Madre Coraje y sus hijos

Blanca Portillo protagoniza la extraordinaria propuesta del Centro Dramático Nacional en la despedida de Ernesto Caballero como director

Alcanzar la excelencia es un asunto bien complejo en la práctica teatral, y casi más si se trata de adaptar un clásico que ha sido «atacado» desde tantos flancos y que posee esa carga política que puede desvirtuarla si se incide en ciertos aspectos expresionistas. Ernesto Caballero nos entrega una Madre Coraje y sus hijos que debe ser imperdible para cualquier buen aficionado al teatro (los de Atalaya también nos ofrecieron un buen espectáculo hace unas temporadas). Ha logrado modernizarla estéticamente hasta el punto de situarnos en las puertas de un tiempo próximo y, a la vez, despojado de elementos que podamos identificar claramente. Sería un efecto de distanciamiento brechtiano potenciado por la apertura total del espacio en una escenografía que se basa en la iluminación. Pero el punto verdaderamente sobresaliente es su elenco. La Portillo clava otra pica más sobre la dramaturgia española. Su protagonismo se expande a lo largo de la trama con verdadero encantamiento, con una trabajosa matización en un entorno duro y basto, se manifiesta como una bruja deambulando con su carromato para demostrar su astucia. Ella grita, se desgañita, incluso; se pone tierna, si hace falta. Sofistica su hipocresía y nos da una amarga lección de pragmatismo. La guerra le va muy bien para su negocio ―cuánto sabemos hoy de eso―, es su modo de supervivencia, la manera que tiene de proteger a sus hijos y a sí misma. El personaje nos atrae hacia su terreno con sus tácticas de seducción dialéctica y por esa fuerza que la actriz propaga durante las dos horas y pico de función. En el montaje se entreveran dos realidades históricas asidas, a su vez, por capas deshilachadas de toda la amalgama de la moral judeocristiana europea. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) despliega los dos bandos en liza. El pulso fratricida entre católicos y protestantes se nos muestra como telón de fondo (incluidos luminosos informativos de los acontecimientos en una enorme banda trasera); pues para nosotros es un conflicto que reconocemos mucho más cercano, quizás los Balcanes, Irlanda o enfrentamientos que están por venir, producto de la estulticia y de la incomprensión. La cantinera Anna Fierling recorre Polonia arrastrando sus cachivaches y a sus tres hijos (cada uno de un padre distinto). Ángela Ibáñez hace de Kattrin, la hija muda, que apenas se podrá expresar con impotencia, con el sueño de ser una mujer elegante y atractiva. Ella cumple con el oscuro cometido del sacrificio, de la desesperación que se ahoga en todos sus silencios. A Ignacio Jiménez le toca el papel de Caradequeso, el hijo menor, algo atolondrado; un carácter poco vistoso; aunque sea otro «sacrificado» por causas crematísticas. Muy distinta es la predisposición de Samuel Viyuela con Eilif, el mayor de los tres. Enérgico y listo para definir su valía en combate, su inteligencia al servicio del batallón en el que acaba de ingresar; alabado como un héroe de la antigüedad que demuestra sus hazañas a la primera de cambio bajo algún halo de santidad ―de ahí las alabanzas del Capitán, interpretado por Janfri Topera con su particular nobleza―. Esta actitud es determinante para avanzar en el argumento; pues de camino se han topado con un sargento protestante que es Bruno Ciordia, quien desarrolla una chulería a la altura de su rival, la Coraje. No le anda a la zaga su compadre Jorge Kent, más bronco y afanado en reclutar soldados. Su rudeza y su bravura son inmejorables. El movimiento escénico no nos deja ni un momento para la inconsistencia. Cada escena, cada diálogo poseen una cadencia de alto nivel que permite engazar cada situación y cada época con verdadera organicidad; y esto es debido tanto a la buena dirección como a esa tarea sutil de un elenco seleccionado primorosamente. No hay más que ver, por ejemplo, cómo irrumpe Paco Déniz haciendo de cocinero desastrado. Un personaje que va a ir ganando enteros y que muestra con soltura un talento mayor de lo previsible. Es otra demostración más de dónde te sitúa la guerra o la vida según los avatares, la suerte o la desdicha. O Paula Iwasaki con su Ivette, una prostituta cabaretera como recién salida de Berlín Alexanderplatz, la famosa serie que realizó Fassbinder sobre la novela de Döblin. La actriz conjuga erotismo, ingenuidad y patetismo a partes iguales. Uno de los aspectos que quizás podrían haber chirriado es el de las canciones ―no tiene fácil encaje hoy en día―. Si bien no se opta por el lucimiento vocal, sí que se ha vertebrado la cuestión con una correcta interpretación, con unos ritmos más guitarreros cargados de electricidad (gran labor de Luis Miguel Cobo). Tema aparte es la actuación de Jorge Usón, quien se maneja como cantante mucho mejor en estas lides y aprovecha para que su predicador, en el colmo del cinismo, entone la «Canción de las horas». Cierran el grupo David Blanco y Raquel Cordero como soldado y campesina, respectivamente, abundando en el buen hacer general. Como afirmaba al inicio, la propuesta estética se fundamenta esencialmente en el trabajo formidable que han realizado Paco Azorín y Ernesto Caballero con la iluminación; pues el uso abusivo de las hileras de focos nos expulsa de la oscuridad habitual en las versiones de esta obra y nos lanza imaginariamente a escenarios más cercanos como los campos de refugiados, de concentración o a cárceles con patios hipervigilados. Nuestra obligación moral es sentir repudio por la señora Fierling. Que desee la continuación del conflicto bélico para que su negocio sea próspero remarca la predisposición de aquellos que hoy se benefician de los males y de los vicios humanos (muchas veces inducidos de manera torticera). Ahora, en ella observamos un comportamiento angustioso de alguien sometido permanentemente a dilemas irresolubles. Quién está libre de pecado, cuando el mundo presente exige una retahíla de virtudes tan imposibles de cumplir estrictamente. Esta propuesta de Madre Coraje y sus hijos debe permanecer en nuestra memoria durante mucho tiempo.

Madre Coraje y sus hijos

Autor: Bertolt Brecht

Traducción: Miguel Sáenz

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto: David Blanco, Bruno Ciordia, Raquel Cordero, Paco Déniz, Ángela Ibáñez, Paula Iwasaki, Ignacio Jiménez, Jorge Kent, Blanca Portillo, Janfri Topera, Jorge Usón y Samuel Viyuela

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Paco Azorín y Ernesto Caballero

Vestuario: Gabriela Salaverri

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Composición musical: Paul Dessau

Asesor vocal: Ángel Ruiz

Caracterización: Moisés Echeverría

Ayudante de dirección: Nanda Abella

Producción: Centro Dramático Nacional

 

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 17 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦♦♦♦

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .