Orlando

Marta Pazos entrega un espectáculo repleto de fantasía y esteticismo en el Teatro María Guerrero sobre la novela de Virginia Woolf


Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Desde luego, la conceptualización que encierra el Orlando de Virginia Woolf ha servido para que muchos, muchas y, sobre todo, muches hayan encontrado la novela promisoria de la pretendida queerización de nuestra esquizofrenia actual. Afortunadamente debemos juzgar y complacernos con lo que ocurre sobre las tablas. Vaya por delante que pienso que Marta Pazos ha ofrecido su mejor montaje.

El Orlando se ha convertido en una obsesión para muchos directores. Así, lo hemos recibido de manos de Guy Cassiers para derrumbarnos con la imperante crónica. Mientras que Katie Mitchell se acomodó al fascinante proyecto del cine performativo. No he tenido ocasión de ver la propuesta de Teatro Defondo, que tanta polémica causó en algún ayuntamiento. Partamos de que esta obra fue calificada por la propia autora como una «broma», «una aventura al margen de sus libros de experimentación poética seria», una carta de amor, una biografía fantaseada sobre su amiga y amante Vita Sackville-West. Novela que remite irónicamente a toda la tradición, un bildungsroman modernista que tiene como gran referente aquellas historias de finales del XVIII y principio del XIX inglesas ─que recogían, aunque les irrite, la influencia española: Cervantes─ que observamos, ante todo, en el Tristam Shandy, de Sterne. Y creo que lo justo es observar el artefacto literario como eso, como una ficción, como un juego. El resto es someternos al efecto halo que conlleva aproximarse a Virginia Woolf, que pasa por adalid del feminismo ─muy burgués, habrá que aclarar─, en cierta medida, por la sobredimensión interpretativa de Una habitación propia.

Quizás la mayor rémora del espectáculo sea la narración, que corre a cargo de Abril Zamora, ataviada con un vestido compuesto de grandes pliegos de «papel» escritos, un tanto carnavalesco, que compacta con ese mundo de Alicia en el País de las Maravillas que se contempla cuando gran parte del grupo se disfraza con piezas de ajedrez para elaborar un baile cortesano. Todo el vestuario es de Agustín Petronio: tan pertinente y variado, tan imaginativo. De hecho, si uno se fija en alguno de los diseños de Viktor and Rolf en la exposición que ahora se puede disfrutar en el CaixaForum sobre la novela de Lewis Carrol, veremos concomitancias en ese trabajo con los plisados. Insisto, demasiada narración, por lo tanto, y, además, sobre una forma de escritura trufada de adjetivos, de descripciones y sensaciones. Por eso no queda más remedio que olvidarse del argumento y acogerse a la trama; pues en lo que se acierta con la dramaturgia (en colaboración con Gabriel Calderón) es en convertir su performance en una concatenación de sinestesias. Que la propia Zamora entregue luego su desnudez «transformada» (como sabíamos) supone un puente parateatral que aumenta las dimensiones del dispositivo.

Laia Manzanares encarna al gran protagonista. Va de menos a más. Pues, inicialmente, permanece informe y silencioso ante tanta profusión de perfilaciones sobre su persona. El recorrido superará los trescientos años y el viaje alcanzará diferentes países. Poeta interesado en la admiración de la naturaleza, medio adecuado donde un ser etéreo como él, una posible ninfa bajo los efluvios de otras figuras mitológicas de tantas tradiciones como Hermafrodito, Tiresias o Barbelo. También carga con la pesadumbre de esa aparente inmortalidad como artificio que es.

Primero identificaremos a la reina Isabel I untada de blanco para tapar los estragos de la viruela. Una Reina de Corazones que Alberto Velasco desplaza con soberbia, acompañada por sus beagles, que acogen dancísticamente Anna Climent y Mabel Olea. Ambas actrices responden excelentemente como enlaces dinámicos entre los cuadros. Cadencias que transcurren con cierta calmosidad. No podemos negar que cada escena funciona como un cajón estanco, que posee su propia originalidad, pero que está enhebrada con gran fluidez. Cada episodio viene determinado por la presencia de algún varón, una vez se ha dado la transformación fulgurante de sexo, durante su estancia en Constantinopla durante el siglo XVII. Allí nos toparemos con el Khan que interpreta Juan José Rodríguez como si nos destinara a alguno de los relatos de Las mil y una noches. Oportunidad, además, para que la escenografía de Blanca Añón aumente las capas de ese «recortable» que va configurando planos que suben y bajan en aquel salón de potente verde que la iluminación de Nuno Meira refuerza. Los recovecos, las puertas por doquier y la sensación de profundidad están a favor de un movimiento generoso y trepidante. Como lo serán las coreografías, principalmente, aquella en la que el elenco, casi en su conjunto, se muestra en pelotas afanándose con una gestualidad llena de fulgor. La propio Mabel Olea ha ideado movimientos que propician la organicidad. En este sentido, la música compuesta por Hugo Torres tiene una gran importancia, pues no solo combina la electrónica con compases clásicos, sino que enmarca el espacio en la insistencia de la agilidad con un ritmo insistente.

Por otro lado, Jorge Kent se encarnará en Nicholas Green, el escritor que desarrolla una alocución vehemente para criticar la poesía de su anfitrión. Mientras que Paco Ochoa le podrá gracejo al gitano que nuestra heroína encuentra por los caminos. Muy distinto será el rol de Nao Albet, Shermeldine, el marinero, que también se transformó en su momento, de quien Orlando se enamora al final y con quien se casará. Un pájaro azul, símbolo de la alegría, predispuesto a partir en cualquier instante a surcar los mares.

Sería esta obra la que mejor encaja en la concepción estética de Marta Pazos, mucho más que en Safo, Othelo, Comedia sin título o en su penúltima incursión con Juana de Arco. No podemos nada más que dejarnos subyugar por esta ensoñación tan fantasiosa.

Orlando

Texto: Virginia Woolf

Adaptación y dramaturgia: Gabriel Calderón y Marta Pazos

Dirección: Marta Pazos

Reparto y colaboración en la creación: Nao Albet, Anna Climent, Alessandra García, Jorge Kent, Paula Losada, Laia Manzanares, Paco Ochoa, Mabel Olea, José Juan Rodríguez, Alberto Velasco y Abril Zamora

Escenografía: Blanca Añón

Iluminación: Nuno Meira

Vestuario: Agustín Petronio

Composición musical y espacio sonoro: Hugo Torres

Coreografía: Mabel Olea

Caracterización: Johny Dean

Ayudante de dirección: Laura Ortega

Ayudante de escenografía: Isi Ponce

Ayudante de iluminación: Paloma Cavilla

Ayudantes de vestuario: Belén Bértola y Ximena Martínez

Ayudante de sonido: Enrique Mingo Rubio

Meritorio de dirección: Analía Irigoyen

Estudiantes en prácticas: Rodrigo Zarricueta (Chile Crea. Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio), Adrián Cumbres (Universidad Antonio de Lebrija) y Maribel Durán (Máster en Teatro y Artes Escénicas UCM)

Realización de escenografía: SCNIK

Modelista: Elizabeth Martínez

Realización de vestuario: Sally Chen, Florencia Gómez y Ricardo Rosas

Ayudantes de realización de vestuario: Bruno Amorín, Belén Bértola, Lucas Bornes, Florencia Clérico, Mateo Cousillas, María Belen Díaz, Camila Ferreira, Melanie Torres e Ines Villarmarzo

Diseño de estampado: Nicolle Saad

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 8 de junio de 2025

Calificación: ♦♦♦♦

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