El hombre almohada

David Serrano adapta y dirige la célebre obra de Martin McDonagh protagonizada por Ricardo Gómez y Belén Cuesta

El hombre almohada - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La historia que Martin McDonagh estrenó en 2003 es, en sí misma, una fábula que encierra otras muchas fábulas que recorren los miedos y las angustias más atroces con el esplendoroso motivo de la catarsis. Función primordial de la fantasía y de la imaginación que, en muchos casos se desprecia, con ánimo sobreprotector. Pues recordemos que muchos de los célebres cuentos de los hermanos Grimm, de Perrault o de Andersen, por poner algunos ejemplos, tienen un final demoledor que se le ha usurpado a los niños de las últimas décadas. Forma parte de la actualidad el debate sobre la influencia en los jóvenes de la violencia en las películas o en los videojuegos (algunas investigaciones demuestran que sí puede influir en la percepción que se tiene de la violencia, sobre todo en algunos individuos concretos). Esta cuestión la vimos reflejada precisamente también en los Teatros del Canal con La tristeza de los ogros, obra con ciertos paralelos con El hombre almohada. El marco —aceptemos que estamos en un país totalitario no identificado— es el propio de un thriller de aquellos que se ocupan de asesinos en serie peculiares, de sicópatas con obsesiones recurrentes, como en Seven, en Zodiac o en True Detective (se podrían nombrar cientos). Un modus operandi a exponer y a desarrollar. Una hipótesis más que razonable. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda nos aísla a todos en un sótano desportillado, desolado, húmedo y ocupado por una cama roñosa y textos grapados por aquí y por allá. Produce una extraordinaria sensación de profundidad la enorme apertura en el techo atravesada por tuberías. Una ambientación muy pertinente y que seduce aún más si cabe con la iluminación de Cornejo, fundamentalmente cuando se entenebrece. Belén Cuesta, quien ya había trabajado con este director en Los universos paralelos, se convierte en la principal protagonista, Katurian Katurian, una joven que trabaja en un matadero y que escribe cuentos marcados por el leitmotiv de la crueldad sobre los niños. Por eso afirmaba que recogen la verdadera tradición cuentística que con tanto fulgor se materializó durante el siglo XIX bajo la estela del Romantiscismo, en su afán por recoger leyendas medievales y de la antigüedad como El flautista de Hamelín. Creo que David Serrano ha dejado demasiada «libertad» a la actriz para mostrar su natural ironía, esa inocencia que hemos observado en otros trabajos suyos. Resulta un tanto inverosímil si aceptamos la interpretación más lógica que podemos establecer de esta obra; o sea, la de una mujer que encuentra en la literatura más mordaz su propia salvación anímica, pues se ha pasado media vida escuchando gritos que, después, resultaron ser de su hermano torturado por sus padres. Con esto quiero decir, que el humor que expele —la adaptación del texto del propio David Serrano con la elección de algunas palabras favorece la gracia—, tan acibarado, a veces, que dulcifica la situación y la hace menos creíble; pues Cuesta, aunque realiza, en general, un trabajo de gran compunción, no llega a manifestar un gran dolor. Y esto nos aleja de la idea de compasión, la que de alguna manera posee el hombre almohada, y nos hace pensar más en una egoísta que anhela trascender con su obra literaria (su insistencia con que se conserve tras su muerte es patente). Por otra parte, resulta un tanto repetitivo el interrogatorio según nos aproximamos al desenlace. Principalmente, porque los detectives van perdiendo aplomo y ya no resultan tan fieros. La decisión de ejecutar tanto a Katurian como a su hermano está casi tomada, pues las pistas parecen inequívocas. De hecho, vemos a la protagonista moverse entre esos dos tipos tan inquisitivos con cierta comodidad en ocasiones. Manuela Paso hace de Tupolski, el poli «bueno», una tía tan aviesa como misteriosa —con sus propios traumas. Como todos—, y va ganando en incisión; sobre todo, además, puesto que su compañero, Juan Codina, Ariel, va desesperándose definitivamente. Furibundo y agrio, casi una traslación del Marat que ha estado representando hace unos meses. Uno de los puntos de mayor interés en esta propuesta es la presencia de Ricardo Gómez encarnándose en Michal, un muchacho algo retrasado, lento, al que parece que los cuentos de su adorada hermana le han parecido tan entretenidos y fascinantes, como inspiradores. Es en él donde confluye la otra paradoja. Para Michal los cuentos no son un acto creativo de ficción que puedan funcionar como terapia de choque como a Katurian; sino una plasmación de ejemplar de lo que para él es algo normal. El actor demuestra una gran composición de su personaje con esas tartamudeces pertinaces, y una gama de gestos (rascarse el culo) que refuerzan su ingenuidad y su aparente simpleza. Pienso que, de una forma equilibrada, dadas las circunstancias, consigue transmitir su ilógica inmadurez, tras el daño irreparable que le han propinado sus padres. De mayor importancia si cabe, de hecho, es el engranaje metaliterario que más puede seducirnos, es la inclusión de algunos cuentos contados enteros, que sirven indirectamente para que el público, al igual que los investigadores, rearme el conflicto y su resolución. En esto, el autor, Martin McDonagh, de quien se pudo ver hace unos años la adaptación de El cojo de Inishmaan, va hasta las últimas consecuencias en vesania y en intentar sujetar cada cabo suelto con una remisión fabulística, como ocurre con el cuento de «El cerdito verde». Aunque, por supuesto, el cuento de «El hombre almohada», todo un inductor compasivo al suicidio reparador, muy indicado para niños que han sufrido demasiado en su infancia, es el más significativo. Lo que no funciona tanto es cuando se nos cuenta una de estas historias directamente, frente a nosotros, como en el que se explica lo que hizo Katurian a sus padres, en lugar de la forma dialogada; sobre todo, porque parece una digresión que ralentiza el asunto. Muy original y satisfactoria es la manera de representar con máscaras, entre cinematográfica y guiñolesca, el cuento de «La niña Jesús». Funciona como enlace idóneo para adentrarnos en la escena dos del segundo acto (para nosotros, la segunda parte). Otros de los aspectos a tener en cuenta es si Serrano ha acertado con el ritmo que ha impuesto. Quizás, en un montaje de menor duración sería más llevadero; pero creo que se demora con los interrogatorios, con entradas y salidas que enlentecen el espectáculo, máxime cuando se requiere tiempo para cada uno de los cuentos que se relatan. Tener que hacer una pausa te saca de una ambientación agónica. No revelaré cómo termina la primera parte; pero no se debe dejar al espectador sin respiración (y no solo al espectador), cuando se alcanza un momento tan álgido en la relación de los hermanos; porque luego el estado de ánimo es distinto. Por otra parte, parece que el director se resiste a la crudeza y apuesta más por una comicidad insolente. Parece que Serrano quiere buscarles cierto lado amable a las cosas, y eso es a lo que nos tiene acostumbrado. Véase, últimamente Los asquerosos o Los hijos. De todas formas, el proyecto que más entronca con este es Port Arthur, donde un joven sicópata era interrogado por unos policías. En cualquier caso, El hombre almohada se sustenta en un texto cargado de aspectos muy interesantes a los que merece atender, y se logra una atmósfera dramática en muchos instantes de una sordidez inquietante.

