Mrs. Dalloway

Una versión que moderniza la novela de Virginia Woolf dejándola vacía de atribuciones contextuales y trascendentes

Foto de Sergio Parra

Ante todo, si la novela de Virginia Woolf —la primera en la que verdaderamente desarrolló sus dotes literarias—, ha trascendido es porque los procedimientos que empleó en su escritura —altamente influida por Joyce y Eliot—, sirvieron para engrandecer el modernismo inglés. Puesto que realmente el argumento es poca cosa. Otro asunto es la interpretación que se realice del vaivén de la señora Dalloway durante esas veinticuatro horas de un día. Sigue leyendo

Orlando

Guy Cassiers y Katelijne Damen presentan una narración esteticista sobre la novela de Virginia Woolf

Foto de Frieke Janssens
Foto de Frieke Janssens

Resulta ineludible tener en cuenta la versión cinematográfica de Orlando, la obra de Virginia Woolf que pretendía superar ese imponderable literario del tiempo. Sally Potter se atrevió con la adaptación fílmica y no salió mal parada, sobre todo porque contó con la actriz idónea, Tilda Swinton, caracterizada por sus juegos estéticos de androginia. Uno solo puede sentirse intrigado por la forma en la que procederá un dramaturgo a la hora de llevar un texto complejo en el que se emplean varias de las técnicas que popularizaron la novela modernista inglesa. Creo que no hay forma peor de llevar una novela a las tablas que renunciando al lenguaje propio del arte dramático, en este caso a través de la narración. Guy Cassiers como director y Katelijne Damen como adaptadora e intérprete, no solo reducen cuantitativamente la novela de Virginia Woolf, sino que también reducen la expresión al puro cuentacuentos. ¿Qué ganamos los espectadores escuchando a una actriz contándonos una historia que ya existe con todo su aparataje literario? Sigue leyendo

Una habitación propia

Clara Sanchis se transforma en Virginia Woolf para recrear el famoso y trasnochado ensayo

Foto de Diego Ruiz
Foto de Diego Ruiz

Llegados a este punto de complejidad (y trinchera) en la cuestión no solo de la mujer, sino del feminismo, cabría preguntarse si el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia, posee alguna enseñanza válida en nuestros días (quizás, también, si, en puridad, la debió tener en algún momento). No es este el lugar para dilucidarlo, pero es increíble que un texto con un argumentario tan endeble haya generado tantas interpretaciones. Me inclino a pensar que el efecto halo ha propiciado que se lea con los ojos de aquellos que reconocen el soberano valor literario de sus novelas. Su libro casi se reduce a un eslogan: «Una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura». Sobre la pasta, concreta que deben ser 500 libras, y si alguien espera una respuesta de cómo conseguirlas, la señorita Woolf afirma que heredando una renta vitalicia proveniente de una tía rica recientemente fallecida en India. Sobre el cuarto, más allá de la literalidad de la expresión, se ha especulado sobre el espacio interior, sobre la parcela que todo ser humano debe poseer, la voz propia de la conciencia; pero esto son hipótesis. Sigue leyendo