Eduardo II, Ojos de niebla

José Luis Gil se lleva las alabanzas del público en el Teatro Bellas Artes gracias a la encarnación de este rey inglés acusado de sodomía

He de reconocer que, a veces, como me ha ocurrido en esta ocasión, un cartel y ciertas fotos promocionales te hacen saltar todas las alarmas y te imponen unos prejuicios que suelen cumplirse en gran medida. El abuso del Photoshop y otras malquerencias estéticas es lo que tiene. Todo fue mejor de lo esperado y el público respondió como no recordaba para una tragedia de este tipo (los aplausos al final de casi cada escena así lo certifican y la larga ovación final, más todavía). No creo que sea para tanto; pero, como vamos a justificar, es una propuesta respetable y entretenida. La gran referencia, por supuesto, es el Eduardo II de Marlowe, de la que hemos tenido varios montajes en la historia reciente de España. Además, en 1991, Derek Jarman dirigió una versión cinematográfica con sus habituales anacronismos. Alfredo Cernuda se ha quedado con el cogollo del relato. Nos lanza in medias res a resolver una amalgama de conflictos que se enmascaran unos con otros. Tenemos la ambición de poder, el ansia de venganza, la expresión de la homofobia (dicho en nuestro lenguaje actual) y todas aquellas perspectivas políticas, religiosas, económicas y morales que conflagran en la Inglaterra del siglo XIV. Tanto se ha centrado en el meollo, que la estructura no deja espacio para un mayor dinamismo o para la participación de un número más considerable de personajes. Tres actos con escasísimas escenas y apenas cinco intérpretes con un papel cada uno. Sigue leyendo

Fortunata y Benito

Laila Ripoll firma esta propuesta sobre un inverosímil Galdós observando las aventurillas amorosas de sus personajes

Foto de David Ruano

Pretender trasladar la inmensa novela (tan larga y con tantos personajes) a las tablas es todo un atrevimiento. En la historia del teatro español se recuerda la versión que realizó Ricardo López Aranda, y que se llevó en dos ocasiones a escena, la última en 1993 dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. Anhelar que el público juvenil se la tome con agrado hoy en día es una tarea complicada, si exigimos una aproximación a este clásico tímidamente razonable. Yo creo que Laila Ripoll se ha topado de bruces con ese muro infranqueable y ha elaborado un texto excesivamente complaciente con unos espectadores que necesitamos espolear y agitar. Querer la aceptación generalizada de los bachilleres es rebajar la función a unos mínimos que rozan el ridículo. Primeramente, no estaría de más aclarar al lector, que es en el último trimestre del cuarto curso de la ESO, cuando se trata a don Benito Pérez Galdós (apenas página y media, no se vayan a creer) y los que continúan en el Bachillerato, lo vuelven a tocar escuetamente (apenas hay tiempo si es obligatorio comenzar desde la Edad Media y dar a la vez Lengua). Los planes de estudio están así. Leer Marianela o Misericordia, cuatro pinceladas biográficas, un repaso sucinto por las etapas del novelista y a otra cosa. Sigue leyendo

La hija del aire

La famosa tragedia de Calderón con la perspectiva de Mario Gas; entre la frialdad del elenco y la garra de Marta Poveda

Foto de Lau Ortega

De manera inconfundible es esta una de las comedias más célebres de Calderón. Vive en paralelo de su obra maestra, La vida es sueño; pues igual que ocurre con aquella, también el protagonista mora encerrado por los nefastos augurios que pesan sobre él. Semíramis posee una historia que se pierde en las leyendas de hace siglos y que nos la sitúan como la Sammuramat asiria. Sus reminiscencias se reparten por el Mediterráneo y el propio dramaturgo madrileño la emplea para crear una tragedia sobre la ambición de poder. Desde luego, lo interesante es descubrir si la versión de Benjamín Prado y la dirección de Mario Gas suman lo suficiente como para justificar el montaje más allá del valor que tiene como clásico. En cuanto al primero, nos ha entregado un texto que suena suavizado en los hipérbatos propios de la escritura barroca, y eso hace que el verso se nos muestre más claro al oído; aunque eso le quite cierta sentenciosidad. Por otra parte, al retirar a Chato (y a los músicos), ese bufón rústico que acompaña siempre a la futura reina, nos censura la réplica sarcástica. La sensación general es de frialdad en diferentes tramos de la extensa función. Esta percepción viene determinada por unos actores que han sido dirigidos hacia el estatismo. En muchos momentos parece que, una vez toman posición, su expresión no es acompañada por el cuerpo. Sigue leyendo