 

El hombre almohada

Autor: Martin McDonagh

Dirección y adaptación: David Serrano

Reparto: Belén Cuesta, Ricardo Gómez, Juan Codina y Manuela Paso

Iluminación: Juan Gómez Cornejo (A.A.I.)

Diseño de escenografía y máscaras: Ricardo Sánchez Cuerda

Vestuario: Yaiza Pinillos

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Audiovisuales: Emilio Valenzuela (A.A.I.)

Ayudante de dirección: Nacho Redondo

Movimiento escénico: Carla Diego Luque

Comunicación: Ángel Galán

Diseño cartel: Carmen García Huerta

Fotografías promoción y cartel: Javier Naval

Fotografías de función: Elena C. Graiño

Realización de escenografía: Mambo Decorados y Sfumato

Realización de máscaras: Morboria

Realización de utilería: Ricardo Sánchez Cuerda

Realización de vestuario: Sastrería Cornejo

Técnico de iluminación: Daniel Alcaraz

Maquinista-sonidista: Fernando Díaz

Gerente-regidora: Ana Gardeta

Transporte: Taicher

Producción ejecutiva: Lola Graiño

Dirección de producción: Ana Jelin

Producción general: Producciones Teatrales Contemporáneas

Coproducción: Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid, Producciones Abu, Milonga Producciones, Vértigo Tours, Som Produce, Gosua, Teatro Picadero, Anexa

Distribución: Producciones Teatrales Contemporáneas

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 20 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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El príncipe constante

El Teatro de la Comedia acoge esta versión austera de la obra calderoniana con un Lluís Homar magnífico

