Fortunata y Benito

Laila Ripoll firma esta propuesta sobre un inverosímil Galdós observando las aventurillas amorosas de sus personajes

Foto de David Ruano

Pretender trasladar la inmensa novela (tan larga y con tantos personajes) a las tablas es todo un atrevimiento. En la historia del teatro español se recuerda la versión que realizó Ricardo López Aranda, y que se llevó en dos ocasiones a escena, la última en 1993 dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Anhelar que el público juvenil se la tome con agrado hoy en día es una tarea complicada, si exigimos una aproximación a este clásico tímidamente razonable. Yo creo que Laila Ripoll se ha topado de bruces con ese muro infranqueable y ha elaborado un texto excesivamente complaciente con unos espectadores que necesitamos espolear y agitar. Querer la aceptación generalizada de los bachilleres es rebajar la función a unos mínimos que rozan el ridículo. Primeramente, no estaría de más aclarar al lector, que es en el último trimestre del cuarto curso de la ESO, cuando se trata a don Benito Pérez Galdós (apenas página y media, no se vayan a creer) y los que continúan en el Bachillerato, lo vuelven a tocar escuetamente (apenas hay tiempo si es obligatorio comenzar desde la Edad Media y dar a la vez Lengua). Los planes de estudio están así. Leer Marianela o Misericordia, cuatro pinceladas biográficas, un repaso sucinto por las etapas del novelista y a otra cosa. Yo creo que hay tres formas de mostrar una obra literaria compleja a los alumnos: enseñándola tal cual, buscando una adaptación o sustituyéndola por un formato distinto. Por ejemplo, si nos referimos a El Quijote: exigir leer la obra original, exigir una de tantas adaptaciones o, mandarles que vean alguna película (esto sería engañarse, claro). Lo que quiero decir es que no le encuentro sentido a esta forma de acercar el siglo XIX a los chavales. ¿Por qué emplear la misma estética a la que ellos están acostumbrados? Únicamente para ganártelos. Pero entonces hablamos de un teatro comercial. Y aquí tenemos una compañía que posee grandes apoyos institucionales y que posee una campaña escolar. O sea, que alguien entiende que es un producto cultural que merece la pena y que tiene virtudes educativas. Yo no lo creo en absoluto. Este es el grandísimo error de las supuestas «nuevas pedagogías». Consiste en pasar cualquier conocimiento, cualquier arte, por el tamiz de la moda juvenil que esté en boga. Que todo sea atractivo y fácil, divertido y entretenido, sencillo y, además, con la falsa idea de que has aprendido algo. Y lo que nos encontramos con Fortunata y Benito es precisamente esto que estoy denunciando. Inicialmente, unos adolescentes viajan en el metro mientras repasan para su examen de Literatura. Les entra Galdós. Así que Zhila Azadeh, que hace de Nadia, se queda adormilada y entra en una especie de ensoñación de corte dickensiana. Al despertar, un tipo joven vestido de manera peculiar, con su levita beis y su boina marrón, se le acerca para preguntarle qué estudia. Recordemos que don Benito era bastante discreto. Según afirmó Antonio Maura: «aunque era bondadosamente afable, resultaba seco, glacial, reservadísimo». Bueno, pues aquí es un cicerone de lo más majete, que canta y baila. Toma ya. Nos vamos a adentrar en los entresijos de Fortunata y Jacinta; más bien en el argumento reducido a la mínima expresión, como si fuera una telenovela tipo Acacias 38, despojada de ambientación, de análisis de las costumbres y de toda incursión psicológica. Se nos dice que el novelista era muy observador; pero, luego, solamente vemos una trama sucinta con cinco personajes. Pero la cuestión fundamental de este montaje está en la música. ¿Por qué, digamos, desde hace treinta años se considera que el rap es el estilo musical que define a la juventud española? Es que no falla, lo hemos visto infinidad de veces ―también ocurrió con el anterior espectáculo de LaJoven, Federico hacia Lorca―, es un tópico insoportable y, además, poco real. Y es que el rap nunca ha sido muy escuchado en nuestro país. Bien, pues Alberto Granados ha decidido hacer un pastiche ilógico. Sobre todo, porque si se quiere comprender la mezcla, es necesario conocer los ingredientes. Si sampleas una zarzuela con hip hop, al menos debes esperar que el auditorio reconozca la zarzuela. Volvemos a saltar por encima de todo lo que debería transmitirse a la juventud, solo por congraciarlos. Lo justo y adecuado teatral y pedagógicamente, es que las instituciones públicas completen o engrandezcan aquello que la escuela no transmite. Y las enseñanzas musicales están por los suelos. Otra oportunidad perdida para aprender músicas que hoy no suenan en los móviles de la chavalería, las que escuchaba Galdós. Un engrudo de pasadobles, habaneras, con reaggetón, con pizcas de trap. Un musical que no hay por dónde cogerlo. Ya que, además, es evidente que el compositor se ha metido en un terreno que no es el suyo, y eso se nota; puesto que los ritmos suenan acartonados, simplones, y las letras llevan una cadencia totalmente amateur (cargado de ingenuidad para lo que es el género). A ello se le añade una pelea de gallos aprovechando el intermedio de la zarzuela La boda de Luis Alonso (me la imagino sin rap y me convence). Más convincente es la escenografía de Arturo Martín Burgos, que es una mezcla de corrala, de portalón para carruajes que funcionará mucho mejor en escenarios más pequeños. Además, las videoescenas de Álvaro Luna y Elvira Ruiz Zurita intentan solventar los déficits de ambientación de este trasunto sin época definida. En lo sustancial, Eva Caballero se presenta como salida de los Gypsy Kings televisivos, una Fortunata arrabalera de más para enredar y dejarse engatusar por un señorito antojadizo. El Juanito Santa Cruz de Jorge Yumar pasa por ser un tipejo de poco fuste, que se exhibe con el musculado torso desnudo para regocijo de los pavitos y de las pavitas en la platea. Juan Carlos Pertusa se mete en la piel de don Benito, de quien recordemos, según Ramón Pérez Ayala, hablaba «con cierto arrastrillo andaluz canario». Nuestro intérprete se pasa de canarión. Aunque su personaje es cualquier cosa menos Galdós. Jacinta es Cristina Bertol, y no podemos pensar más que en una muchacha pijilla de hoy en día. En cuanto a Mauricia, Yolanda Fernández parece llevarnos a unos recodos más intimistas, más tenebrosos, es de lo poco significativo que nos deja el montaje. Mientras que Julio Montañana Hidalgo hace Maxi con lo que puede, pues su papel está demediado. Es justo reconocer que el elenco se esfuerza y que su entrega es máxima. LaJoven lleva mucho recorrido y su tarea me parece, en general, plausible; y su responsabilidad con el futuro de las artes escénicas grandiosa. Porque tienen mucho tirón (muchos alumnos terminan su periodo escolar sin haber ido más que un par de veces al teatro y, en Madrid, muchas de esas funciones son para LaJoven). En otras ocasiones, hemos visto adaptaciones más logradas como En la Fundación o proyectos con textos nuevos que han ofrecido un resultado más vistoso y aceptable, como BARRO. Fortuna y Benito me resulta una obra desnortada por completo, y contraproducente con lo que debería ser un teatro destinado a los jóvenes, desde la seriedad artística, educativa e institucional. Los alumnos saben muy poco de literatura, de historia, de música popular española de otras épocas; así que necesitamos ofrecerles calidad, coherencia y memoria. Esto que vemos en los Teatros del Canal es alabarles el gusto (el que ahora está de moda). Es darles más de lo que ellos mismos consumen sin esfuerzo todos los días. Luego vienen las quejas del mundillo cultural sobre la desidia de los jóvenes, sobre sus carencias y todos esos etcéteras. Así que no se pueden tirar piedras contra el propio tejado.

