Los temporales

Un coach visita a los empleados de una ETT para una sesión que desencadena todo tipo de conflictos internos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya sabemos que lo último de lo último es que seas feliz en el trabajo. El nuevo mantra ha sustituido aquel otro de que el trabajo dignifica al ser humano (y el stajanovismo fortalece a la patria). Alienaciones. El mundo laboral se ha desencorsetado estéticamente para que te sientas como en casa. Se han tirado las paredes, han llegado los colorines, la música relajante (o acelerante, dado el caso), las ludotecas para mayores con piscinas de bolas, dianas con dardos, mesas de ping pong y de billar, gimnasio. La confraternización profunda con todos tus compañeros como si fuera una secta con propósitos trascendentales. Viste como quieras, todos somos hipsters. Tu jefe es tu colega. Siéntete como en casa. Quédate 14 horas seguidas, somos un equipo (somos tu familia). Cuando el estrés crece en tu interior hasta que te ves sentado frente a un siquiatra recetándote unos ansiolíticos, entonces puede que ya no haya marcha atrás, has quedado atrapado por un modo de vida similar al engranaje de una gran maquinaria. En una muestra de lo que podría ser este ambiente, nos encontramos en una empresa de trabajo temporal. Cuatro empleados reciben la visita de un joven coach, alguien avalado por las ventas de su libro-milagro, de su método de transposición de personalidades, un psicodrama en el que se intercambian los papeles y cada uno debe hacer de su compañero; un sistema, al fin y al cabo, para insuflarles altas dosis de absurda positividad, que es lo que hacen estos mercachifles que se nos cuelan por todos los lados. La cuestión es superar las crisis, fundamentalmente la de Olivia, una mujer desquiciada que ha sufrido un desvanecimiento y que parece dispuesta a tirar la toalla. Lorena López asume el rol con diferentes balanceos, nos puede ofrecer su semblante más derrotado o puede sacar fuerzas de flaqueza para imponerse furibunda frente a su gurú de pacotilla, como en un último hálito que la lleva hasta el extremo interpretativo. Es defendida, en primera instancia, por Carlos Heredia, quien encarna a René, un convencido sindicalista que aún se agarra a ciertos ideales. Se muestra algo más moderado, aunque bien plantado en escena. Por otra parte, nos encontramos a Nacho Sánchez, el joven, el nuevo, el que ya viene con menos ínfulas sencillamente porque tiene interiorizado que las cosas están como están, que si quieres bien y que si no ya sabes (las uvas de la ira). Él lo lleva con temple, asumiendo su posición, con pocas estridencias, muy seguro desde el principio hasta el final, demuestra que es un actor excelente. El susodicho ilusionista es David Boceta, que con expresión más templada vaga por la escena intentando no perder los nervios, dándose ciertos aires de experto en la materia. Respecto a los empleados queda algo tapado. En el desencadenamiento de cada uno de sus miedos y angustias personales, de sus deseos casi olvidados o de ese cuestionamiento existencial sobre su lugar en el mundo, Lucía Carballal se ha guardado una carta ganadora para el final que no podemos desvelar aquí. Estaba seguro de algún día llegaría. Mamen García, una actriz encantadora, una cantante cercana y emotiva, a la que hemos visto mucho en los últimos años, sin irnos muy lejos hace unos meses en Vania, aquí nos regala una actuación entre la parodia y el atrevimiento del amateur que hará las delicias de muchos. Representa a una mujer atrapada por su empleo, frustrada por la imposibilidad de llevar a cabo su verdadera vocación; se sostiene en su aire de tristeza y whisky. Ella misma lo canta: «But I’m holding on for dear life» (no daremos más pistas).

Víctor Sánchez Rodríguez se ha puesto a dirigir este proyecto perteneciente a los trabajos de investigación que organiza el Centro Dramático Nacional y ha sabido cohesionar las diferentes escenas de un texto que incluye formalmente varias capas de ficción en la ficción; únicamente pondría como pegas que poco antes del final se pierde un poco de fuelle, que se sube tanto en el encuentro tan explosivo entre el coach y Olivia que luego cuesta retomar un poco; además, la deriva hacia la que se dirige la protagonista queda un tanto edulcorada en el desenlace (aunque, afortunadamente, no es el final definitivo). Ha contado con Mireia Vila para crear una escenografía que representa excelentemente esos paraísos artificiales (pero de verdad) en el que se han convertido algunas oficinas.

Los temporales descarga con furia y sarcasmo melancólico sobre nosotros las vidas ejemplares de unos individuos encerrados en una cárcel kafkiana de colorines, donde se come de picnic y en la que cada empleado es tomado estrictamente por gilipollas al pretenderle convencer de que cambiando el envoltorio los caramelos de mierda saben mejor. Y lo peor de todo es que cualquier atisbo de lucha queda muy lejos después de esta desintegración a la que se ha visto sometida la sociedad. Todos contra todos como nunca. Lucía Carballal ha tenido la enorme virtud de infundirle la ironía que nos permita tragarnos hasta la carcajada tamaña hecatombe personal.

Los temporales

Autora: Lucía Carballal

Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez

Reparto: David Boceta, Mamen García, Carlos Heredia, Lorena López y Nacho Sánchez

Escenografía: Mireia Vila

Arreglos musicales: Víctor Lucas

Ayudante de dirección: Carlos Amador

Diseño de cartel: Isidro Ferrer

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 19 de junio de 2016

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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