El príncipe constante - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Más allá de lo que hicieran y de lo que dijeran Goethe y Grotowski sobre El príncipe constante, se debe considerar si esta obra no termina de ser idónea para la representación, tal y como Calderón de la Barca la elaboró. Quizás el alemán, quien consideraba que los versos de esta obra eran de lo más excelso, tuviera razón al quitarle al gracioso Brito; y el polaco, con su teatro pobre, al derivar su protagonista hasta la pasión cristológica. Algo de esto hay en la mirada de Albert Arribas, el dramaturgista del montaje que podemos contemplar, por fin ―nunca se había hecho antes―, en el Teatro de la Comedia, desde la creación de la Compañía Nacional. Una de las cuestiones esenciales sobre este drama primerizo (data de 1629) y que antecede a La vida es sueño, donde algunos motivos, como el del libre albedrío, se conjugan necesariamente, es si el incuestionable poderío de sus poesías, de los soliloquios, de los gigantescos parlamentos, que leídos alcanzan cumbre lírica; funcionan igualmente en escena. Viene esto a cuento, porque estructuralmente, desde mi punto de vista, posee una serie de fallas que se pueden observar con cierta facilidad. ¿O acaso tiene interés la historia de amor entre Fénix y Muley; cuando apenas pueden plasmar su cercanía emocional? El punto de interés se lo lleva únicamente don Fernando, y lo demás, todo lo demás, parece accesorio. El príncipe constante es una purgación ascética, un sacrificio martirológico, una empresa de santidad y un prototipo de fe beatífica y, a la postre, una contribución evangelizadora del propio dramaturgo. Sigue leyendo

Mariana Pineda

Laia Marull se mete en la piel de la heroína liberal, en esta propuesta de Javier Hernández-Simón en el Teatro Español

Foto de marcosGpunto

En 1927 Margarita Xirgu, a quien está dedicada esta obra, se mete en la piel de la heroína granadina Mariana Pineda. En 2015, Laia Marull encarnó a la Xirgu en un biopic y ahora protagoniza este montaje que dirige Javier Hernández-Simón sobre el texto de Federico García Lorca. Yo creo que este proyecto, principalmente, posee dos grandes atractivos. Por un lado, la interpretación de la actriz catalana, quien despliega sus aptitudes actorales para sujetar a un personaje que puede dar pie a la exacerbación; pero que aquí observamos tan pasional como racional, tan maduro, si cabe, como arrebatador en el desenlace. Marull tiene una enorme capacidad para expresar las emociones a flor de piel, a punto del lloro o de la ira, y esa pulsión se mantiene durante toda la función. Por otra parte, el espacio escénico pergeñado por Bengoa Vázquez es absolutamente significativo, escultórico y muy llamativo; pues una colección de tiras, de gomas rojas, configuran diversas figuras que evocan un telar o un mantón o una cárcel, de maneras muy sugerentes. Lástima la inclusión de todas esas puertas móviles, que me parecen un pegote que afea la estructura preponderante. El vestuario de Beatriz Robledo es coherente con el enfoque general y nos traslada perfectamente a la época. Destaca por encima de todo el vestido encarnado de la protagonista, tan simbólico, y que visualmente empasta generosamente con la propuesta escenográfica. Sigue leyendo

El salto de Darwin

Estreno mundial de la obra que Sergio Blanco escribió en 2011 sobre el conflicto de las Malvinas aderezado con elementos míticos

De un tiempo a esta parte, el nombre de Sergio Blanco ha irrumpido en la escena española, pues se han representado varias de las obras escritas en los últimos años. Con El bramido de Düsseldorf, que se pudo contemplar en la pasada edición del Festival de Otoño, ya se nos vendió al artista como otro enfant terrible más (será porque vive en Francia); pues acometía procederes de posteatro. En 2017, la propia Natalia Menéndez dirigía Tebas Land, en el Kamikaze, una propuesta más convencional. Y, ahora, ella misma, recurre a un texto que el dramaturgo escribió en 2011. Esto nos da cuenta de los cambios que se han dado en la dramaturgia del escritor franco-uruguayo. Podemos lanzar una reflexión acerca de lo conveniente que hubiera sido emplear a intérpretes argentinos, viven unos cuantos por estos lares y no solo conservan su acento, sino que, además, mantienen unos modos en su expresión que parecen de lo más coherente si de la Guerra de las Malvinas hemos de tratar y de la Argentina en su paisaje tan real como simbólico. Sé que es un debate recurrente; pero a veces se tiene tan a mano que parece desidia. En fin, que el estreno mundial de El salto de Darwin se nos presenta al Matadero con las oraciones tajantes de nuestro español y de nuestra imaginación. Sigue leyendo

