Sueño de una noche de verano

La nueva adaptación de esta curiosa comedia de Shakespeare entretiene mucho con su aire juvenil

Foto de Sergio Parra

Los aficionados al teatro pueden recordar las últimas adaptaciones que se han podido ver por estos lares: aquella coreana de corte animista y la que dirigió Darío Facal en el Matadero. Quien le mete ahora mano, y mucha, es Carolina África; y hemos de reconocer que ha logrado dejarla no solo en lo esencial, sino con una frescura en el lenguaje que, si bien la aproxima al entorno juvenil; también propicia el dinamismo. Está, además, trufada de ironías, de guiños al presente y al respetable. Resulta bastante desenfadada, incluso entrañablemente dickensiana (sobre todo, al principio, con la entonación del «All I Have to Do is Dream», de The Everly Brothers). A todo ello le pone un ritmo idóneo y atractivo la dirección de Bárbara Lluch. Así que, desde el inicio, nos adentramos en la ensoñación, sabiendo que esta obra de Shakespeare es, como poco, sui géneris. Es más, ¿es una pieza unitaria o es un entreverado de cuentos sin un desarrollo enteramente consistente? Porque ninguna de las tramas profundiza en demasía, y valen más como ejemplos del amor que se imbuye de la magia y de sus contradicciones. Por eso identificamos las influencias de la materia de Bretaña o de Apuleyo o de Ovidio o de la mitología celta. Y si queremos quedarnos con alguna pareja de enamorados, ¿con cuál nos quedamos? Pues con ninguna, porque los dos personajes más atractivos son Puck y Bottom. Ellos son los que mueven el cotarro, los que divierten con sus travesuras o con sus ingenuidades. Y el contraste entre ellos es excepcional. Sigue leyendo

Otoño en abril

Carolina África continua en su indagación costumbrista de nuestro presente para trazar una obra cargada de melancolía

Como si fuera la segunda etapa de un ciclo estacional, llega esta obra solapada a su Verano en diciembre. Vuelve el costumbrismo de nuestros días, vuelven las mujeres alejadas de los hombres, vuelve el impás y, esta vez, con una melancolía y un desasosiego que se amasa imparable. La vida discurre en una familia compuesta por una viuda y sus cuatro hijas. Una de ellas trabaja en África y, apenas, intervendrá en la obra; mientras que los otras tres aún necesitan vincularse al hogar materno. Tiene mucho el texto de impotencia, de incapacidad para volar solas en la etapa adulta con cierta holgura. En todo lo que se elide, que es mucho y quizás demasiado, no existe un retrato sociológico de nuestra época; pero cualquier espectador entiende que la precariedad laboral o las dificultades que existen para tener un hijo señalan el devenir de estas chicas. La experiencia con la maternidad mientras escribía este trabajo sirvió a la dramaturga para focalizar, en gran medida, las cuitas de Alicia, que interpreta Beatriz Grimaldos (papel que también ha interpretado la autora). Una mujer que decide tener un hijo «sola», después de quedarse embarazada de un amante (casado). Una hippie, sin muchos posibles, que vive alejada de la ciudad y que espera su independencia definitiva. Lanzada a la aventura; aunque con un colchón temporal en el piso de su madre. La actriz refleja el sufrimiento de un parto sobrevenido antes de tiempo, peligroso y que ha dejado a su hija, Abril, en una incubadora. Sigue leyendo

El desdén con el desdén

La obra de Agustín Moreto se traslada a los años 60 para recrear el mito de Diana en un espectáculo de diálogos estratégicos

Lo que se lleva haciendo con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico es sencillamente fenomenal, porque aúna en su haber una buena cantidad de virtudes. Primero el buen hacer, después la frescura de las modernizaciones (sin muchos excesos), un didactismo en el mejor sentido (esto conecta verdaderamente con los adolescentes y nuevos públicos) y, además, un respeto y homenaje a nuestras mejores plumas. Baste recordar, por ejemplo, La villana de Getafe, Pedro de Urdemalas, La dama boba o Los empeños de una casa; para darnos cuenta de que El desdén con el desdén suma un nuevo acierto. Desde luego, la versión de Carolina África no chirría en ningún momento y el verso vuela de principio a fin en ese nuevo contexto de los años 60 del siglo pasado. Y la dirección de Iñaki Rikarte parece inmejorable; puesto que explota al máximo una obra que, desde mi punto de vista, a nuestros ojos actuales, puede resultar un poco cargante al final por falta de subtramas. Eso no quita para sea enormemente divertida y entretenida para los espectadores en general. El argumento es una batalla psicológica donde la estrategia se debe imponer absolutamente a los deseos irrefrenables. Ir de farol hasta el extremo de arriesgarse a perder todo en el último segundo por vencer. Sigue leyendo

Vientos de Levante

Carolina África escribe y dirige un drama existencial que se debate entre la melancolía y el optimismo