Mi niña, niña mía

Natalia Menéndez dirige esta obra sobre las vidas de dos mujeres destinadas a encontrarse tras el horror del Holocausto

Foto de Sergio Parra

No son pocos los textos españoles que se ocupan de algún aspecto relacionado con el Holocausto nazi y es fácil relacionar esta obra que nos compete con Himmelweg de Juan Mayorga, al menos en una serie de cuestiones. En ambas ―aunque con personajes antagónicos―, el teatro sirve como forma de «salvación», ya sea para sobrevivir ante el horror de la muerte a tu alrededor o, como en aquella, para evadirte de tu propia responsabilidad sangrienta. Además, de ello, se repite el consabido engaño y simulación ―tantas veces repetido en tantos lugares― frente a la comprobación de la Cruz Roja de que aquel campo de concentración de Terezin era un campo de trabajo, y que en él se cumplían con los derechos humanos. Una farsa sin parangón. Goizalde Núñez se mete en la piel de una joven judía (luego llegará a ser actriz) que observa cómo de un día para otro ella y muchos más son introducidos a lo bruto en trenes atestados de inocentes. Se establece en el montaje un inicio elocuente, espectacular y hasta misterioso (la noche se envuelve en un manto y el sonido crea la atmósfera de temor). A través del monólogo, confundido con el pensamiento, se nos van relatando cada una de sus penosas situaciones. Todas esas rutinas, especiales para las mujeres (véase, por ejemplo, la película de Gillo Pontecorvo, Kapo), para después verse en el peligro constante del abuso sexual. Sigue leyendo

La Strada

Mario Gas dirige esta propuesta excesivamente cándida y melancólica sobre la famosa película de Federico Fellini

Foto de Sergio Parra

A primera vista parece que esta versión de La Strada se ha querido quedar con lo esencial, con estas almas en el conflicto de la supervivencia y de la ignorancia; pero en aquella película de Fellini el contexto de la posguerra en Italia era, si cabe, más esencial todavía. Por lo tanto, ¿quiénes son estos individuos que pueblan este oscuro escenario? El preludio es una presentación desencantada de un ambiente y unos personajes ahítos de melancolía, con su nariz de payaso y la mirada triste; inmersos en la escenografía de Juan Sanz, tan sencilla como notable, tan versátil como efectiva, con esa verticalidad tripartita con cartelones y pantallas donde se proyectan sugerentes imágenes diseñadas por Álvaro Luna. El carromato de Zampanó se aposta en una esquina con su cochambre, como el gran símbolo del nómada que debe desplazarse sin parar en busca de sustento. Sigue leyendo

El curioso incidente del perro a medianoche

Álex Villazán logra una interpretación primorosa en la adaptación de esta novela juvenil

Foto de David Ruano

El éxito de la novela que publicó en 2003 el escritor inglés Mark Haddon se ha ido fraguando a fuego lento y ya es una de las lecturas obligatorias en cientos de institutos de España. Lo cierto es que se utiliza en ese sentido pedagógico tan habitual en nuestros días ―casi siempre tendente al adoctrinamiento y a la falta de crítica―; pero es de justicia valorar sus virtudes literarias; aunque su lector potencial sea el adolescente. Contamos con el punto de vista de un quinceañero afectado por un trastorno del espectro autista ―seguramente Asperger―, de esa minoría que brilla prodigiosamente por sus habilidades mentales; mientras fracasa irremisiblemente en las relaciones personales y en su propia autoconcepción. Por eso encontramos redundancias, obsesiones, listas de números, problemas que nadie se ha planteado, cuestiones matemáticas llevadas al extremo, memoria fotográfica y, todo ello, bajo la pátina de la novela de detectives; por lo tanto, también, con giros metaliterarios bien significativos (muchísimos materiales que en el texto aportan información suplementaria de todo tipo son retirados en su mayoría en la adaptación teatral). Sigue leyendo

