El sirviente

Una versión desangelada para este drama sicológico sobre las relaciones de dominación entre un mayordomo y su señor

Aumenta sin parar la lista de adaptaciones teatrales que tienen como referente en el imaginario del espectador su versión fílmica. Es imposible no recordar la cinta dirigida por Joseph Losey en 1963, con el guion de Harold Pinter (sobre la novela de Robin Maugham). Y la comparación será inexcusable cuando el público observe la disposición de esos personajes sobre las tablas, en este caso, del Teatro Español. Pero desde el principio uno «huele», «escucha», «palpa» y descubre que el hecho dramático está ausente, de que suena a viejo, a caduco y, sobre todo, a impostado. La palabra es sutileza, característica imprescindible para llevar al teatro El sirviente; y en esta propuesta no solo está lejana, sino que está sustituida por unos diálogos expresados, en la mayoría de los casos, de manera plana. El montaje se adentra en una atmósfera difusa entre la comedia y el thriller sicológico. Que el preludio sea una escena tan simplona, con unos personajes que parecen incapaces de quitarse el corsé en toda la función, no ayuda al despegue. Porque Richard, el amigo editor del protagonista, encargado de buscarle una buena mansión y que encarna Carles Francino, queda disuelto en lo anodino. Casi en la misma línea se mueve Sally, la novia, a quien Lisi Linder interpreta con algo de superficialidad. Son, sin duda, papeles menores que están ahí para remarcar y contextualizar la actitud del «héroe»; no obstante, que deben ser solventes. Pablo Rivero, a quien ya vimos en el Fausto de Pandur, hace de Tony (el nombre le acompaña donde quiera que vaya) y hay que reconocer que ofrece generosamente la debilidad necesaria para caer en las garras de su mayordomo; aunque, en algunos instantes, se echa en falta algo de indolencia y de melancolía que pudieran justificar, de alguna manera, su talante vital. Puesto que es un tipo perteneciente a la aristocracia, que acaba de volver de África (estamos en los años cincuenta), que dice tener proyectos, como, por ejemplo, encontrar trabajo en la City; pero que resulta, más bien, que prefiere embarcarse en una rutina anodina, apenas salpimentada por ciertos placeres de sibarita, como quedarse en la cama o degustar unos platos excelentes. También el alcohol ayudará a sobrellevar la exigencia de encontrarse consigo mismo en una existencia sin rumbo; aunque, en absoluto, dolorosa. El tedium vitae ronda por la casa perfilando un secreto; quizás su homosexualidad (penada con cárcel por aquellos tiempos) latente sea un hilo del cual tirar. La llegada de Eusebio Poncela da paso a la verdadera trama, al combate que nos retrotrae a la dialéctica que estableció Hegel acerca del amo y el esclavo, en el que terminan invirtiéndose las fuerzas y los deseos de dominio y ser dominado. El actor imprime un estilo desasosegante que beneficia a la propuesta; pero también acentúa ciertos gestos de burla que logran una risa del público que, a la vez, desbarata el discurso torticero ineludible para dar credibilidad. Hay que aceptar que entre los dos protagonistas se establece en bastantes momentos un diálogo de sospecha, de perspicacia; pero que solo funciona cuando están ellos solos. Desgraciadamente, creo que a Sandra Escacena le queda todavía un poco grande el papel de Vera (que luego será, equívocamente, Mabel), la novia de Barret, el sirviente. Ella tendrá que venderse como si fuera una prostituta, establecer un flirteo sagaz para embaucar al señor. Ante esa tesitura, asistimos a varias escenas dramáticamente sonrojantes, como el ligoteo increíble y desmedido entre ella y Richard, y, sin mediar un mínimo sosiego, con Tony. Falta erotismo a raudales, las frases se entonan sin espontaneidad y cuando se «transforma» en Mabel nos quedamos en las mismas. Si mantenemos el interés es porque estamos asistiendo al sometimiento de un hombre poderoso por parte de un tipo que se maneja con una astucia y una energía medidas, que tiene verdaderas habilidades culinarias y que manifiesta gran profesionalidad (también genera animadversión en todas esas visitas que se deben tomar como «intrusos» insolentes para el proyecto). Pero la dirección de Mireia Gabilondo es inadecuada y poco exigente; y con una factura insatisfactoria para quien esté acostumbrado a un teatro más sofisticado. No están los silencios pertinentes, ni las sombras que se ciernen sobre esos individuos embargados en una relación tan particular y tan misteriosa. Además, la escenografía de Ikerne Giménez, que en otras ocasiones ha sobresalido, en esta ocasión es poco vistosa (cuando se retiran todas las sábanas nos encontramos un espacio desangelado) y algo confusa. Subir y bajar una lámpara, cambiar de posición no sé cuántas veces las piezas de un sillón circular que hace de cama ―con unos operarios entrando a realizar la tarea―; y sin conseguir que uno asuma claramente que están en una estancia o en otra; no parece justificable. El sirviente es una gran historia, posee un argumento repleto de implicaciones éticas, sociológicas y artísticas; aunque, en definitiva, lo que hallamos en las tablas del Teatro Español resulta falto de altura dramática.

El sirviente

Autor: Robin Maugham

Traducción: Álvaro Del Amo

Dirección: Mireia Gabilondo

Reparto: Sandra Escacena, Carles Francino, Lisi Linder, Eusebio Poncela y Pablo Rivero

Diseño escenografía y vestuario: Ikerne Giménez

Diseño de iluminación: Miguel Ángel Camacho

Composición musical: Fernando Velasco

Ayudante de dirección: Alexandru Stanciu

Ayudante de escenografía y vestuario: Lua Quiroga

Productor ejecutivo: Lope García

Directora de producción: Carmen Almirante

Jefe de producción: Hugo López

Una coproducción de SEDA, Tanttaka Teatroa y PONFAK films

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 13 de octubre de 2019

Calificación: ♦♦

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