Vida de Galileo

Versión de la obra brechtiana estilizada por un vestuario icónico diseñado por Felype de Lima

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

A pesar de que Galileo Galilei es uno de los personajes históricos más populares (1564-1642), se sigue manteniendo el bulo de que fue quemado en la hoguera por contradecir el modelo ptolemaico, como sí lo fue, por razones parecidas, Giordano Bruno. La obra que escribió Bertolt Brecht, quien reescribió en tres ocasiones el texto (aquí tenemos la última versión, de 1955), puede parecer a primera vista demasiado tendente a la fría biografía e, incluso, al documentalismo. Al fin y al cabo, hablamos de un anciano dedicado a sus pesquisas científicas día y noche. La versión y la dirección de Ernesto Caballero permiten dinamizar enormemente la función. Recurre desde el principio al truco metaliterario desde el cual todo se presenta como un ensayo en el que mágicamente el mismo Bertolt Brecht se pone en la piel de Ramon Fontserè para convertirse en Galileo. Así se logra, como bien afirman, que el propio protagonista no envejezca y tampoco el pequeño Andrea, el cual puede mantener siempre el mismo rostro incólume de Tamar Novas. Aunque, desde mi punto de vista, la mejor decisión que ha tomado el director del Centro Dramático Nacional ha sido elegir a Felype de Lima (aún se recuerda su labor en el Fausto de Pandur) como diseñador de vestuario. Es el generador de toda una estética en la que se conjuga la sencilla ropa que cualquier actor puede emplear en un ensayo, con los elementos de atrezo que van a definir su personaje. Combina prendas maltrechas, como las túnicas de fieltro roído que usa Galilei, con complejos cascos-máscara en los que se hibrida el pico del médico de la peste con la protección que cualquier soldado podría llevar en la cabeza durante la Segunda Guerra Mundial. Todo se impregna de negritud, esplendorosa en la vestimenta de las damas de la corte o en el contraste en blanco del Papa, y cómo se recrea en escena todo el proceso de su propio vestir. Encontramos gorgueras, estolas, levitas, pero también pantalones, cinturones, guantes de plástico en una mezcla atemporal y anacrónica que nos sumerge en un mundo oscurantista atenazado por la enfermedad y soportado por el carnaval. Sigue leyendo →

La estupidez

Una sátira caótica en un motel de Las Vegas que tiene como desencadenante a la avaricia

elenco-la_estupidez-feelgood_teatro-santados-color-altaDurante una de las escenas de La estupidez, un matemático discurre con otro matemático más joven acerca de las ecuaciones Lorenz y todo aquello que se refiere a la teoría del caos, que en nuestro conocimiento prosaico asimilamos con el efecto mariposa. También, se comenta el caso del mono que sentado frente a una máquina de escribir, tecleando al azar durante millones de años, llegaría a plasmar, en alguna secuencia, cualquier obra escrita hasta ahora y, lo que es «mejor», cualquiera que se vaya a escribir en el futuro. En fin, curiosidades de las matemáticas. Lo interesante es que la propia función se mueva en ese aparente caos y que este haya sido desencadenado por el aleteo de la avaricia y que, además, venga envuelto de un humor eminentemente judío, pueblo, no obstante, acusado de avaro y adorador del Dios Dinero, y que el texto haya sido escrito por Rafael Spregelburd, argentino de Buenos Aires, donde, por cierto, afirman que existe un psicoanalista por cada tres ciudadanos y donde, por cierto también, viven muchos judíos que seguramente compartan que los porteños son de por sí verborreicos y tendentes a la neurosis o quizás solo sea un tópico. En definitiva, una estructura superficial que posee un engranaje en su estructura profunda que igual que te ilumina sobre la naturaleza humana, te lleva a cuestionar su propia capacidad intelectiva. Sigue leyendo →

