La pechuga de la sardina

Recuperan un texto coral de Lauro Olmo sobre las vivencias de unas mujeres en una casa de huéspedes

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Nos adentramos en una pensión regentada por la señora Juana, una de aquellas casas de huéspedes con paredes de papel y oídos atentos en aquellos años sesenta españoles. El autor, Lauro Olmo, se centra pertinazmente en recrear un espacio que él mismo define como «asfixiante»; de hecho, no permite la entrada de elementos disuasorios o esperanzadores que permitan vislumbrar otras perspectivas más optimistas de esa España.

La pechuga de la sardina ofrece todo un catálogo de personajes, la mayoría de ellos estereotipados y faltos de recorrido. Una obra de apenas hora y media con tal cantidad de vidas en juego, no da para más que presentarlos; y estamos hablando del acontecer de las experiencias lentas de unas mujeres en un país retrasado. No se puede afirmar que haya una protagonista única, Juana, podría ser como aquella doña Rosa de La colmena, alguien que reparte juego y que regenta su pensión como una buena madre. María Garralón destaca en su interpretación, tan natural, tan vivaz y, a la sazón, tan profundamente sentida imponiendo un tono y un ritmo que no es continuado por el resto. Junto a ella, su sirvienta, la Cándida, que también coge el paso de María Garralón y que se expresa con el gracejo pertinente demostrando que es una actriz con arrestos. Su compañero de flirteo es un pillo vendedor de periódicos con el que Víctor Elías se luce. El resto del reparto se mantiene deslavazado y esquivo. Natalia Sánchez hace de Concha, una joven preñada de un novio huido y que razonablemente hubiera sido la protagonista, pero su papel se queda sin sustancia. En su misma habitación duerme la opositora, que Cristina Palomo interpreta con ternura en las pocas frases que posee. Doña Elena es una vieja resentida, una inquisidora extrema, que respira a través de las inmoralidades que detecta en los pasillos y en la calle con sus binoculares, y que Amparo Pamplona encarna con rabia. Otra de las breves historias que debería ofrecer más aristas es la de Soledad, una solterona que Alejandra Torray vive con cierta bipolaridad y que tiene la desgracia de encontrarse con el chulo del barrio, un fanfarrón que Jesús Cisneros lleva a escena con cierta exageración en los modos. Pero los personajes no terminan ahí; aparecen prostitutas, beatas incansables y un borracho que Juan Carlos Talavera borda, mientras todos los actores se desplazan en ese micromundo como si fuera un comecocos gigante en el que se debe huir de la desilusión.

El gran acierto de Manuel Canseco al recuperar una obra muy mal acogida en su momento (1963) es mejorarla a través de la escenografía de Paloma Canseco: habitaciones con todo detalle, una cocina completa y, sobre todo, alrededor la calle y alrededor de esta el público. Esto permite una movilidad a los actores que favorece el dinamismo y muestra simultáneamente este cuadro de costumbres. Aunque esa movilidad incluya un bailecito de bienvenida a un drama y, lo que es peor, un bailecito de despedida como si el final fuera feliz y la revista hubiera terminado. Verdaderamente, uno no sabe cómo encajar esa muestra de alegría después de lo visto.

Seguramente, las generaciones que han vivido aquella época vean más allá de lo que se muestra en escena. Está claro que si no se ha sufrido en las carnes esas vivencias u otras parecidas, conociendo verdaderamente las complejidades de la moral nacionalcatólica y las opresiones políticas, puede parecer un texto un tanto maniqueo. Afortunadamente el montaje posee una calidad incuestionable y la labor de los actores, muchos de ellos altamente experimentados, corrige las faltas de unidad de un texto al que le falta desarrollo narrativo.

La pechuga de la sardina

Autor: Lauro Olmo

Versión escénica y dirección: Manuel Canseco

Reparto: Manuel Brun, Marta Calvó, Jesús Cisneros, Víctor Elías, María Garralón, Nuria Herrero, Marisol Membrillo, Cristina Palomo, Amparo Pamplona, Natalia Sánchez, Juan Carlos Talavera y Alejandra Torray

Voces en off: Maite Jiménez, Cristina Juan y David Sánchez

Escenografía: Paloma Canseco

Vestuario: José Miguel Ligero

Iluminación: Pedro Yagüe

Espacio Sonoro: Javier Almela, Roberto Cerdá

Coreografía: Eduardo Ruiz

Música original: Antonio Moreno, Marisol Membrillo

Teatro Valle-Inclán – Sala Francisco Nieva (Madrid)

Hasta el 29 de marzo

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso el 15 de marzo de 2015.

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