Una habitación propia

Clara Sanchis se transforma en Virginia Woolf para recrear el famoso y trasnochado ensayo

Foto de Diego Ruiz
Foto de Diego Ruiz

Llegados a este punto de complejidad (y trinchera) en la cuestión no solo de la mujer, sino del feminismo, cabría preguntarse si el ensayo de Virginia Woolf, Un habitación propia, posee alguna enseñanza válida en nuestros días (quizás, también, si, en puridad, la debió tener en algún momento). No es este el lugar para dilucidarlo, pero es increíble que un texto con un argumentario tan endeble haya generado tantas interpretaciones. Me inclino a pensar que el efecto halo ha propiciado que se lea con los ojos de aquellos que reconocen el soberano valor literario de sus novelas. Su libro casi se reduce a un eslogan: «Una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura». Sobre la pasta, concreta que deben ser 500 libras, y si alguien espera una respuesta de cómo conseguirlas, la señorita Woolf afirma que heredando una renta vitalicia proveniente de una tía rica recientemente fallecida en India. Sobre el cuarto, más allá de la literalidad de la expresión, se ha especulado sobre el espacio interior, sobre la parcela que todo ser humano debe poseer, la voz propia de la conciencia; pero esto son hipótesis. Ofrecido como una extensa conferencia de encargo para jóvenes universitarias en 1928, se acoge a las técnicas de la no-ficción para inventarse un alter ego y unos lugares imaginarios, pero perfectamente identificables; es el caso de Oxbridge (Oxford más Cambridge). El irreprimible gusto de la escritora por el impresionismo nos lleva a consumir la mitad del espectáculo en ironizar sobre los privilegios culinarios y de otro cariz de los catedráticos, respecto a los comedores femeninos de las dos únicas universidades para mujeres de Inglaterra. Seguramente lo que más interesa desde el punto de vista intelectual es su visión ─para eso pone el ejemplo de Shakespeare─, sobre escritores poseedores tanto de la visión masculina como femenina, una especie de cerebro andrógino, una especie de ying yang («Y procedí a esbozar, sin ningún rigor, un plano del alma, según el cual cada uno de nosotros está gobernado por dos fuerzas, una masculina y otra femenina; y en el cerebro masculino predomina el hombre sobre la mujer, mientras que en el femenino predomina la mujer sobre el hombre. El estado normal y agradable se produce cuando ambas fuerzas conviven en armonía y cooperan espiritualmente»). Lo que a estas alturas no puede escucharse más que como un interpelación demagógica, es escuchar la invención de una supuesta hermana de Shakespeare, llamada Judith, que, teniendo el mismo talento que su hermano (como si supiéramos mucho del bardo), no hubiera tenido la más mínima oportunidad de demostrar su genio («Tenía el mismo espíritu de aventura, la misma imaginación, la misma ansia de ver el mundo que él. Pero no la mandaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender la gramática ni la lógica, ya no digamos de leer a Horacio ni a Virgilio…»). Casi nada. Y lo que es peor es el remate de la Woolf, digno de la niña de Rajoy, cuando concluye: «Murió joven… y, ay, jamás escribió una palabra. Se halla enterrada en un lugar donde ahora paran los autobuses […]. Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama». Ustedes dirán.

De lo que no debe quedar duda es sobre la entrega de Clara Sanchis; su dominio de los tiempos es espléndido y el tono de ironía que arrastra de principio a fin es cautivador. Maneja varios tonos de sarcasmo y su inteligencia brota por doquier. Otro asunto es la versión de María Ruiz. En conjunto, está bien cohesionada; pasamos de un tema a otro con diferentes procedimientos escenográficos que permiten a la protagonista, por ejemplo, recurrir a un teclado en el que Bach se hace presente; pero pierde coherencia cuando elude nombrar a las escritoras que sí aparecen en el texto original de la novelista. Que una conferencia de mujeres y literatura (inglesa, se debería aclarar), no tenga en cuenta a sus admiradas Brontë o a Jane Austen o a Mary Ann Evans (escondida detrás de George Eliot) no parece muy serio.

Hoy es necesario hilar más fino y, aun así, me quedaría con el arrojo de otras vindicadoras más potentes en su discurso como Emma Goldman. Por lo tanto, no encuentro qué podemos sacar en claro de esta función, de por qué se debe versionar un ensayo que, desde mi punto de vista, suena trasnochado y poco profundo. Ahora que si alguna se confía a lo propuesto, ya sabe, que procure embolsarse unos veinticinco mil euros al año y una buhardillita en Lavapiés; y hala, a escribir.

Una habitación propia

Autora: Virginia Woolf

Versión para la escena y dirección: María Ruiz

Intérprete: Clara Sanchis

Vestuario: Helena Sanchis

Diseño gráfico y fotografías: Diego Ruiz e Isabel de O’Campo

Música: Clara Sanchis a partir de J. S. Bach

Estudiante en prácticas: Javier Pellicer

Una producción de: Los Pájaros con la colaboración de Nuevo Teatro Fronterizo

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 26 de diciembre de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s