Como una perra en un descampado

Clàudia Cedó nos entrega un texto teatral sobre su propia experiencia en su embarazo desgraciadamente fallido

Foto de Kiku Piñol

La medicina y la higiene han avanzado tanto que ya nos hemos olvidado de todos esos niños que hasta hace bien poco se morían al nacer (y sus madres, a veces, también). Que aquello fuera habitual y ahora altamente excepcional ―según afirman las estadísticas―, destina a los futuros padres a tensiones indecibles; pues vivimos bajo una atmósfera de inmortalidad. Nos han sobrevenido miedos antes inexistentes, pues la vida te exponía a situaciones en apariencia inevitables. Clàudia Cedó ha decidido convertir en drama su experiencia personal (sobre un tema parecido se lanzó Gemma Brió con su exitoso Liberto), ese momento en el que se llega a un punto de no retorno, a esos cinco meses de embarazo en los que el líquido amniótico ha desparecido y continuar con el proceso supone un altor riesgo para el bebé. ¿Qué hacer? Este hecho trascendental, duro y moralmente controvertido es explotado con maestría para destinarnos al instante de la agonía. O, al menos, así parece en los primeros compases del espectáculo; porque después, una trama paralela poco fructífera y la falta de hondura en la indagación de la pareja, desinflan el montaje. Primeramente, es conveniente destacar la escenografía de Max Glaenzel, un descampado que inunda toda la tarima de la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, con el público pisando esa arena sucia ahíta de cachivaches (un capó destartalado, ruedas abandonadas, cajas descompuestas y aparatos estropeados). Estar metidos tan adentro en el espectáculo nos aproxima a ese mundo onírico y tenebroso al que se nos anima a participar. Sigue leyendo

Mi película italiana

La dramaturga Rocío Bello firma esta historia familiar que deambula entre el sarcasmo y el tenebrismo

Foto de Sergio Parra

De por qué se llama Mi película italiana nos enteramos bien pronto; a través de ese preludio tan prometedor con Camila Viyuela, que hace de nieta, en la dulce expresión de su relato descriptivo (que después se abandone este procedimiento es de agradecer), primeramente, idealizado; luego veraz. Rocío Bello, la dramaturga gallega, se ha montado en su cabeza una de Visconti o de Rossellini o de De Sica o de Pasolini (aunque también hubiera podido ser Berlanga o de Ferreri con Azcona mediante). Crear una atmósfera macilenta y satírica, lucense y onírica, costumbrista y esperpéntica era un reto que se logra a medias. Porque en la disposición de la trama en los primeros compases, uno atisba un tono y un ritmo; a continuación, este se diluye por vericuetos más prosaicos. El centro de atención sobre el que gira el montaje es Anna (por la Magnani), una Teresa Lozano tan aviesa como repelente; tan puntillosa en el control de sus hijas que resulta mutiladora de cualquier emancipación madura. Ni por asomo me la figuré como una mamma italiana; sino como a una señora gallega (aquí no hay acentos porque estamos en clave fabulística) que más me la creo como una Carmen Sotillo algo harta de cuidar a su marido y con ganas de tener libertad ―si es que esta no es un abismo una vez llegue el momento―. Sigue leyendo

El idiota

Una ajustada versión de la novela de Dostoievki sobre la posibilidad de un «hombre bello» para la sociedad

Gerardo Vera no tuvo suficiente con abordar al Dostoievski de Los hermanos Karamázov, una obra con mayores tensiones internas y trascendentes que esta que ahora nos compete. Porque El idiota, cuando su argumento se reduce al acontecimiento teatral y la trama se vertebra con un movimiento tan eficaz como poco asentado en la maduración de los sentimientos, da una sensación ―sobre todo si nos fijamos en el tramo final― de convertirse en un vaivén oscuro y bizantino sobre las impotencias del amor haciéndola más romántica de lo que verdaderamente es. Se puede comprender la elección de Fernando Gil para encarnarse en el príncipe Myshkin, desde una perspectiva paradójica; quiero decir, colocar al actor más alto y grande para interpretar al personaje más endeble. Pero ciertamente no me parece lo más coherente. Por ejemplo, si nos detenemos en dos de las adaptaciones cinematográficas más sobresalientes, la de Kurosawa y la del ruso Ivan Pyryev, el efecto de observar a unos jóvenes veinteañeros, machacados por la epilepsia y caracterizados naturalmente por la fragilidad y una bonhomía exultante por momentos. Fernando Gil, desde luego, realiza un trabajo excepcional y se entrega a fondo con una forma de expresión vocal que permanentemente nos indica que es un individuo que se piensa todo lo que va a contar. Sigue leyendo

Una vida americana

El viaje de una familia a Estados Unidos en busca de un padre ausente durante muchos años

Lucía Carballal es, por méritos propios, una dramaturga muy a tener en cuenta en el género de la dramedia. Precisamente, equilibrar con inteligencia las cuestiones existenciales que pueden derivar en angustia y en conflictos emocionales paralizantes, con unas dosis de humor sarcástico, es el gran dominio de la dramaturga. Pero añadiría una característica que me parece más señera y que ya señalé tras asistir a la función de Los temporales: la escritura de estos diálogos es propia de los mejores guionistas televisivos de los últimos años en España; son punzantes, originales, de gran amplitud irónica; a veces, brutales, entrometidos. El lenguaje lo podemos identificar con el empleado en una serie como Aída. Creo que es un referente ineludible en cuanto que abordaba temas duros como la droga, el presidio, la prostitución, la inmigración en los barrios de clase obrera o la homosexualidad, todo ello manifestado con cariño y vitriolo en una lucha sin cuartel. Sigue leyendo

El juego del amor y del azar

Rubèn de Eguia sobresale como Arlequín en esta obra de Marivaux dirigida por Josep Maria Flotats

juego-del-amor-y-del-azar-4Cuando uno acude a ver una obra promovida por Josep Maria Flotats, sabe que la calidad estará por supuesta y que los detalles cuidados al máximo depararán una noche de teatro genuina. Para esta ocasión el dramaturgo elegido es Marivaux (1688-1763) y su obra El juego del amor y del azar. Volvemos al XVIII, al neoclasicismo y a ese mundo francés que tanto le gusta al director, como pudimos comprobar no hace mucho con Beaumarchais o La cena. Sigue leyendo