BARRO

Un drama que repasa fulgurantemente la Primera Guerra Mundial a través de los jóvenes soldados de ambos bandos

Hay que insistir una vez más en la importancia que tiene el proyecto de La Joven Compañía; pues supone un hito en la difusión del teatro. Si un grupo de profesionales está ganando espectadores (y el esfuerzo es ímprobo en nuestra sociedad de la sobreabundancia ociosa) son precisamente ellos. Puesto que la combinación de textos interesantes, ya sea porque se apoyan en clásicos o porque al ser de nuevo cuño atinan con temas de relevancia; o ya sea porque estéticamente son altamente atractivos tanto para el público general como para los adolescentes. Todo esto no les debe eximir de la crítica, que tendrá que ser tan exigente como el trabajo que ellos mismos se imponen. La empresa se presume potente, toda una tetralogía sobre la Europa contemporánea. BARRO se enfrasca en las cuitas de esos jóvenes reclutados con espontáneo ánimo patriótico, inconscientes de lo que verdaderamente es entrar en batalla, cuando en 1914 comenzó la Gran Guerra. Por un lado, tenemos a los muchachos alemanes de Colonia. Helmut es José Cobertera, despliega con seguridad ese rol de típico fanfarrón que intenta pavonearse delante de las chicas. Para ello no duda en «martirizar» con sus impertinencias a Klaus. Este es encarnado por Alejandro Chaparro, quien posee un arco interpretativo mayor, ya que inicialmente debe mostrarse debilucho para luego desarrollar su valentía a medida que pasa la función. Su hermana, Ingrid sí que manifiesta sus arrestos enseguida. María Romero se desenvuelve con solvencia por el escenario y, después, cuando se inscriba como enfermera, su personaje ganará enteros. En el bando francés tenemos a tres futuros soldados parisinos. De entre ellos, es André, el hijo de un importante hombre de la prensa, quien atesora un discurso humanístico, cosmopolita y europeo, al fin y al cabo. Le perturba que pueda haber una guerra entre los hijos de Goethe y los vástagos de Balzac. Acoge a este protagonista Víctor de la Fuente, quien vuelve a demostrar sus capacidades interpretativas, como ha hecho en otras ocasiones, sin ir más lejos, la pasada temporada con En la Fundación. Sus compañeros se sitúan en el patriotismo insensato, con ideas sobrevenidas sobre la defensa de Francia. Sobre todo, Pierre que, en la piel de Jota Haya, transmite esas ansias por entrar en combate y ascender en la escala de mando. Mientras que Marcel (Mateo Rubistein) se perfila más moderado en sus intenciones y es el que termina más tocado sicológicamente. Pero la trinchera es barro, tan húmedo como la sangre y la víscera, tan seco y agrietado en la piel como la culpa. Quizás en el montaje, tan fulgurante y, a veces, precipitado (el ritmo del prólogo es adecuado; luego se pretende abarcar demasiado y las etapas de la guerra se suceden sin incidir en la auténtica magnitud), falte, justamente, la suciedad física y moral de la explosión, del tiro en la frente al hombre anónimo y de la angustia en la intemperie. No obstante, sí que se profundiza en la visión de las mujeres que asisten a la destrucción insensata. Se debe valorar, dadas las circunstancias, que no hayan evitado ambientes y situaciones más conflictivos moralmente, como es el de la prostitución (bastante humanizada), donde incluso la presencia del desnudo y de ciertas prácticas sexuales quedan más o menos explícitas (no faltarán los problemillas con algunos centros educativos. ¿Llegará la autocensura?). Así, María Valero encarna a Masha, la rusa que marchó a la capital francesa buscando la fascinación del cabaré y terminó entregando su cuerpo a la causa y su oído al consuelo. Su discurso es de un pragmatismo tan desconsolador como vitalista. Y su interpretación expele ternura y hedonismo. Cierra el elenco, Cristina Varona, quien hace de enfermera en el lado alemán y, aunque ella se esfuerza al máximo, su papel está algo estereotipado. Creo que sobre el grupo de actores no debe pesar ninguna pega. Tampoco sobre la estética de la propuesta; pues los elementos escenográficos, fundamentalmente ese panel construido con placas metálicas que sirve como mapa y como soporte audiovisual (se proyectan vídeos, esquemas y textos ilustrativos que documentan cada episodio), imprime carácter y grandiosidad. Cinco grandes ventiladores funcionan simbólicamente como tiempo arrastrado. Silvia de Marta se ocupa de la escenografía y Paloma Parra de la iluminación (el juego de sombras en ciertos instantes crea una atmósfera de pesadumbre). Donde más flojea este espectáculo es en algunas cuestiones (matices, si se quiere) del texto de Guillem Clua y Nando López. Sabemos que la dificultad es enorme, porque requiere una visión a la vez didáctica (en el mejor sentido, aquí se logra y será útil para los espectadores más jóvenes) y dramática. En esta segunda arista, nos encontramos una trama que conjuga —cuando definitivamente se estructura en la parte final de la obra—, suspense y amor. La impresión es que se ha apostado más por plasmar un ambiente que por reconducir las vidas de todos los personajes; pues se requeriría más tiempo para que sus relatos fueran más complejos. Se aprovecha como punto de enlace la famosa tregua de la Nochebuena de 1914, donde ambas tropas celebraron juntos esa señalada fecha, con villancicos, brindis y partidos de fútbol. De alguna manera, también nos viene a la memoria el pacifismo de Sin novedad en el frente, la célebre novela Eric Maria Remarque. Las lecciones que podemos aprender son muchas, desde luego. Valga BARRO para que reflexionemos sobre aquellas inevitables diferencias que se quieren imponer a la deseada armonía de Europa.

BARRO / Mapa de las ruinas de Europa I

Texto: Guillem Clua y Nando López

Dirección: José Luis Arellano García

Elenco: José Cobertera (o Samy Khalil), Alejandro Chaparro, María Romero, Víctor de la Fuente, Álvaro Quintana (o Mateo Rubistein), Jota Haya, Cristina Varona y María Valero

Escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Iluminación: Paloma Parra

Movimiento escénico: Andoni Larrabeiti

Videoescena: Elvira Ruiz Zurita

Caracterización: Sara Álvarez

Coproducción: Fundación Teatro Joven – Comunidad de Madrid

Colabora: Ayuntamiento de Pinto

Patrocinadores de La Joven Compañía: Fundaciones Edmond de Rothschild, Fundación Daniel & Nina Carasso, Eduardo Rivera, Fundación Banco Santander

Distribución: Olga Reguilón (gestion@lajovencompania.com)

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 23 de diciembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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