Cuento de invierno

Una propuesta apoteósica de Declan Donnellan sobre la obra de Shakespeare

Foto de Johan Persson
Foto de Johan Persson

Ya es toda una tradición recibir a Declan Donnellan en los teatros madrileños. Sin ir más lejos, la temporada anterior nos regaló Medida por medida que, si bien no fue tan espectacular como en otras ocasiones, mantenía con firmeza su propuesta. Ahora recala en el María Guerrero con uno de los textos shakesperianos pertenecientes a su periodo tardío (1607-1613). Cuento de invierno se compuso en la órbita de La tempestad, una de las obras más complejas y extraordinarias del bardo, y que de alguna manera tiene que ver argumental y alegóricamente con esta que ahora podemos ver. Basada en Pandosto, la novela que Robert Green, publicada en 1588, relata cómo el rey Leontes de Sicilia enloquece de celos debido a las sospechas que alberga sobre su mujer, Hermione (embarazada de Perdita), y la relación de esta con Polixenes, rey de Bohemia. El enredo que se forma a partir de las tentativas de asesinato de Leontes sobre su amigo, el intento de hacer desaparecer a su hija, los fallecimientos sorpresivos de la reina y su hijo Mamilio, las escapatorias, los ocultamientos, los nacimientos y demás cuestiones, parte de ellas un tanto inverosímiles, nos llevan a una segunda parte, muy distinta en tono (bucólico) y acción (jocosa). Han transcurrido dieciséis años, estamos en Bohemia, los futuros herederos se van a encontrar y, al igual que ocurre en las novelas griegas, vamos camino del desenredo: una anagnórisis que se extiende hasta lo fantasmagórico y alucinante. Sigue leyendo →

Verano en diciembre

El entrañable relato de una familia donde cinco mujeres intentan dar sentido a sus vidas

Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

La querencia de muchos autores a lo largo de la historia dentro la literatura hacia el costumbrismo es pertinaz; sin ir más lejos, la temporada anterior, en la misma sala en la que ahora se escenifica Verano en diciembre, contemplábamos la recuperación de La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo. La clara desventaja de relatar costumbres por todos reconocidas, es precisamente ese reconocimiento. Si en el pasado resultaba intrigante dar cuenta de cómo vivía el vecino de aquí o de allá; hoy, en la era donde la vida privada y la intimidad han sido regaladas por todos a la humanidad, puede provocar, en el mundo del espectáculo, un mareante girar sobre nosotros mismos destinado a aplacar nuestras angustias vitales: sí, los demás también sufren; sí, los demás también intentan sortear el sufrimiento. Se nos relatan costumbres en las series de televisión a todas horas, la mayoría de las novelas escritas en España durante los últimos treinta y cinco años describen los modos de vida de las gentes que nos rodean como si no tuviéramos ojos; los monólogos de humor blanco que se han apostado en las pantallas exageran levemente, una y otra vez, nuestros tics, nuestros prejuicios y, por encima de todo, nuestras costumbres. Carolina África ha escrito la historia de una familia donde cinco mujeres de generaciones distintas procuran engarzar sus vidas desde la confianza y, a la vez, desde la peculiaridad de cada una de ellas. No deja de ser un grupo de individuos reconocibles en sus modos, en su forma de hablar, en sus chistes, en sus hábitos y, también, en sus penurias. Tenemos a tres hermanas treintañeras: Paloma, interpretada con esa melancolía incrustada de aquellos que ni ven cumplidos sus sueños, ni apenas sueñan ya, aún permanece en casa con su madre y su abuela; allí acude con frecuencia Alicia, una pintora sin demasiado éxito y con problemas amorosos, a la que Carolina África infunde poderío y lucha, pero también ocultos temores; finalmente, está Carmen (en esta ocasión interpretada por Laura Cortón), uno de los personajes mejor construidos, con tantos matices sobre la falta de madurez de una madre egoísta que se resiste a abandonar los placeres de la juventud, se muestra graciosa, algo macarra e insultantemente embaucadora. Luego está la matriarca, esa típica señora de misa diaria de las que aún quedan, metomentodo, pero con una moral a prueba de bombas (su generosidad es extraordinaria) y que Pilar Manso luce dramáticamente con toda esa panoplia de gestos, maneras y dichos que producen tanto dinamismo. Por último, el fulcro sobre el que pretenden equilibrarse las demás, es la abuela Martina, que entre la frescura que le pone Lola Cordón y su comprensión de un tiempo y un espacio que se mezclan de forma incoherente en su cabeza, la obra se torna entrañable, vivaz y verdadera. Sigue leyendo →