Fortunata y Benito

Texto y dirección: Laila Ripoll

Elenco: Zhila Azadeh, Cristina Bertol, Eva Caballero, Yolanda Fernández, Julio Montañana Hidalgo, Juan Carlos Pertusa y Jorge Yumar

Escenografía: Arturo Martín Burgos

Iluminación: Juanjo Llorens

Videoescena: Álvaro Luna y Elvira Ruiz Zurita

Vestuario, caracterización y utilería: Ana Montes

Coreografía: Andoni Larrabeit

Música y espacio sonoro: Alberto Granados

Ayudantía de dirección y regiduría: Héctor del Saz

Auxiliar de dirección: Sharon Messouki

Ayudantía de vestuario: Carmen Millas

Técnico de sonido: Jesús Díaz Cortés

Técnico de iluminación: Pablo Zamora

Realización de escenografía: Juan Carlos Rodríguez, MAY Servicios y Scenik

Dirección artística de LaJoven: José Luis Arellano García

Presidente Fundación Teatro Joven: David R. Peralto

Dirección de producción: Olga Reguilón Aguado

Dirección técnica: David Elcano

Dirección adjunta de LaJoven: Pedro Sánchez Martínez

Ayudantía producción: Dani Villar, Juan Antonio Mancha y Paloma Rodrigo

Gestión de públicos: Rocío de Felipe, Mariana González y Rocío Delgado Bruña

Prensa: María Díaz

CM y prensa: @SamuelGarAr

Diseño gráfico: Guillermo Vázquez

Distribución: Olga Reguilón Aguado (gestion@lajoven.es)

Agradecimientos: Fundaciones Edmond de Rothschild, Fundación Daniel y Nina Carasso, Fundación SGAE y voluntarios de LaJoven

Coproducción: Fundación Teatro Joven – Comunidad de Madrid

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 15 de febrero de 2020

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