No viene la dramaturga a exponernos un carpe diem, por mucho que algunos personajes se vean abocados a la vida con emociones exprés o a atrapar instantes que aparten las perturbaciones que real y metafóricamente traen los vientos levantinos. No, Carolina África ha concretado un drama existencial que expresa sinceramente cómo algunos encuentran vías de escape a su propio devenir; pero también cómo esas situaciones no implican una respuesta definitiva para los callejones sin salida. Sin acicate suficiente, Ainhoa, una periodista desencantada, viaja en tren hasta Cádiz para encontrarse con su amiga Pepa, una sicóloga pluriempleada que trabaja en un centro siquiátrico y en la planta de paliativos de un hospital. Carolina África se incluye en la primera como si se aproximara con cautela, como si debiéramos observar todo lo que ocurre con su mirada precavida ante un ambiente que desconoce en esa especie de huida o de búsqueda; por eso su personaje y su interpretación se dejan crear por el resto, unos individuos más perfilados. Sigue leyendo

Festen

Magüi Mira versiona el transgresor film que puso en marcha los presupuestos del Manifiesto Dogma

Foto de marcosGpunto

Celebración (Festen) de Thomas Vinterberg fue, como sabemos, todo un acontecimiento cinematográfico; puesto que, además, de su hálito vanguardista, era la primera película bajo el Manifiesto Dogma, el cual, paradójicamente, pretendía regresar a procedimientos «rudos» de hacer cine, como reacción a la desmedida y artificiosa tecnologización. Magüi Mira nos presenta la versión teatral, aunque no podremos obviar la comparación con la versión fílmica. Lo primero que se debe señalar es que estéticamente se ha optado por una depuración de las formas, por un minimalismo maniqueo donde el blanco y el negro predominan ante la presencia fantasmagórica en rojo de Linda. La iluminación fluorescente y aséptica de José Manuel Guerra incide en la excesiva tibieza de algunos personajes. Las gradas enfrentadas de público dejan que los actores se paseen delante de nosotros, a poca distancia. Sigue leyendo

Verano en diciembre

El entrañable relato de una familia donde cinco mujeres intentan dar sentido a sus vidas

Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

La querencia de muchos autores a lo largo de la historia dentro la literatura hacia el costumbrismo es pertinaz; sin ir más lejos, la temporada anterior, en la misma sala en la que ahora se escenifica Verano en diciembre, contemplábamos la recuperación de La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo. La clara desventaja de relatar costumbres por todos reconocidas, es precisamente ese reconocimiento. Si en el pasado resultaba intrigante dar cuenta de cómo vivía el vecino de aquí o de allá; hoy, en la era donde la vida privada y la intimidad han sido regaladas por todos a la humanidad, puede provocar, en el mundo del espectáculo, un mareante girar sobre nosotros mismos destinado a aplacar nuestras angustias vitales: sí, los demás también sufren; sí, los demás también intentan sortear el sufrimiento. Se nos relatan costumbres en las series de televisión a todas horas, la mayoría de las novelas escritas en España durante los últimos treinta y cinco años describen los modos de vida de las gentes que nos rodean como si no tuviéramos ojos; los monólogos de humor blanco que se han apostado en las pantallas exageran levemente, una y otra vez, nuestros tics, nuestros prejuicios y, por encima de todo, nuestras costumbres. Carolina África ha escrito la historia de una familia donde cinco mujeres de generaciones distintas procuran engarzar sus vidas desde la confianza y, a la vez, desde la peculiaridad de cada una de ellas. No deja de ser un grupo de individuos reconocibles en sus modos, en su forma de hablar, en sus chistes, en sus hábitos y, también, en sus penurias. Tenemos a tres hermanas treintañeras: Paloma, interpretada con esa melancolía incrustada de aquellos que ni ven cumplidos sus sueños, ni apenas sueñan ya, aún permanece en casa con su madre y su abuela; allí acude con frecuencia Alicia, una pintora sin demasiado éxito y con problemas amorosos, a la que Carolina África infunde poderío y lucha, pero también ocultos temores; finalmente, está Carmen (en esta ocasión interpretada por Laura Cortón), uno de los personajes mejor construidos, con tantos matices sobre la falta de madurez de una madre egoísta que se resiste a abandonar los placeres de la juventud, se muestra graciosa, algo macarra e insultantemente embaucadora. Luego está la matriarca, esa típica señora de misa diaria de las que aún quedan, metomentodo, pero con una moral a prueba de bombas (su generosidad es extraordinaria) y que Pilar Manso luce dramáticamente con toda esa panoplia de gestos, maneras y dichos que producen tanto dinamismo. Por último, el fulcro sobre el que pretenden equilibrarse las demás, es la abuela Martina, que entre la frescura que le pone Lola Cordón y su comprensión de un tiempo y un espacio que se mezclan de forma incoherente en su cabeza, la obra se torna entrañable, vivaz y verdadera. Sigue leyendo