Fuenteovejuna. Historia del maltrato

Marianella Morena firma un montaje repleto de ironía desencantada para cuestionar nuestra sociedad de consumo

Fuenteovejuna. Historia del maltrato - FotoTampoco nos dejemos engañar otra vez más por el atractivo de los clásicos, no vaya a ser que esta obra de corte anticapitalista no sea capaz de desembarazarse de los clickbaits que tanto abundan en la prensa más putrefacta. La obra de Marianella Morena, quien dirigió Andrea pixelada hará un par de años, podría llamarse Historia del maltrato o algo de Fuenteovejuna (me inspiro en su compatriota Gabriel Calderón); o como quiera, por supuesto; pero llamarla Fuenteovejuna es retorcer al máximo el concepto de adaptación o, incluso, de inspiración. La cuestión es que, como viene ocurriendo con muchas otras obras de carácter posmoderno, solamente el lenguaje encuentra anclaje en la ironía, una ironía triste y desencantada, que se ríe de la maravilla en la que está encerrada. No hay escapatoria. Todo, absolutamente todo, lo engulle el mercado. Y esta obra es un producto más, lo único que más paradójico, puesto que transcurre en un súper (mercado). ¿O de verdad hay que tomarse en serio todas las arengas que desde el inicio cada uno de los personajes nos esputan? Definitivamente, no. En cada uno de ellos; aunque en diferente grado, se da la ironía. La del anticapitalismo capitalista que sigue consumiendo, la del cinismo regocijante, la de los discursos de la identidad (del yo) para quejarse de los otros yoes sin pensar en el nosotros (el nosotros nos lo han desaparecido por ambos lados). A saber, unos enormes estantes con distintos bienes dan cobijo a tres dependientas y a un encargado. Mira tú por donde, Mané Pérez se llama Laurencia, así que no puede resistirse a verse impulsada por el personaje lopesco, y con ese peso vive en constante vigor rebelde, toda una feminista que debe luchar contra el heteropatriarcado, la cultura de la violación y declarar que «No es no», que es la tautología de la impotencia. La actriz mantiene el fulgor en toda la función, a veces ese tono tan bronco resulta cansino; pero hay que reconocer que se entrega con pasión. Su compañera, Frondosa / Frondoso / Frondose cumple con la cuota queer, sin evitar la parodia; pues su postura generista parece un capricho, según desfile por el pasillo de los congelados o por el de los lácteos los estados de conciencia variarán. Ninguna marca externa trasluce su autodeterminación, con lo que su sola alocución performativa nos debe servir. Cris Iglesias, a la que ya hemos podido disfrutar en Eroski Paraíso y en Fariña, vuelve a demostrar que es una intérprete de una entrega inigualable, que exprime sus papeles hasta el mínimo detalle y que expele seguridad escénica. Ella está ahí para apoyar a su chica, para envestirse (desvestirse) como una Femen con proclamas inequívocas sobre los pechos y, para después, flirtear orgiásticamente con su enmascaramiento sexual ad hoc. Por su parte, Carmen Baquero se queda con Pascuala, para aumentar el calibre de los acontecimientos a través de la expresión permanente de arrastre. Más arrastrado, por supuesto, es José Luis Torrijo con Esteban, el padre. Un pusilánime enfrascado en las distintas ediciones de Fuenteovejuna, que es su forma de mirar para otro lado; porque es un cobarde y sabe que con el jefe no hay nada que hacer. Sostiene con perfilado patetismo su rol. Luego, José Carlos Cuevas, es Fuente, el dueño del súper, el déspota que se tiene que pasar por la piedra a sus empleadas, porque piensa que nadie se puede resistir a tal atractivo. Un abusador, un violador; sin duda, de mujeres atrapadas por la precariedad laboral y de la falta de otras oportunidades más empoderantes. Cuevas actúa como un showman, un maestro de ceremonias, un coaching embaucador, empotrador de Pornhub. A través de él, la dramaturga nos sirve uno de las peroratas más cínicas que se han escuchado en los últimos tiempos de pandemia. Los supermercados, lógicamente, convertidos en indispensables; y sus cajeras, convertidas en heroínas; también convertidas en trabajadoras indispensables, en ese trastoque metonímico, donde al trabajador no cualificado se le motiva con una paguita y con la consideración social de su imprescindibilidad, a la par que el personal sanitario. Por eso, insisto, en que esta obra vale bastante como crítica impotente desde la ironía a la sociedad de consumo, a la sociedad del rendimiento, de la psicología positiva y de la estetización edulcorada del horror. Terrible también es que —supongo que le pasará a más espectadores— que no sea capaz de observar el mundo laboral más físico y esforzado sin tener en la cabeza el programa de televisión más cumbre de la hipocresía mundial, que es El jefe infiltrado (por La Sexta, amigos, la cadena «social» y «lista»). Además, para elevar el vapuleo al personal, y que se sientan autorrealizados (autosometidos), se abre el micrófono para que puedan hacer el «teatrillo» recitando los parlamentos que nos legó Lope. Finalmente, no haría falta matar al «comendador»; porque su «muerte» es imposible en cuanto que será sustituido y no aparecerán (ya que aquí no aparecen) unos Reyes Católicos a impartir justicia (no hubiera estado mal que bajara de los cielos una Ministra de Igualdad, henchida de perspectiva de género, a indultar a las asesinas; hubiera sido lo más coherente con lo que ocurrió en el clásico. O acaso, con nuestra mirada revisionista, no podríamos considerar la actitud de su alteza Isabel de Castilla como protoperspectivista de género). Por otra parte, no debemos desdeñar la atmósfera de musical que envuelve el montaje. Las canciones redundan en la susodicha ironía, como ocurre con la versión «Santo Padre», de Violeta Parra, reconvertida con mucho ingenio en «Mercadería». Todos los temas poseen enjundia y demuestran la perspicacia y la rabia de la autora. Ciertamente, el caos se apodera de este breve espectáculo de poco más de una hora; pero tiene todo el sentido. Quizás Marianella Morena tuviera otros objetivos con su propuesta; y no concibiera que, si tu planteamiento se escora hacia la farsa, el respetable lo tomará por el lado cómico, una vez está asentado en nuestro espíritu el sabor del fracaso en la rozagante sociedad del entretenimiento.

