Una vida americana

El viaje de una familia a Estados Unidos en busca de un padre ausente durante muchos años

Lucía Carballal es, por méritos propios, una dramaturga muy a tener en cuenta en el género de la dramedia. Precisamente, equilibrar con inteligencia las cuestiones existenciales que pueden derivar en angustia y en conflictos emocionales paralizantes, con unas dosis de humor sarcástico, es el gran dominio de la dramaturga. Pero añadiría una característica que me parece más señera y que ya señalé tras asistir a la función de Los temporales: la escritura de estos diálogos es propia de los mejores guionistas televisivos de los últimos años en España; son punzantes, originales, de gran amplitud irónica; a veces, brutales, entrometidos. El lenguaje lo podemos identificar con el empleado en una serie como Aída. Creo que es un referente ineludible en cuanto que abordaba temas duros como la droga, el presidio, la prostitución, la inmigración en los barrios de clase obrera o la homosexualidad, todo ello manifestado con cariño y vitriolo en una lucha sin cuartel. Aquí, en Una vida americana, la atmósfera es más suave, se han perfumado los aires del Tetuán madrileño (últimamente de actualidad por la conflictividad de algunas de sus calles) con el melodrama de Tennessee Williams en un lugar como Minnesota. Porque allí se han ido los Clarkson, una familia que siempre ha sido peculiar, desde que la madre, Paloma —interpretada por Cristina Marcos, quien desarrolla, en parte, su papel en Cuéntame, aunque con más alegría y estoicismo— se casó con un estadounidense. La actriz sabe asentar ese tono suyo tan particular, simbolizado por una mueca entre tímida y satisfecha, un gesto que aúna modernidad y valentía (mantiene un noviazgo con una mujer peruana), sensatez y paciencia, para asumir la educación de unas hijas que se encuentran en una etapa de maduración repleta de dificultades socioculturales y emocionales. Por una parte, está Robin Rose, una joven sumida en la indefinición de la identidad sexual, también atiborrada de teoría —supuestamente es una experta y podría llegar a impartir conferencias—, hecho que se escenifica acogiéndose lingüísticamente a ese género neutro que se han inventado para el español y que ha tomado la terminación en –e, como una solución más reivindicativa que eficaz y gramaticalmente viable. Ella no es ni él, ni ella, sino «elle». Esto favorece un juego humorístico que se extiende a lo largo del montaje sin alcanzar el absurdo. Vicky Luengo encarna a este personaje con soltura envidiable, con un macarrismo bravo y con esa furia de quien teme a la oscuridad y al futuro. Aunque la verdadera protagonista es Esther Isla, la cual lleva encadenando actuaciones memorables en las anteriores temporadas (Los desvaríos del veraneo, Tartufo o Por toda la hermosura), despliega sus dotes dramáticas con Linda, una muchacha apegada a una fantasía, a un padre ausente del que apenas quedan vestigios idealizados dulcemente (como alguna canción de Mecano) y que ha arrastrado a su familia a esa aventura en caravana por el bosque, junto al lago, a miles de kilómetros de casa, con la idea de retomar la vida ilusionante que pudo haber sido, una vida que las sacara del barrio mental que, quizás, las ha dejado anquilosadas. Esto no va del sueño americano tal y como lo conocemos, aquí el sueño tiene más que ver con la nostalgia, con las oportunidades perdidas, con el desencanto del presente y con un concepto de libertad y de felicidad que representaba aquel señor venido de tan lejos, de un país más avanzado. Esto va de resolver dudas existenciales, de superar un complejo de Electra que tampoco le permite mantener una relación consistente con su novio, un César Camino que también ha cogido el mismo vuelo para conjurarse en ese aquelarre emocional de Linda. Él es un chico de origen judío que, de igual forma, carga sobre sus espaldas la losa de la religión, de la etnia y del pueblo grabado en los genes desde el nacimiento; unas tradiciones que ni abraza, ni rechaza definitivamente. Es otro punto más de rareza, de exotismo que sumar a esa familia sui géneris. Y el actor contrapesa con su tono algo pánfilo, el arrebato y el ímpetu de esas mujeres. Traumas para todos en una comedia de situación que tiene como única pega que dé demasiadas vueltas sobre sí misma, enredándose, justamente en el viaje, en ese entorno de umbroso, arboledas, banderas americanas y una caravana que se eleva unos cuantos metros para configurar una escenografía, esta de Alessio Meloni, que nos deja observar su realidad en diferentes planos y con espacios para recrear diversos ambientes —gracias, además, al magnífico trabajo de luces de Luis Perdiguero. Víctor Sánchez Rodríguez dirige el montaje con un buen sentido del ritmo para cerrar una trama de tintes almodovarianos que tiene garantizada el éxito.

Una vida americana

Texto: Lucía Carballal

Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez

Reparto: César Camino, Esther Isla, Vicky Luengo y Cristina Marcos

Diseño de iluminación: Luis Perdiguero

Escenografía: Alessio Meloni

Vestuario: Guadalupe Valero

Música: Luis Miguel Cobo

Ayudante de dirección: Antonio Escámez

Ayudante de producción: Sara Brogueras

Producción ejecutiva: Jair Souza-Ferreira y Elisa Fernández

Comunicación: Pepa Rebollo

Dirección de producción: Miguel Cuerdo

Una producción de La Zona

Teatro Galileo (Madrid)

Hasta el 4 de marzo de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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2 respuestas a “Una vida americana

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