Macbeth

Gerardo Vera nos deja una mirada aciaga y oscura de esta tragedia shakesperiana en un espectáculo apabullante

Foto de Luz Soria

Llevar a escena una de las tragedias más completas y célebres de Shakespeare es repetirse ineludiblemente. ¿Cómo traerla a nuestros días sin que se acartone con los remedos del pasado? Pues abordándola con una proyección estética que nos sugiera todo ese abordaje de pasiones que enfrentan la codicia y el tormento moral. Antes de morir en septiembre, Gerardo Vera dejó todas sus ideas en marcha y, a la postre, ha consguido abandonarnos por la puerta grande. Su Macbeth, al igual que muchos de sus proyectos, quedarán en nuestro recuerdo; sus enseñanzas forman parte del acervo personal de aquellos que ahora toman su relevo. Estoy seguro de que Alfredo Sanzol ha hecho un grandísimo trabajo y que José Luis Collado, quien ha perfilado una versión tan medida en el tiempo, como clara en la palabra (los versos fluyen sin angosturas arcaizantes); pero pensemos que el espíritu de Vera y sus intenciones son las que han fraguado en el escenario. Y en este montaje, destaca con una potencia sin paragón la escenografía apabullante de Alejandro Andújar, unas colecciones de lamas gigantes, como si nos situáramos a la sombra de un bajel que sube y baja avanzando hacia la platea. Esta estructura magna y sanguinolenta delimita un espacio sorpresivo y límpido; mientras las videoescenas de Álvaro Luna ralentizan las heridas y el dolor de los grandes protagonistas. La impresión que nos crean es auténticamente aterradora. Y a todo ello contribuye una de las mejores bandas sonoras que se han podido escuchar en los últimos tiempos en el teatro. Alberto Granados Reguilón ha compuesto una música que magnifica la épica y que, a la vez, nos lanza a un mundo posapocalíptico repleto de bases electrónicas que incitan a la batalla. Sigue leyendo

La máquina de Turing

Claudio Tolcachir dirige con exceso de emotivismo esta obra sobre la vida del matemático Alan Turing

Para el gran público, la figura de Alan Turing ha sido descubierta en los últimos tiempos como un personaje cinematográfico que responde perfectamente a ese esquema de científico malhadado y maltratado por la política o por la religión o por la propia sociedad científica. Pero, más allá del esencial factor humano de este matemático, ahora nos topamos con su nombre ―y lo seguiremos haciendo en las próximas décadas― constantemente; porque no paramos de enfrentarnos al test que lleva su nombre, cuando nos estampamos con esos chatbots que pueblan algunas páginas web y que poco a poco ir ganando pericia intelectual. Ese test consiste en un juego de imitación por el cual un grupo de humanos ha de descubrir mediante preguntas si quien contesta es un individuo o una máquina. Por el momento, todavía, no se ha logrado superar esa prueba, es decir, la inteligencia artificial no ha engañado totalmente a los interrogadores humanos. La máquina de Turing es una obra de Benoit Solès, inspirada en la obra de Hugh Whitemore Breaking the Code, y esta, a su vez, se basa en el texto de Andrew Hodges Alan Turing: The Enigma; por lo tanto, más allá de los artificios de la ficción, se pretende un apoyo sustancial para ofrecer un resultado verosímil. Pero a esta propuesta de Claudio Tolcachir se la puede acusar de algunos aspectos que ya fueron motivo de crítica cuando se versionó para el cine, con aquella exitosa cinta, The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch. Sigue leyendo

El vergonzoso en palacio

La comedia de Tirso de Molina que dirige Natalia Menéndez se envuelve en un espectáculo visualmente muy atractivo, aunque carente de ritmo

