Divinas palabras revolution

El Teatro Español acoge esta producción gallega donde el esperpento de Valle-Inclán se traslada a un reality show

Pues Manuel Cortés y Xron se han atrevido a cobijar nuestro clásico valleinclanesco en esa cueva fluorescente e hipervigilada del reality show por antonomasia. Y han establecido un planteamiento tan coherente y ceñido a esa imposibilidad vital, donde el tiempo pasa lento y la abulia carcome aún más los cerebritos de esos ególatras, que la función inevitablemente cae en un ritmo tedioso y, en muchos instantes, insípido. Y esa debe ser su gran objeción; aunque creo que es razonable afirmar que el resto de elementos del espectáculo compensa con creces esa cadencia. El proyecto lo tenía todo para caer en el desvarío; pero está sujeto a conciencia por la zafiedad de unos protagonistas que, celebrémoslo, no gritan constantemente de forma desaforada como hubiera sido esperable en la emulación de tan célebre espacio televisivo. Es una manifestación patente de que estos programas televisivos requieren manipulación constante y una edición cinematográfica para generar el atractivo que se pretende, la carnaza que se pueda devorar con ansia. Lo que dirige Xron se subsume a los parámetros del cinéma vérité y del objetivismo; en este sentido sigue la línea del gran montaje de Chévere la temporada anterior: Eroski Paraíso (no hay que perdérsela). Asistimos al penetrante voyerismo, al espectáculo de la miseria moral, a un trampantojo que cubre embellecidamente a esa aldea gallega sobre la que se sustenta el original. Las bestias enjauladas que, a pesar de ser vigiladas, dejan escapar sus instintos para llevarlos hasta el final sin impunidad. Antes de que se levante el telón cortafuegos, irrumpe Antón Coucheiro, revestido de Sétimo Miau, Lucero rockero, con aspecto de macarra, de rufián, de chulo. El Súper con su ojo que todo lo ve, mientras se tapa irónicamente el otro con un parche como si fuera un filibustero. Despliega su embrujo de maestro de ceremonias y esa astucia primordial para saltarse las reglas de su propio juego. Un Mefistófeles que nos anuncia, vía noticiario gallego, que Juana la Reina, conocida por haberse pateado platós en busca de caridad para sostener a su hijo con parálisis cerebral, ha fallecido. Como sus familiares más directos, como todo el mundo sabe, habitan la casa del susodicho reality, se ha tomado la decisión de «invitar» al muchacho a participar. El pobre Laureano, postrado en una silla de ruedas ad hoc, termina conviviendo con sus tíos. A Tomé Viéitez le toca la compleja tarea física de gesticular con espasticidad para darle toda la credibilidad a su personaje. Enseguida se reparten, con garbo interesado, las tareas (a días intercalados) la tía y la cuñada (porque el tío es un pánfilo, un machista y algo más); puesto que el chico trae un botín como herencia en nada despreciable. La iniciativa la toma Mari Gaila. Patricia de Lorenzo, que es una actriz primorosa, con un encanto y unas cualidades actorales fenomenales, le concede todo a la reconstrucción de este popular personaje. Es egoísta y psicalíptica, narcisista y casquivana, y le importa más hacerse selfies con su sobrino y colgarlos en las redes sociales que su propio bienestar (tiene la deferencia de cambiarle un pañal absolutamente cagado y este acto posee una paradójica humanidad). No deja de ser una manifiesta crítica, dentro de lo grotesco del asunto, a esas políticas incapaces de ayudar a los más desfavorecidos, a los dependientes. El encuentro amoroso con el señor Miau aumenta sobradamente el conflicto familiar y demuestra las actitudes despreciables de Mari Gaila. Porque a su marido, Pedro Gailo, que es un flemático redomado, se le van a encender las ínfulas de la honra calderoniana. Manuel Cortés se regodea en su abulia de alcohólico y abusador sexual. Puro esperpento observarlo con la botella, con el crucifijo (como buen sacristán que es) a modo de machete o con sus garras en el cuerpo joven de su hija Simoniña; un papel pequeño que Ánxela Ríos toma con soltura. Por su parte, Mónica García, con su Marica Do Reino, adopta una postura, también, algo taciturna, complaciente y se posiciona inerme frente a su rival. En este reducido ―aunque suficiente― elenco, además nos topamos con otros individuos, dispuestos ―dependiendo de la metamorfosis adecuada―, a la jarana, a la redundancia o a la tropelía. Gente, en apariencia, normal y corriente con la que inicialmente cualquiera puede identificar al tipo corriente. Es Migueliño, interpretado por Borja Fernández, un provocador, un juerguista y uno de los personajes que más demuestra su insidia. Es él quien protagoniza las situaciones más controvertidas y el que nos fuerza a contemplar el comportamiento que propende en la anomia que impregna ese hogar. Victoria Pérez, como Tatoola, es otra de las participantes, alguien que muestra algo de corazón y de arrepentimiento. Mientras que Tone Martínez, como Candás, asiste cómplice a las fechorías y demuestra su falta de espíritu y de coraje. Ciertamente, el grupo funciona a la perfección y se mueve por las estancias de esa grandiosa escenografía de Suso Montero que, salvando las distancias, recordaba a la construcción que se izó hace bien poco en ese mismo escenario del Teatro Español en La fureur de ce que je pense. Arriba se sitúan varias pantallas donde se pueden visionar las emisiones en directo de las grabaciones que transcurren en los dos pisos de abajo, donde encontramos varias habitaciones, un cuarto de baño y un amplio apartamento. Todo ello iluminado por el diseño de Fidel Vázquez, con diversos tonos para darle un aire de modernidad. Un despliegue que nos permite asistir a la simultaneidad de los movimientos y de esas voces que se cuelan por los micrófonos que lleva cada uno. Poco se debe cuestionar del uso del gallego en este espectáculo. Cualquier polémica queda descartada teniendo en cuenta que es una adaptación muy libre y que el lenguaje de Valle ha sido ajustado a un habla actual (salvo el guiño que supone leer un fragmento directo del libro en español). Es una función dura, no solo por las imágenes que debemos ver, sino por ese ritmo tedioso del que hablaba al principio y que provoca las deserciones de algunos espectadores; no todo va a ser entretenimiento. Pero esta Divinas palabras revolution es una obra muy valiente y de una coherencia tremenda; tanto en su estructura, como en los paralelos que se establecen con los usos y costumbres de nuestra contemporaneidad.

Divinas palabras revolution

Tragicomedia de aldea global

A partir de Ramón María del Valle-Inclán

Versión: Manuel Cortés e Xron

Dirección: Xron

Reparto: Manuel Cortés, Antón Coucheiro, Patricia de Lorenzo, Borja Fernández, Mónica García, Tone Martínez, Victoria Pérez, Ánxela Ríos y Tomé Viéitez

Escenografía: Suso Montero

Vestuario: Mar Fraga

Iluminación: Fidel Vázquez

Espacio sonoro: Xacobe Martínez Antelo

Vídeos: Quadra Producións/Cuco Pino

Caracterización: Fanny Bello

Traducción: Manuel Cortés

Asesoría lingüística: Rosa Moledo

Ayudante audiovisual: Semi Soto

Ayudante de dirección: Arantza Villar

Ayudante de producción: José Díaz

Producción del Centro Dramático Galego

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 27 de mayo de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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