 

Fuenteovejuna. Historia del maltrato

Texto: Marianella Morena, en diálogo abierto con Lope de Vega

Dirección: Marianella Morena

Reparto: Mané Pérez, José Luis Torrijo, Cris Iglesias, José Carlos Cuevas y Carmen Baquero

Ayudante de dirección: Pedro Hofhuis

Diseño de vestuario: Dita Segura y Carolina Torralba

Construcción de escenografía: Dita Segura y Carolina Torralba

Iluminación: Pedro Hofhuis

Asistente de texto: Elaine Lacey

Letra de las canciones: Marianella Morena. La canción «Mercadería» incluye una versión del «Santo Padre», de Violeta Parra

Producción ejecutiva: Lucía Etcheverry, José Carlos Cuevas y Pablo Lomba

Diseño de producción y coordinación internacional: Lorenzo Pappagallo

Distribución: Jorge Tejedor – Xper Teatro

Una producción de las compañías: Jóvenes Clásicos (Málaga) y La Morena (Uruguay)

Coproducida por Iberescena, FIT de Cádiz, el Teatro de La Abadía, el Teatro Calderón de Valladolid, el Teatro Cervantes de Málaga y el Centro Dramático Gallego

Con el apoyo de la Junta de Andalucía, Comunidad de Madrid e INAEM

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 7 de noviembre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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2 comentarios en “Fuenteovejuna. Historia del maltrato

  1. Un artículo muy interesante pero me ha costado trabajo leerlo. Si me permiten un consejo, deberían separar el texto en varios párrafos y no dejar uno tan grande, puesto que hace pesada la lectura. Tienen muy buen contenido en su web, pero nunca está de más atender estos pequeños detalles. De todos modos gracias por compartir, saludos.

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