Prostitución

Espectáculo variado con base en el teatro documental para exponer casos reales de mujeres que relatan su experiencia vendiendo sexo

¿No habría que preguntarse inicialmente que supone para nosotros hoy el sexo? Pregunta peliaguda y de obligada respuesta si se quiere reflexionar sobre la prostitución. ¿Es inmoral prestar un servicio sexual por dinero? Para responder a estas cuestiones y a otras relacionadas, creo que es muy necesario remitirnos al mejor ensayo de 2019: Lo sexual es político (y jurídico), de Pablo de Lora, quien señala: «…quien defiende el abolicionismo, es decir, la inmoralidad de la prostitución y por ende su necesaria prohibición jurídica, contiende que ninguna prostituta actúa con autonomía…». Pues Andrés Lima y Albert Boronat han escrito un texto teatral donde únicamente hablan las prostitutas, por lo tanto, el debate está viciado, por mucho que se escuchen diversas posturas. La propuesta es lo suficientemente inteligente para que funcione en un escenario y lo panfletario (que se da), lo reivindicativo (que se da) y lo emotivo (permanentemente) se conjuguen con atractivo e interés. A tenor de lo observado, el desequilibrio es patente y el rechazo a la prostitución gana (no sé si como idea o como materialización social). Yo creo que cualquier discurso hubiera sido aplaudido (se aplaude casi a cada parlamento), pues el tonito populista alienta a los espectadores a situarse a favor de lo que se exponga. Si no, es imposible explicar los vítores para alocuciones contradictorias. Enseguida se hace evidente la irresponsabilidad y la cobardía de los políticos en este espinoso asunto, que ha llevado a las prostitutas, en su inmensa mayoría, a la marginalidad, pues carecen de derechos (la pensión, alquilar un piso, etc.). Una cortina de eufemismos para que España sea líder en el sector y nuestra consideración de estas mujeres (algunos hombres) sea nefasta ―en caso de regularización, cuánto tiempo habría de pasar para que fueran aceptadas socialmente―. Valga una de las más elocuentes e inhumanas frases dejadas para los anales, cuando se revelaron ciertas conversaciones del Caso Púnica: «…hay que celebrarlo con un volquete de putas». Somos atropellados por una ingente cantidad de datos ―a cualquiera se le escapan― para introducirnos en este falso documental teatral (no han faltado buenos reportajes en los últimos tiempos en la televisión) para que no quepa la menor duda de que estamos mirando para otro lado ante tamaño abuso (etcéteras). Contamos, para ello, con un elenco bien potente. Carmen Machi está soberbia, es una actriz inconmensurable que sabe adaptarse a cualquier terreno y que es la que debe meterse en la piel de personajes más dispares. Recordemos que ella ya ha tenido que interpretar a una puta en La puerta abierta (2016), de Marina Seresesky o, en las tablas, Juicio a una zorra. Cuando hace de Isabela, una transexual, revoluciona el gallinero bajando a la platea ―riesgo enorme con ese tipo de público que no acude, justamente, a una comedia―para involucrar excesivamente al respetable con consejos, proposiciones y provocaciones. Todo el espectáculo está lleno de constantes interpelaciones directas a los espectadores, tanto hombres como mujeres, ofreciendo sus servicios. A mí me parece fundamental que Machi también tome el papel de Virginie Despentes, ensayista, novelista, cineasta y prostituta francesa, conocida por su Teoría King Kong y su película, con escenas de sexo real, Fóllame. La obra, entonces, se pone a otro nivel, el pensamiento disloca aquello que se estaba manifestando desde el polígono y la decrepitud. Porque no se puede razonar acerca de la prostitución exclusivamente reflejando la mirada de las protagonistas. En esta escena, se enfrenta a Nathalie Poza, quien adopta una postura radicalmente distinta haciendo de una mujer absolutamente desencantada, torturada por unas experiencias desoladoras, y que clama por la persecución. Antes, en el inicio, la actriz ha mostrado una sencillez extraordinaria y franca cuando hace de Ana María, otra prostituta, de esas que son puro prototipo de la supervivencia, con dos hijos, ex toxicómana, abandonada por su novio; o sea, un cóctel explosivo para alguien de quien solamente podemos compadecernos. Por su parte, Carolina Yuste, quien merodea la escena con altas dosis de lubricidad, con la frescura de su juventud, como si jugara en otra liga y ofreciera servicios de otro status y con la capacidad para elegir. En un momento determinado, parece que es poseída por una caterva de filósofas posmodernas para soltar el consabido speech del patriarcado, de la violencia simbólica y toda esa mitología que hoy nos aturde (menos mal que han reeditado el Sexual Personae, de Camille Paglia). Los papeles son múltiples y la función en ese aspecto no es monolítico en la concatenación de episodios, pues se buscan formas de escenificación diversas dentro de la escenografía que ha ideado Beatriz San Juan: un contenedor metálico, como un barracón que externamente nos remite a una barriada e internamente a una de esas habitaciones que aspiran a la asepsia y al erotismo de transacción orgásmica. Las proyecciones en vídeo complementan un constructo metafórico de paradojas entorno al tema. La pasarela que se extiende por el pasillo suplementa una propuesta audiovisual realmente sugerente y efectiva. A ello hay que sumarle la presencia de Laia Vallès al piano, en una interpretación musical repleta de cacofonías y tecleos insolentes que provocan un ritmo candente. Además, se mete en el papel de un chico, un puto; aunque está claro que se quiere pasar por encima de esta materia ―de la misma forma que se hace con la prostitución de lujo―, pues, aunque puede ser igualmente sórdida, es minoritaria. La música contribuye a la ironía y al jolgorio, fundamentalmente con «El pichi», el archiconocido chotis sobre el «chulo que castiga», o el «Just a Gigoló» (para edulcorar el oficio del chapero) o, cuando Poza se pone a entonar el «Jubilee Street», de Nick Cave, que nos recuerda por su atmósfera a Desde Berlín (aquel montaje protagonizado por la actriz y dirigido por Andrés Lima). Encontramos mucho desparpajo cabaretero, entretenimiento, sometimiento, hipocresía por todos los lados, discursos nobles, sesgados y sinceros. Algunas derivas poco serias, humorísticas, nos alejan de la cuita moral ―no vaya a ser que se aburra el personal―. Al final parece que no se quiere ir hasta el fondo de la cuestión y de que los responsables pretenden adoptar una prudencial distancia. No está el horno para bollos, no vaya a ser que se pasen de la raya de lo políticamente correcto y se enfurruñe la Ministra (precisamente, ahora, que está trabajando en el asunto, aunque con «prudencia». No esperábamos menos).

