Fortunata y Benito

Laila Ripoll firma esta propuesta sobre un inverosímil Galdós observando las aventurillas amorosas de sus personajes

Foto de David Ruano

Pretender trasladar la inmensa novela (tan larga y con tantos personajes) a las tablas es todo un atrevimiento. En la historia del teatro español se recuerda la versión que realizó Ricardo López Aranda, y que se llevó en dos ocasiones a escena, la última en 1993 dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Anhelar que el público juvenil se la tome con agrado hoy en día es una tarea complicada, si exigimos una aproximación a este clásico tímidamente razonable. Yo creo que Laila Ripoll se ha topado de bruces con ese muro infranqueable y ha elaborado un texto excesivamente complaciente con unos espectadores que necesitamos espolear y agitar. Querer la aceptación generalizada de los bachilleres es rebajar la función a unos mínimos que rozan el ridículo. Primeramente, no estaría de más aclarar al lector, que es en el último trimestre del cuarto curso de la ESO, cuando se trata a don Benito Pérez Galdós (apenas página y media, no se vayan a creer) y los que continúan en el Bachillerato, lo vuelven a tocar escuetamente (apenas hay tiempo si es obligatorio comenzar desde la Edad Media y dar a la vez Lengua). Los planes de estudio están así. Leer Marianela o Misericordia, cuatro pinceladas biográficas, un repaso sucinto por las etapas del novelista y a otra cosa. Sigue leyendo

El año que mi corazón se rompió

Una comedia irreverente con un gran trasfondo crítico sobre los homosexuales de los años 80

Es fácil estar cansado de que el tema «homosexual» en las obras artísticas sea, en la mayoría de los casos, la revelación del secreto y el consiguiente conflicto social y familiar que supone dentro de una sociedad que no acepta con comodidad tal hecho. Si nos fijamos en el cine de este cariz, ciertamente, existen películas que indagan ya en otras cuestiones de interés humano; aunque las cintas que resultan más populares parece que le están comunicando a la gran parte del público que el trance por el que deben pasar, siempre ha sido angustioso (no lo pongo en duda). Lo que plantea Iñigo Guardamino es volver sobre esa bomba nuclear que estalla en el centro de las familias que deben «lidiar» con un acontecimiento del todo imprevisto («esto siempre le pasa a otra gente»); pero lo ha llevado a cabo con su estilo particular (muy genuino dentro del panorama teatral): el sarcasmo desorbitante, el humor negro (negrísimo, a veces) y esa forma de sinceridad hiriente e «inapropiada» que nos saca permanentemente de contexto (o todo lo contrario) y que nos lleva a la carcajada estentórea. Sigue leyendo