En la fundación

La Joven Compañía se atreve con esta obra de Buero Vallejo que se aproxima a la ciencia-ficción

Foto de David Ruano

Durante el año pasado, no faltaron quejas en el mundo teatral sobre la ausencia de obras de Buero Vallejo durante el centenario de su nacimiento. La verdad es que creo que la única representación que se hizo fue, precisamente, La fundación, en La Pensión de las Pulgas, dirigidas por Ruth Rubio. Por lo tanto, volvemos sobre el mismo texto en la versión que ha realizado Irma Correa, de quien conocimos la temporada anterior Hablando (último aliento), un historia donde también se trataba el tema del encierro y en un ámbito psicológico. La dramaturga ha intervenido los diálogos de tal manera que podemos apreciar un lenguaje más cercano todavía a nosotros; aunque la adaptación no ha llegado al punto de pulir las explicaciones tan evidentes que se escuchan en la primera parte. Y es que Buero combina en esta fábula dos tramas muy marcadas que casi llegan a funcionar como cajones estanco. Sigue leyendo

La dama duende

El Teatro de la Comedia acoge este enredo amoroso con una propuesta vivaz dirigida por Helena Pimenta

El último gran montaje que se recuerda por estos lares de La dama duende fue el que dirigió Miguel Narros y que se estrenó a los pocos días de su fallecimiento. Ahora es la Compañía Nacional de Teatro Clásico la que pone en marcha una versión a cargo de Álvaro Tato y bajo la dirección de Helena Pimenta que nos traslada no a ese 1629 en el que Calderón compuso esta comedia de capa y espada; sino al siglo XIX en pleno Madrid. El texto cumple con los paradigmas propios del enredo y con las prescripciones lopescas que tanto éxito habían traído a los corrales de comedias. La trama nos entrega a doña Ángela, una viuda burguesa, inteligente, juguetona y aburrida de esa existencia de luto permanente. Marta Poveda, tras su irónica condesa de Belflor en El perro del hortelano, adopta una pose ambigua en su rol de protagonista; por una parte parece que sencillamente quiere divertirse colándose en la habitación de un nuevo huésped y, por otro lado, da la impresión de que lo que verdaderamente desea es encontrar un amante que le permita escapar del amparo de sus hermanos y, también, dejar atrás los males de su viudez. Sigue leyendo

Sueños

Gerardo Vera monta un «infierno blanco» en el Teatro de la Comedia para escenificar las sátiras quevedescas

Lo tópico para representar unos textos tan señeros como estos de Quevedo, hubiera sido acogerse a un cuadro viviente del Bosco y llenarlo de caricaturas y de seres degradados por el vicio; pero Gerardo Vera ha desarrollado una contradictio in adjecto, es decir, un espectáculo barroco minimalista. Aunque antes de enfrentarnos a la función que nos compete, es pertinente situarnos en 1604. Nuestro insigne escritor se encuentra en Valladolid, donde también habitan Cervantes y Góngora. Por aquellas comienza a cartearse con el humanista Justo Lipsio (1547-1606), introductor de la sátira menipea, gracias a su Somnium; además de ser uno de los precursores del neoestoicismo en Europa. Esta influencia será básica para la creación de los Sueños, compuestos a lo largo de varios años, cuando no había cumplido los 30; luego, en 1629, preparó una nueva edición en la que depuraba ciertas insolencias acerca de la religión, y que publicó en 1631. En total son cinco discursos, cinco ensoñaciones donde pretende moralizar, criticar y expurgar la sociedad de su tiempo; para ello se acoge a los recursos propios del conceptismo, para deformar y parodiar las faltas de la virtud en un ambiente por momentos surrealista. Sigue leyendo