Prostitución

Dirección: Andrés Lima

Texto y dramaturgia: Albert Boronat y Andrés Lima

Sobre textos de Virginie Despentes (Durmiendo con el enemigo, Imposible violar a una mujer tan viciosa”), Amelia Tiganus (La rebelión de las putas), Juan Cavestany (Natural). Y testimonios de Ana María, Isabela, Lucía, Alexa, Alicia, Lukas y la Sra. Rius

Reparto: Carmen Machi, Nathalie Poza y Carolina Yuste

Música en directo: Laia Vallès

Actriz en vídeo «Natural»: Lucía Juárez

Diseño de escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Diseño de iluminación: Valentín Álvarez (AAI)

Composición musical: Jaume Manresa

Diseño de sonido: Enrique Mingo

Diseño vídeo-creación: Miquel Àngel Raió

Dirección documental: Carolina Cubillo

Dirección de producción: Joseba Gil

Producción ejecutiva: Héctor Mas

Ayudantes de dirección: Laura Ortega y Alfons Casal

Ayudante de escenografía e iluminación: Alberto Hernández (AAI)

Ayudante de vestuario y producción: Laura Galán

Ayudante de videocreación: Mar Cabrero

Ayudante de producción: Vicente Cámara

Una producción de: Checkin Producciones, Teatro Español, Molinos de Papel, Asuntos Culturales, Escena Nacional d´Andorra y Mama Floriana

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 23 de febrero de 2020

Calificación: ♦♦♦

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