De algún tiempo a esta parte

Se presenta por primera vez el inmenso monólogo de Max Aub sobre el dolor en las guerras

de_algun_tiempo_escena_09-okRecuperar esta obra para subirla a las tablas de esta manera en el Teatro Español es todo un acontecimiento que llega sin armar mucho revuelo. En la intimidad que procura la Sala Margarita Xirgu, la pequeña, una bomba ha hundido el techo de un piso. Debajo, entre escombros, una mujer se cuenta, se recuerda y se ausculta sometida por el dolor de las pérdidas. Estamos en Viena, en 1938. “Tengo las manos agarrotadas; las puedo mirar como si no fuesen mías, rojas, oscuras. Y yo estudié, mi título estaba en un marco de caoba… Era en la otra vida”, afirma, nada más empezar. Su marido ha sido asesinado durante el Anschluss (proceso de anexión de Austria a la Alemania nazi). A su hijo lo habían matado durante la guerra civil en España poco antes y ella no sabe aún ─y le reconcome la conciencia─ si pertenecía a un bando o a otro («Daría cualquier cosa por saber si Samuel llegó a ser de ellos o no»). Max Aub (1903-1972) es un novelista, dramaturgo y ensayista, que se puede considerar más español que de cualquier otro país en el que vivió sencillamente porque aquí hizo el bachillerato, escribió este monólogo en París en 1939. Tardó diez años en publicarse. En él refleja la vida de una anciana (aunque aquí Carmen Conesa no lo parezca) llamada Emma Blumenthal, que dialoga con las sombras, con el espíritu difuso de su marido, con las huellas de su hijo, con la vida feliz de los burgueses de antes de todo aquello. «Otras veces pienso que si nuestros padres no hubiesen cambiado de religión…». Se indigna ante la injusticia de que se llevaran a su esposo por cuestiones de política, de raza. Presenciamos un balanceo entre las vivencias que la sostienen cuerda, de un devenir apacible, y todas las sensaciones que se agolpan en el presente con la humedad, la decrepitud y la suciedad. Es un texto cargado de melancolía y de manifestaciones profundas sobre lo absurdo de las guerras. Sigue leyendo →

Ninette y un señor de Murcia

Vuelve la mejor obra de Miguel Mihura a las tablas del Teatro Fernán Gómez

Ninette FotoSe puede considerar Ninette y un señor de Murcia una de las obras mejor construidas por Miguel Mihura (a diferencia de otras como Maribel y la extraña familia), a la vez que original en su disposición (respecto a Carlota, por ejemplo). Cómo dentro de una comedia que se presenta sencilla y cercana para el público, en la que se despliegan todas las artimañas humorísticas del autor madrileño, se esconde toda una paradoja de tintes políticos y sociológicos. Que un provinciano de aquellos años sesenta, que se considera orgullosamente de derechas, procedente de Murcia, arribe a París con el ánimo de airearse y desfogarse durante quince días, termine felizmente «encerrado» en una casa de huéspedes. Toda una contradicción: venir de un país en plena dictadura a una ciudad caracterizada por la libertad de sus gentes y su moral abierta, y encontrarse en un bucle romántico con una muchacha tranquilona, hogareña, celosa, pero, a la vez, muy echada para adelante. Todo un personaje. O toda una colección de personajes. El primero, lógicamente, Jorge Basanta, Andrés, el señor de Murcia, quien nos anuncia al comienzo sus intenciones con cierta campechanía; se le ve cómodo en su papel de joven un tanto ingenuo y estupefacto ante lo que le ocurre. A su lado está su amigo, que Javier Mora lleva con exageración y con tono bronco que provocan un gran contraste en los diálogos. Julieta Serrano, como Madame Bernarda da rienda suelta a todos esos juegos lingüísticos entre el francés y el castellano. El toque político y reivindicativo lo pone Miguel Rellán, un obrero asturiano, muy particular y que el actor resuelve con medida energía. Finalmente, la Ninette que interpreta Natalia Sánchez posee el justo punto de picardía combinado con su porte de mandona, aderezado con un sensual acento francés. Es toda una virtud la de Mihura construyendo caracteres que permitan el diálogo fluido, pero también el choque constante. Sigue leyendo →

