Mi niña, niña mía

Natalia Menéndez dirige esta obra sobre las vidas de dos mujeres destinadas a encontrarse tras el horror del Holocausto

Foto de Sergio Parra

No son pocos los textos españoles que se ocupan de algún aspecto relacionado con el Holocausto nazi y es fácil relacionar esta obra que nos compete con Himmelweg de Juan Mayorga, al menos en una serie de cuestiones. En ambas ―aunque con personajes antagónicos―, el teatro sirve como forma de «salvación», ya sea para sobrevivir ante el horror de la muerte a tu alrededor o, como en aquella, para evadirte de tu propia responsabilidad sangrienta. Además, de ello, se repite el consabido engaño y simulación ―tantas veces repetido en tantos lugares― frente a la comprobación de la Cruz Roja de que aquel campo de concentración de Terezin era un campo de trabajo, y que en él se cumplían con los derechos humanos. Una farsa sin parangón. Goizalde Núñez se mete en la piel de una joven judía (luego llegará a ser actriz) que observa cómo de un día para otro ella y muchos más son introducidos a lo bruto en trenes atestados de inocentes. Se establece en el montaje un inicio elocuente, espectacular y hasta misterioso (la noche se envuelve en un manto y el sonido crea la atmósfera de temor). A través del monólogo, confundido con el pensamiento, se nos van relatando cada una de sus penosas situaciones. Todas esas rutinas, especiales para las mujeres (véase, por ejemplo, la película de Gillo Pontecorvo, Kapo), para después verse en el peligro constante del abuso sexual. Ciertamente, Mi niña, niña mía, no es una propuesta sórdida; sino que juega con una imaginación «esperanzadora» que, incluso, se permite el baile y una alegría henchida de bondad hogareña. Encontramos tristeza, claro; pero también una fuerza que parece rodearse de la ternura y que luego se convertirá en interpretación dramática, cuando se introduzca en el grupo de teatro de aquel infausto lugar. La dinámica de la función resulta sugestiva en los dos primeros tercios; pues se establecen dos líneas paralelas que juegan a marcar contrastes y similitudes entre el pasado y el presente, a través de diversas metáforas más o menos audaces. Porque el otro relato va de la mano de Ángela Cremonte, una entomóloga que también procede con el monólogo interior, desde su excursión nocturna en la montaña con sus esquíes, hasta el laboratorio, donde cuida de sus «bichos»; y que verá cómo, de forma sorpresiva, se le presenta la oportunidad de descubrir su origen. Nos introduce en la personalidad de una chica con miedos a la oscuridad y que se hipnotiza con el brillo de las luciérnagas. La metáfora se traslada hasta el desenlace como el contraste vitalista de un mundo que se ha enfrentado al abismo. Ambas actrices proceden con la mirada puesta en el futuro, en el empeño por avanzar, ya sea para encontrar el acomodo e, incluso, la felicidad después de la reclusión; ya sea, para desarrollarse como científica embargada por la fascinación del mundo peculiar de los insectos. Para las dos tramas, parece que se vuelcan todos los recursos escenográficos y la directora, Natalia Menéndez, aprovecha generosamente el espacio y cada una de las posibilidades que le ofrece la estupenda escenografía de Elisa Sanz, quien perfila varios planos de acción muy bien organizados (las literas con todas esas seudocamas, donde se apilaban los cuerpos; las estanterías que atisban un laboratorio, etc.). Además, en la función tienen una presencia importante las videoescenas de Álvaro Luna, que se proyectan en distintas fases de la obra y de maneras muy diversas, logrando escenas muy sugerentes (la nieve o las luciérnagas, por ejemplo). Esos elementos artísticos, el buen hacer de las actrices, las emociones tan humanas y sentidas que se traslucen de un texto intimista y pensativo de Amaranta Osorio e Itziar Pascual, son lo mejor de una propuesta que se transforma en convencional en la resolución. Aunar las dos semblanzas, hacernos comprender la relación entre esa anciana y esa investigadora ―cuando ya la sospechábamos―, y desgranar detalles de una forma bastante realista y expeditiva, le quita encanto al proyecto. Es decir, se rompe un tono, un perspectivismo donde se intercalaban los saltos temporales de cada relato para confluir en algo poco original. Ello no es óbice para que el conjunto conserve una manera significativa de aproximarse a la entereza de unas mujeres en el reencuentro de sus destinos.

Mi niña, niña mía

De Amaranta Osorio e Itziar Pascual

Dirección: Natalia Menéndez

Reparto: Ángela Cremonte y Goizalde Núñez

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE)

Iluminación: Juanjo Llorens (AAI)

Música: Luis Miguel Cobo

Videoescena: Álvaro Luna (AAI)

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Ayudante de escenografía: Lúa Quiroga (AAPEE)

Ayudante de videoscena: Elvira Zurita

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦

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