N.E.V.E.R.M.O.R.E.

Propuesta de teatro-documento a cargo de la compañía gallega Chévere para recordar la catástrofe del Prestige

NEVERMORE - Luz Soria
Foto de Luz Soria

Los Chévere nunca han escondido sus filias políticas, es más, en algunos espectáculos como aquel Euzone, se les fue la mano. Pero desde aquellas, han logrado afinar inteligentemente sus sesgos hasta situarse en un punto de gran respeto hacia el espectador, sin obviar su pensamiento sobre diversas cuestiones. Así consiguen sortear el panfleto y el populismo tan acendrado en otros creadores. Esta «represión» en pos del arte y de la aceptación de distintas perspectivas sobre la realidad, los llevó a su máxima excelencia con Curva España. Quizás porque les toca muy de cerca la catástrofe del Prestige —diríamos que estaban obligados moralmente a ocuparse de esa cuestión y proyectarla sobre el resto de España, pues para eso son la compañía gallega más relevante—, encuentro en este montaje algunas proclamas poco argumentadas y carentes de solidez epistemológica. Me refiero concretamente al prólogo y al epílogo. Esos dos momentos son las licencias de la compañía a sus ínfulas. Desde mi punto vista, no desvirtúan el montaje; pero intentan imprimir una atmósfera ideológica que es la sombra subterránea que quiere dejar una huella indeleble. Porque, evidentemente, «Nevermore» nos recuerda enseguida al poema de Poe, y el símbolo del cuervo aquí está muy bien traído; puesto que reverbera en múltiples direcciones. De todas formas, la obra, en realidad, se titula N.E.V.E.R.M.O.R.E., que es una manera peculiar (así se descubre al final) de homenajear al movimiento Nunca Mais. Que no se incida mucho más en lo que supuso esta unión social, es loable; porque en caso contrario se hubieran descubierto de manera muy evidente unas simpatías respetables; pero enrarecidas por aspectos partidistas que no beneficiarían a la cuestión esencial. Otro asunto es el preámbulo de la obra. Además de excesivamente lento —se nos quiere acostumbrar al silencio del que luego hablaré—, viene con unas sentencias de corte anticapitalista —aunque a mí nunca me acaba de quedar claro qué significa esto—, y de esencia ecologista que carece de argumentario en toda la obra. De qué nos valen teatralmente a los espectadores esas quejas tan ingenuas sobre algo tan complejo como el sistema capitalista. ¿Es un discurso antiprogresista, antitecnológico, antipetróleo, antiempresarial? ¿O es un discurso primitivista, anarquista, hippie o, sencillamente, woke? Es decir, ¿si no hubiera capitalismo, no habría petroleros surcando los océanos? Una de las manifestaciones más multitudinarias que se han dado en Santiago de Compostela ocurrió el 2 de diciembre de 2002, como bien señaló Manuel Rivas: «Se lo vamos a decir en el código del mar: ‘Delta’, ‘India’, ‘Mike’, ‘India’, ‘Óscar’, ‘November’… ¡D-i-m-i-s-i-ó-n!». Se lo estaban diciendo los de N.E.V.E.R.M.O.R.E. Sobre la escena, decenas de paraguas negros como los que ocuparon la plaza del Obradoiro. La negrura será persiste en la función, como la caja negra que es en sí un teatro, como la caja negra de los aviones y de los barcos (aunque sea naranja), que es la gran metáfora de la memoria. El trabajo simbólico se macera a fuego lento y se aposenta en las butacas. El montaje requiere atención y paciencia, y los de Chévere no dan muchas concesiones en su ritmo pausado. Esencialmente, el espectáculo contiene dos grandes escenas que son las que auténticamente sustentan el engranaje. El trabajo se materializa más en el eco de lo que fue, en la recuperación de las voces y de los sonidos, que en una recreación al uso con personajes consistentes. Por eso, los intérpretes toman el espíritu de gentes que sufrieron muy directamente la llegada del chapapote o que participaron en la limpieza. La multitud de expresiones, de opiniones y de recuerdos deja un panorama que se asienta en el desconcierto y en la rabia, en la impotencia y en la pena que, después se objetivó en una gestión desastrosa por parte de un PP que, inicialmente gestionó mal el accidente. Era como si nunca hubiera ocurrido o como si de