Pedro de Urdemalas

La pieza de Cervantes inaugura una nueva sala en el Teatro de la Comedia con una versión audaz

pedro-de-urdemalas-fotoUn pastiche fenomenal es el que ha montado Denis Rafter, apoyado en la ingeniosa versión de Jerónimo López Mozo, con las gentes jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ─estaría bien denominarlos de otra forma, pareciera que son inexpertos y la mayoría tienen más trote que muchos mayores─. Ante todo y principalmente buscar un entretenimiento sagaz e inteligente, un divertimento repleto de referencias culturales de antes y de ahora (casi imposible pillarlas todas); un artefacto dividido en múltiples escenas que parecen diseñadas como cajones estanco, a veces, solamente comunicadas entre ellas por un fino hilo. Son como sketches en los que no falta un guiño, una remisión irónica, un retruécano, un entrar y salir, un jolgorio, una danza, una música sorpresiva con ánimo de empastar sin romper la armonía (complicado, a veces, con tanta mezcolanza). Cervantes tomó a ese personaje del folclore, a ese pícaro hijo de la piedra, para comandar su comedia, un tipo de gran comprensión que debe adaptarse a las entendederas de los paisanos con los que se encuentra («Pan por pan, vino por vino, se ha de hablar con esta gente»); es como el «mudable Proteo» (comentaba Ovidio), el dios marino capaz de metamorfosearse en cualquier ente. De esta forma, nuestro protagonista aspira a ser: «patriarca / pontífice y estudiante, / emperador y monarca:/ que el oficio de farsante todos estados abarca». De esta forma, convirtiéndose en cómico, gracias a la llegada de una compañía ya al final de la obra, logra su cometido inicial. Será entonces, cuando Cervantes vuelva a valerse de los recursos del metateatro (tan manido ya en nuestros días) y el propio Rafter lo explote desde el principio, en lo que quizás sea la mayor pega que se le puede poner. No me acaba de convencer el hecho de que don Miguel pulule con sus espectros en una especie de work in progress. Todo un breve catálogo de costumbres es esta función que se te pasa en un santiamén. Volvemos a la lucha de los de arriba contra los de abajo, de los listillos contra los atontados, de los pueblerinos contra los refinados; el mundo del hampa y los gitanos, el de los nobles, la religión, la justicia y otros espacios propicios para la hipocresía. Desde luego, su estructura es más novelística que dramatúrgica si nos fijamos en los usos lopescos de la época. Sería en torno al 1611, casi al final de su vida, cuando Cervantes escribió, en un intento más de plasmar su auténtico sueño de haber triunfado en las tablas, esta obra que llegaría a formar parte de las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615). Entre las historietas que configuran todo el entramado, resalta aquella que tanto se parece a La gitanilla, también aquí contamos con un equívoco parecido, donde lo libidinoso se sobrepone al amor. Muy complejo sería llevar al tapiz este espectáculo que, además, nos sirve para inaugurar la Sala Tirso de Molina, situada en el piso quinto del Teatro de la Comedia, si no contáramos con un reparto lo suficientemente avispado y dispuesto para la jarana, para lo serio y lo estrafalario, para entrar y salir de la ficción. Como ya se ha comentado, se introduce al propio autor en escena, como un Pirandello adelantado a su tiempo, que recoge a unos comediantes ávidos de papeles fascinantes que les infundan vida. Daniel Alonso de Santos se convierte en el Manco de Lepanto, con excesiva juventud como para que no resulte algo extraño. Cada uno de los actores disfruta de ciertos momentos para sobresalir: Kev de la Rosa (mucho menos desorbitado que en Los desvaríos del veraneo) caricaturiza a un rey que babea por la gitanilla; también muy cómico en su papel de Tarugo, junto a su compadre David Soto haciendo de Sancho Macho, puro esperpento de la judicatura. Ambos flanquean al alcalde, un Aleix Melé grotesco y henchido de estulticia. Lo tiene fácil Jimmy Castro para destacar en sabiduría popular con Pedro de Urdemalas; el intérprete despliega sus dotes y su experiencia para apoderarse de la función, casi convertido en hombre orquesta, cajón y guitarra al pecho, para cantar y bailar y manejar los hilos que dirigen al resto. Le da excelente cobertura David Castillo, extraordinario como Clemente, igual de zoquete que enamorado, ágil en sus movimientos y en el disfrute que expele. En cuanto a las féminas, tenemos a las dos gitanas, Inés y Belica, dándole brío al asunto, ingeniosas, tanto Sara Sánchez como Silvana Navas, quien luego tiene la oportunidad de lucirse con su desparpajo frente al rey. Por otra parte, nos encontramos con Cristina Arias, que sabe darle hondura a su Silerio. Cierran el elenco, las dos mujeres que me parecen más espléndidas; por un lado, Natalia Huarte, que se luce totalmente (continúa en El perro del hortelano), tanto en el papel del escribano, muy jocoso, como en el de Maldonado, conde de gitanos, todo un arte de señoritismo y chulería callejera; y, por otro lado, a Carolina Herrera, de quien ya he afirmado en otras ocasiones (en verano la vimos en Addio del passato) que tiene unas grandes aptitudes y que sabe jugar con las emociones con verdadero carisma; la astucia que le imprime tanto a su Clemencia como a la reina son inmejorables.

En definitiva, en Pedro de Urdemalas el espectador se va a encontrar de todo, chistes de aquí y de allá, guiños inesperados (versos de Shakespeare, por ejemplo), la mujer de la limpieza colándose en la obra, temas musicales que van desde el flamenco a Roberta Flack (como si la interpretara el Príncipe Gitano) y otros cantes que se marcan entre todos. Una escenografía mínima para un grupo de actores en pleno ensayo, con los abrigos colgados de las perchas. Y un vestuario audaz de Adela Velasco y Mª José Peña que recorre suavemente varias época y viste a Jimmy Castro como un torero bandolero. Afortunadamente, las modernizaciones han obviado los cachivaches tecnológicos y no localizamos versos de compadreo con el respetable sobre asuntos de la actualidad, y eso hay que agradecerlo. El trabajo en este terreno de la Compañía Nacional de Teatro Clásico es fundamental y necesario; y es una noticia fantástica que se haya habilitado un nuevo espacio para este tipo de obras. Esto va en la buena dirección.

Pedro de Urdemalas

Autor: Miguel de Cervantes

Versión: Jerónimo López Mozo

Dirección: Denis Rafter

Elenco: Daniel Alonso de Santos, Jimmy Castro, David Castillo, Cristina Arias, Carolina Herrera, Aleix Melé, Kev de la Rosa, David Soto, Silvana Navas, Natalia Huarte y Sara Sánchez

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Vestuario: Adela Velasco y Mª José Peña

Movimiento escénico: Helena Ferrari

Utilería y escenografía: Víctor Navarro

Canto: Juan Pablo de Juan

Iluminación: Manuel Luengas

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 22 de enero de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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