había casado en 1946, había fallecido a los 48 años en 1974. Tamaña catástrofe lo sumió en el más oscuro silencio y la horrible experiencia le sirvió de materia para realizar esta confesión tan íntima que ahora interpreta José Sacristán en los escenarios. Primeramente, hay que reconocer que la versión, firmada, aparte de Sámano, por el propio actor y por Inés Camiña, posee la gran virtud de reordenar ciertos pasajes para propiciar un vaivén más pronunciado que en la novela, también más digerible. Porque en esta, el álter ego del autor es un pintor (exitoso) que le va a contar a su hija ―se encuentra encarcelada por el conocido como Proceso 1001― que su madre, Ana, está enferma y, aprovechando la coyuntura, nos va a hilar la prosopografía con la etopeya; es decir, a describir a su esposa como una especie de sílfide que ni embarazada engordaba y a consignar un carácter enérgico, predispuesto al encantamiento de todo aquel que se le acercara. Una mujer extraordinaria a todas luces y que uno, aunque sea un tópico, se la imagina como el soporte inevitable y necesario del artista. Sigue leyendo →

Sea Wall

Nacho Aldeguer interpreta para un reducido grupo de espectadores un monólogo sobre una tragedia familiar

Lo que para nosotros es hoy en día la muerte resulta fundamental para que cualquier relato trágico presente nos someta a una angustia indecible. La muerte está lejos, oculta. La muerte es de los otros, de la mala suerte. La esperanza acérrima de sobrevivir ante cualquier accidente, enfermedad o imprevisto es una creencia infantil. Menos guerras, menos terrorismo, menos asesinatos a nuestro alrededor; pero cualquier hecho luctuoso nos recuerda nuestro destino fatal. Luego tendemos a la que la cotidianidad nos devuelva la fantasía de la inmortalidad. Sea Wall es un encuentro íntimo, un momento sutil de escucha y una necesaria empatía para situarnos junto a Álex; pues su historia es tan verosímil y sencilla como profunda. Su relato es una catástrofe vital estadísticamente excepcional en nuestro mundo actual; pero todos jugamos a la lotería sin querer con cada una de nuestras acciones. Si tienes un hijo, sabes que el temor a perderlo es un miedo que se aloja perpetuamente en el duodeno para alertarte ante cualquier posibilidad de peligro. Carlos Tuñón se ha embarcado hace ya tiempo en proyectos que trabajan en los aledaños de lo dramatúrgico ―podríamos decir. Simultáneamente a Sea Wall, también lleva a las tablas El roble (estrenada la temporada anterior). Sigue leyendo →

Sueños y visiones de Rodrigo Rato

El ambigú del Teatro Kamikaze acoge esta dramatización satírica de la vida del político español

Foto de Vanessa Rábade
Foto de Vanessa Rábade

Estamos tan necesitados de salvadores que cualquier individuo que es elevado a los altares de los nuevos templos ―llámese Fondo Monetario Internacional―, que enseguida nos cegamos ante su buena nueva. Si es de los nuestros nos quedamos sin excusa para no invertir en él y en su negocio lógicamente fértil. Así dio cuenta de ello hace años con su DioS K, Antonio Rojano, para retratar a Dominique Strauss-Khan. Ahora le toca a su antecesor Rodrigo Rato caer del podio en una especulación dramática. Y quien más y quien menos tendrá fresca su historia y, si aún sigue leyendo la prensa, habrá podido descubrir o rememorar sus antecedentes familiares. El dispositivo ―ya habitual en Pablo Remón, ahora en compañía de Roberto Martín Maiztegui― juega con todos los elementos y las características tan propias del cine que nos ha engatusado en los últimos veinte años. Ya sabemos: ritmo de rock and roll para una prosa electrizante, una ironía sagaz que va puntualizando este vía crucis con sus catorce capítulos perfectamente medidos, con sus grandes dosis de distanciamiento teatral para ganar en falsa modestia, tirarse el rollo con los rasgos de la verosimilitud puesta en tela de juicio, la narración informadora y explicativa para que nadie se pierda, la descripción caricaturesca de situaciones tan conocidas como estrafalarias, sacar punta a lo inverosímil, pegarse a la realidad consabida por el respetable para confraternizar con él. Sigue leyendo →