verdad no hubiera nadie que supiera lo que hacer. Un punto importante es detectar en esta primera gran escena cómo los actores no se dejan atrapar totalmente por esas voces que imitan y por esos vecinos tan ejemplares y paradigmáticos; sino que se mantienen como ellos mismos en un juego de leve autoficción, pues esos acentos que traen al presente, también podrían ser los de ellos. Cómo no observar a Miguel de Lira, más allá de ese marinero socarrón y sincero que encarna con su sencillez habitual, como a alguien que sufrió el embate del petróleo. Y así con el resto, ya sean un profesor que organizó una cadena kilométrica con adolescentes, y que Borja Fernández interpreta con pericia para transmitirnos ese supuesto carácter taciturno. O el alemán que se quedó para echar una mano y que Patricia de Lorenzo vivencia en otra actuación más de meticulosidad genuina y, a la vez, matizada por lo cómico. No se quedan atrás Manuel Cortés, ni Mónica García ni Arantza Vila, en esa muestra de individuos de diferente perspectiva, pero tocados por el acontecimiento. La escena en sí misma funciona; aunque algunas explicaciones y descripciones cargan la acción y la adensan. Que parece necesario enlazar esta parte con el otro gran acto, parece lógico; no obstante, se ha optado por una especie de entremés, más explicativo todavía, y algo confuso y de no demasiada gracia. Creo que es un pegote, una intromisión rara que no termina de aclararnos la situación a la que vamos destinados. La conexión con la pandemia, con la autoprotección, con la solidaridad parece sensata; pero es abarrotar una función que ya posee demasiados elementos. Es decir, la gran escena final, que es la que mejor está trazada dramatúrgicamente; ya corre por su cuenta de manera autónoma. Nos situamos en una radio amateur. Así que, con todos los fragmentos reales, se procede al teatro documento, fascinante como la narración más emocionante de un partido de fútbol. El elenco trabaja al unísono y demuestra que ahí se concita el meollo de todo el asunto. Ya que, otro de los puntos mejor elaborados es la recreación de los sonidos, de la forma en la que normalmente —antes de las digitalizaciones varias— se producen en las postproducciones del cine. Pura artesanía, puro gesto casero y artificioso con multitud de cachivaches. ¿Está justificado? Desde luego, porque aquí, primeramente, se quiere recalcar el silencio y, sobre él, la nueva sonoridad que implicaba un océano pesado y denso, con el chapapote negando las olas. Por otra parte, se anhela hacer un juego de memoria sonora que sirve para revivir las diferentes inutilidades que tanto soliviantaron al personal; además de la desidia que mostraron los dirigentes políticos con su táctica del avestruz. Así que debemos entender el mérito de Xacobe Martínez Antelo. N.E.V.E.R.M.O.R.E. es una propuesta mucho más compleja de lo que aparenta, esconde claves de carácter social y cultural que nos implican como sociedad. Posee distintas distorsiones estructurales que evitan una cohesión y un sentido más definido de los objetivos concretos. No obstante, sigo considerando que ahora mismo los Chévere son una de las grandes compañías españolas con carga ideológica manifiesta, que tienen la enorme capacidad y madurez para respetar al público, y no apanfletarlo como hacen otros; y eso implica un esfuerzo de depuración enorme.

N.E.V.E.R.M.O.R.E.

Idea y creación: Chévere

Dramaturgia y dirección: Xron

Reparto: Manuel Cortés, Borja Fernández, Mónica García, Miguel de Lira, Patricia de Lorenzo y Arantza Vila

Escenografía: Carlos Alonso

Iluminación: Fidel Vázquez

Vestuario: Uxía P. Vaello

Espacio sonoro: Xacobe Martínez Antelo

Sonido: Xurxo Pinheiro

Ayudante de dirección: Nekane Fernández

Arte y montaje: Quique Martínez

Pájaros: Pepe Penabade

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Chévere con apoyo de Agadic-Xunta de Galicia

Colabora: Auditorio de Galicia / Concello de Santiago de Compostela

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 10 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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