El vergonzoso en palacio escena - Foto de Sergio ParraUna de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias. También excelentes las videocreaciones de Álvaro Luna (siempre tan detallista) en el fondo, que conjugan los elementos propios de los célebres azulejos (azulados) portugueses con otros motivos florales y rostros para la ensoñación. Todo ello con una iluminación de Juan Gómez Cornejo que potencia las sombras y los recovecos que se deben producir en un espacio, en muchas ocasiones, tan vacío. Más, claro, el espacio sonoro de Mariano García que nos sumerge en el misterio boscoso con su fauna. ¿Encontraríamos mayor brío sin el tronco movible? Algo sí, seguro. Aunque, en general, falta también vivacidad en el verso de la mayoría de los diálogos. Suena demasiado sentencioso para ser comedia. Quizás mejore con el rodaje, y esto sean suspicacias inanes. Sea como sea, el comienzo de la obra es verdaderamente confuso. No solo porque se dirime en un duelo a espada y eso impide la buena audición; sino porque, además, se relata un entuerto que se entenderá someramente mucho más adelante. Nos situamos en Aveiro, siglo XV. Digamos que la acción principal se sustenta en una historia de amor y, a la vez, en un ansia por ascender socialmente. Mireno es un pastor que interpreta con donosura Pablo Béjar, quien ha ido creciendo con firmeza a lo largo de los últimos años, mientras ha trabajado en la Joven Compañía de Teatro Clásico (fijémonos, por ejemplo, en La dama boba o en Los empeños de una casa). Recorre el bosque con su sirviente Tarso, interpretado por un actor idóneo para este tipo de papel, y que despliega sus guiños y su gestualidad al servicio de la risa; sin embargo, constreñido al ritmo del que hablaba antes (César Camino). Ambos se topan con Ruy Lorenzo, el antiguo secretario del conde de Avero, encarnado con sensatez por Carlos Lorenzo y por su criado Vasco, acogido con cierta altivez por Alejandro Saá. Estos vienen huyendo por un conflicto con el conde de Estremoz (de ahí el duelo inicial). Presenciamos el primer intercambio de vestuario para favorecer el consiguiente equívoco. Mireno se convierte en don Dionís y marcha a cumplir con sus ansias de demostrar su valía para medrar. Con la llegada a palacio el enredo se multiplica; pues esta obra no deja de tener como impulso principal el amor. Las hijas del conde, ya tienen prometido; pero a ninguna les satisface el elegido, con lo que están dispuestas a encontrar un marido mejor. Por una parte, tenemos a Madalena, una Anna Moliner juguetona y preparada para ser seducida por Mireno. La cuestión es que ella, por la moral establecida, no puede cortejarlo. Y él, por su vergüenza, pues no atina con el empaque necesario. Su vergüenza no es de carácter, no es una razón sicológica, como bien hemos podido comprobar en su conversación con otros personajes; sino más bien, su cohibición está justificada con su infravaloración social. Él se siente pastor; aunque realmente, como se verá en el desenlace, no lo es (así suele ocurrir en estas comedias con la habitual anagnórisis). La gracia, por lo tanto, está en el flirteo contrahecho de los dos. Más chispa, más soltura, y más fascinante es la relación de la otra hija, Serafina, con don Antonio, el nuevo secretario. Ella, Lara Grube, está espléndida y tiene una actuación muy destacable a lo largo de toda la función. Resuelve su momento estelar, cuando se viste de hombre y actúa como tal en una recreación de la obra teatral La portuguesa cruel, tal, que enamora a doña Juana, la prima de Antonio. Esta la interpreta María Besante, y aprovecha durante todo el espectáculo para hacer de enlace, de la maestra de ceremonias y de celestina. Javier Carramiñana construye su personaje desde el panfilismo y resulta ser el más humorístico de todo el reparto. Recurre al pintor, Raúl Sanz, para que este pinte un retrato de su amada; a pesar de que esta se haya travestido (más enredo narcisista). Por otra parte, de principio a fin, José Luis Alcobendas se mete en la piel del duque de Avero, y se entrega con furia y con encanto, porque toda la obra está pincelada con bailes anacrónicos y escorzos chocantes que no alcanzan, afortunadamente, el exceso. Mey-Ling Bisogno los pone a bailar como si acabaran de aprender, en la deformación de las danzas cortesanas renacentistas, tamizadas por la danza contemporánea. Algo raro e irrisorio. No obstante, esto nos permite apreciar y disfrutar del fantástico vestuario que ha preparado Almudena Rodríguez Huertas, desde el complejo calzón que se enrevesa en las piernas de Tarso, hasta la capa parda alistana que carga Juanma Lara, hacia la parte final, cuando se produce la feliz revelación sobre el protagonista; pasando por toda una colección de vestidos tanto masculinos como femeninos llenos de detalles exquisitos: capas cortas, chaquetas ajustas, mangas abullonadas, sayas coloridas con corpiños y escotes rectos que permiten lucir los hombros en las féminas,… En conclusión, debe quedar claro que El vergonzoso en palacio que presenta Natalia Menéndez es un gran espectáculo, que se vive gozosamente y que posee muchos elementos de atracción; aunque arrastre esos hándicaps arriba reseñados. El espectador sabrá escoger la escena o la perspectiva que más le interese, entre las diversas complejidades que se manifiestan.