La respiración

A Sanzol se le ha ido la mano en esta función y se ha puesto cursi hasta la saciedad

Alfredo Sanzol es un dramaturgo perfectamente asentado y reconocido en la escena española. Tras un periodo en el que la estructura basada en sketchs de sus obras era la predominante (Sí, pero no lo soy o Delicadas o En la luna) ha pasado, desde Aventura! (2012), a historias que perviven en una única trama y en un solo argumento. Siempre se ha destacado el escritor navarro por su destreza a la hora de trazar diálogos ingeniosos, sorpresivos y repletos de un humor chocante y paradójico, muy basado en lo inverosímil, sin llegar al absurdo. Diríamos que La respiración y su anterior obra, La calma mágica, forman un díptico de la sanación. En aquella, Sanzol se curaba del fallecimiento de su padre y en esta que nos presenta en el Teatro de La Abadía, de su separación. Hablamos de dolor, angustia y parálisis frente a una vida que necesita recobrar el sentido. En ambas obras recurre al mismo proceso psicoterapéutico: la fantasía como forma de huida hacia lugares inexplorados para dejar que los recuerdos torturadores tomen un acomodo más llevadero. Sigue leyendo →

Cocina

Los avatares de una pareja de clase media volcada en su ascenso social mientras su intimidad fracasa

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Resulta patético asistir a una cena de esas en las que el nivel de esnobismo y estupidez asciende en la misma medida que se ingiere alcohol y varios de los contendientes ven peligrar su victoria dialéctica. Escuchar la conversación durante un prólogo extensísimo te lleva a imaginar gestos y miradas de envidia, a generar odios y prejuicios sobre unos directivos, que no vemos, compartiendo mesa con su «querido» jefe, dueño de una editorial de renombre. La experiencia a la que nos someten el director y la autora marca un punto de distorsión dramática y una leve ansiedad por conocer verdaderamente a los invitados que, salvo ciertos gestos premonitorios que únicamente se entienden más adelante, nada nos hace sospechar que algo inverosímil vaya a ocurrir. Pero después lo que tenemos es un thriller, una revisión del Hitchcock más maquiavélico, con esas influencias de las peleas burguesas que suele plantear Yasmina Reza (como en Un dios salvaje) o filmes, sobre todo franceses, como Arcadia, de Costa-Gravas. Y, evidentemente, en Cocina tenemos a una nueva Lady Macbeth sibilina, meticulosa y con una perspicacia estomagante. Sigue leyendo →

El grito en el cielo

La Zaranda regresa para representar la vejez en una obra entre alegórica y humorística

El grieto en el cielo - Foto«Tempus fugit». «Memento mori». Se recuerda en un momento de la función, mientras un grupo de ancianos aún ve opciones para revivir, después de haber ingresado en uno de esos geriátricos impelidos por la hiperactividad. La Zaranda envejece, pero se resiste a sucumbir. Su arte se sobrepone a las estupideces de la modernidad, a todas aquellas concepciones cínicas sobre la muerte y ese mal morir lleno de artificios horteras. La compañía ataca la cuestión desde la construcción simbólica de un mundo onírico y, a la vez, épico. Eusebio Calonge ha escrito un texto que se acoge a la leyenda de Tannhauser, entre otros motivos soterrados, para balancear a los personajes entre los placeres de Venus, de la furia natural junto al Fauno, y ese sentimiento de culpa que nos acompaña como católicos, incapaces de justificar los excesos hedonistas. Así son estos viejitos un tanto estresados por la sobre ejercitación, dirigidos por una enfermera que lanza polvos de talco antiséptico cual hisopo bendito, que como los peregrinos de Tannhauser van buscando la piedad en Roma antes de perecer. No tenemos más que escuchar el «Adore te devote», el himno de santo Tomás de Aquino que nos recuerda «Tibi se cor meum totum subiicit» («a ti se somete mi corazón por completo»). No deja de ser una alegoría cosmogónica la que sustenta el impulso de la obra. Sigue leyendo →