Tartufo

El clásico de Molière es modernizado hasta lograr un pastiche que disuelve sus fundamentos

Foto de J. Suárez
Foto de J. Suárez

Venezia Teatro me había dejado un buen sabor de boca con Los desvaríos del veraneo que presentaron hace unos meses, supieron darle brío al texto de Goldoni y nos hicieron pasar un buen rato. Muy diferentes sensaciones nos genera este Tartufo que, con aquello de las modernizaciones, se presenta delante de nuestros ojos como un pastiche sin rumbo al que se le han usurpado la esencia. Si como afirma el director de este montaje José Gómez-Friha: «La religión en el Tartufo es para mí anecdótico» (sic); entonces, ¿cuáles deben ser los fundamentos morales del gran protagonista (aunque la obra comience con su voz emitiendo rezos)? Esta es una cuestión elemental, puesto que la versión de Pedro Víllora ha reducido los personajes y ha hecho desaparecer, entre otros, a Cleanto, el cuñado de Orgón, con el que debería tener una serie de conversaciones propicias para concretar la impostura que se está llevan a cabo. Y es que esta función va derivando paulatinamente hacia la parodia y hasta, en ocasiones, la astracanada. Debo reconocer que comienza con fuerza y que la comicidad entra en acción enseguida. La ironía será constante y los minutos de diversión, como luego comentaré, trufan el espectáculo con verdadero ingenio y desparpajo. Inicialmente, Madame Pernelle, la madre de Orgón, bravamente encarnada por Vicente León, es capaz de lanzar acusaciones casi inquisitoriales a los habitantes de la casa, echándoles en cara la desfachatez de sus tratos sociales. Es ahí cuando se marcan los dos bandos: de rojo, los defensores de Tartufo, y de verde, sus contrarios. Rápidamente destaca Esther Isla en el papel de Dorina, una criada que va a tener una gran relevancia por la capacidad que posee para defender los derechos de las mujeres y por la necesidad de destapar el fraude. Su lengua es tan afilada como su astucia, ella no calla las evidencias y nos muestra, con gran jocosidad, su dicción veloz y puntillosa. Lamentablemente, no se manifiestan al mismo nivel ni Mariana, a la que Nüll García vivifica con cierto retraimiento, sobre todo al principio, ni su prometido, Valerio, encarnado por un Ignacio Jiménez, al que le falta virilidad para solventar el entuerto; mejor en la ternura. Completa el equipo de los desenmascaradores, Marian Álvarez, una actriz que sabe plantarse en la escena y que nos ofrece su seguridad como Elmira, la esposa de Orgón; además, le han diseñado su momento de falsa provocación a lo Rita Hayworth. Precisamente, su marido, nuevamente interpretado excelentemente por Vicente León, con suficiente delicadeza expresiva, se aproxima al pánfilo abducido que se lo cree todo, casi más por impresión estética que por otra cosa. Porque lo de Rubén Ochandiano con su Tartufo parece propio de iluminados, de místicos en la lisergia new age. Nada que objetar a su actuación, tiene madera de estrella (solamente hay que ver el cartel), pero nos lo lanzan a la tarima como si fuera Drácula recién levantado de su ataúd. Su gestualidad es casi una caricatura, aunque luego va adoptando la pose de un tipo que controla absolutamente la situación. Y es aquí donde la función se desequilibra ─bien es sabido que la entrada del protagonista se retarda hasta el acto III─, porque la acción se precipita y los diálogos se vuelven explicativos en lo referente al asunto de unos documentos que comprometen a Orgón y que, a la postre, pondrán en bandeja el chantaje. Pero volvamos al tema principal: ¿qué sustenta conceptualmente a este Tartufo? ¿Es un simple mentiroso? Si no propone un modelo de virtud, si no es un firme devoto ─porque en la adaptación han evaporado las cuestiones religiosas─, ¿dónde radica su hipocresía, su impostura? Es interesante, en todo caso, la conclusión; cambiada totalmente en la versión de Pedro Víllora y que sí se aproxima a muchas resoluciones judiciales que hoy en día leemos, donde suele ganar el más fuerte, ya sea el banco o el gran empresario o el político de turno. Y, por lo tanto, resulta coherente el discurso final de Ochandiano, recién duchado, despojado de sus rastas de eremita, digno de El lobo de Wall Street, un auténtico bróker capaz de cualquier cosa por la pasta.

Como suelen hacer los de Venezia Teatro, la escenografía tiende a la mínima expresión. El vestuario de Sara Roma cumple con el cometido simbólico de los colores, y le otorga una elegancia atemporal a los personajes. Musicalmente, a través de un aparato digital colocado en la pared, somos deleitados por temas melódicos de los años 40 y algo de Bach; abundando en la mezcla. Se percibe una cargante actitud de sorprender a toda costa en cada una de las escenas, como si no fuera bastante con el propio nudo de la cuestión. Ya sea dirigirse al público para flirtear con él, cambiar a un espectador de sitio, utilizar sorpresivamente expresiones plenamente actuales envueltas en un lenguaje cortesano, hablar con la regidora, enseñar un camiseta con el símbolo de V de Vendetta, jugar sin mucho efecto al teatro dentro del teatro, y todo un sinfín de guiños para agraciar al personal. Lo comentado se sintetiza en la sensación de que se ha simplificado a Molière en pos de un entretenimiento que logra verdaderos momentos de humor, pero que donde la comedia de costumbres, que debería ser, se diluye y donde el ataque y la crítica a ciertas fuerzas vivas queda a nuestro esfuerzo interpretativo. Desde luego, no se puede considerar, ni por asomo, que el hecho de que una familia burguesa (habría que ver si Orgón no recibe de su propia medicina) sea expulsada de su hogar, haga referencia al tema de los desahucios en España. La posmodernidad nos ha traído este tipo de modernizaciones que nos han deparado grandes eventos; pero no se pueden sustituir las esencias de los clásicos por dramaturgias esteticistas.

Tartufo

Dirección: José Gómez-Friha

Versión: Pedro Víllora

Reparto: Rubén Ochandiano, Marian Aguilera, Vicente León, Nüll García, Ignacio Jiménez y Esther Isla

Espacio escénico: José Gómez-Friha

Diseño de iluminación: Marta Cofrade

Diseño de vestuario: Sara Roma

Confección de vestuario: Rafael Solís

Diseño gráfico y cartel: María Lacartelera

Estilismo para cartel: Alicia Barón

Asesoría vocal: Rennier Piñero

Prensa: Josi Cortés

Distribución: Fran Ávila

Ayudante de dirección y producción: David Alonso

Producción: Venezia Teatro S.L.U.

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 11 de diciembre de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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