El vergonzoso en palacio

Autor: Tirso de Molina

Dirección: Natalia Menéndez

Versión: Yolanda Pallín

Reparto: Bernabé Fernández, José Luis Alcobendas, Raúl Sanz, César Camino, Nieves Soria, Pablo Béjar, Alejandro Saá, Carlos Lorenzo, Fermí Herrero, María Besant, Javier Carramiñana, Anna Moliner, Lara Grube y Juanma Lara

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Escenografía: Alfonso Barajas

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Espacio sonoro: Mariano García

Coreografía: Mey-Ling Bisogno

Videocreación: Álvaro Luna

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Lucha escénica: José Luis Massó

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 1 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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Los hijos

La dramaturga Lucy Kirkwood nos habla de la responsabilidad de unos físicos nucleares con las generaciones venideras

Foto de Elena C. Graiño

Lo que vivimos durante estos últimos años con el ecologismo, más allá de por qué ahora se ha tomado la decisión de abrir la espita a lo bestia o de por qué ha logrado que todos observemos nuestro planeta como un lugar finito y próximamente inhóspito, ha dejado claro que tiene mucho que ver con la batalla dialéctica entre las generaciones. El concepto de herencia que se dirimía dentro de cada familia, con todos los posibles reclamos y rencillas de los vástagos sobre los progenitores; ha saltado a la relación común de todos nosotros, el primer mundo, los grandes contaminadores que ahora nos preguntamos por la contingencia. ¿Se podrían haber hecho las cosas de otra forma? ¿Quién ha decidido que la sociedad de consumo sea como es? La respuesta no puede ser el mercado, porque este siempre ha estado intervenido. Alguien ha tomado decisiones empresariales, políticas y, en definitiva, morales que afectan de manera apocalíptica a la humanidad. El debate sobre la energía nuclear ha tenido altibajos. La catástrofe de Fukushima ―en la que se inspirada la dramaturga de esta obra― nos devolvió a la realidad; aunque parece que la serie Chernobil, concita más la atención sobre los desatinos del factor humano. Los hijos sitúa su marco de acción en la proximidades de una central nuclear averiada y que ha sufrido un escape radiactivo. Susi Sánchez encarna a Hazel, una científica jubilada que vive con su marido en una cabaña muy cerca de la zona de exclusión, un lugar «casi» seguro donde los cortes de luz son constantes y su modo de vida está totalmente determinado por el terrible acontecimiento. Sigue leyendo

La vida es sueño

Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico despliegan su buen hacer con la tragedia de Calderón en la despedida de Helena Pimenta como directora

Foto de Sergio Parra

Cada una de las incursiones en la obra magna de nuestra literatura es un recuerdo de su consistencia estructural, de su poética barroca y de esa profusión filosófica sobre las cuitas de la Edad Moderna; desde la duda cartesiana hasta el cuestionamiento del dios todopoderoso (podemos recordar la fantástica propuesta de Carles Alfaro hace un par de temporadas). Vuelve Helena Pimenta con la obra que tanto éxito le dio cuando puso a Segismundo en la piel de Blanca Portillo. Ahora se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ―con honores―. Que retome la versión de Juan Mayorga (muy ajustada en los tiempos para lograr un brío enérgico y satisfactorio) con los jóvenes de la Compañía, es una apuesta firme por adentrarse en vericuetos complejos. La función, desde luego, es muy atractiva visualmente, y es debido al espacio escénico que Mónica Teijeiro ha imaginado. Porque la sala Tirso de Molina, en la quinta planta del Teatro de la Comedia, está resultando en estos pocos años que lleva activa como un lugar bien versátil; y así se da muestra de ello en este montaje. Se aprovechan al máximo las alturas: Rosaura corretea en su huida por las pasarelas que permiten colocar los focos a los técnicos, Segismundo aparecerá por un recoveco central y el elenco al completo se adentrará por cualquier esquina sobredimensionando las perspectivas. El conjunto es sencillo, pues los elementos con los que se juega son mínimos: apenas un piano y una cortina de láminas traslúcidas en el fondo. Sigue leyendo