Rinoceronte

Pepe Viyuela protagoniza soberbiamente la versión sobre la obra de Ionesco dirigida por Ernesto Caballero

rinoceronte_galeria5Cuando todos se alejan atraídos por la fuerza descomunal del rinoceronte en pos de una metamorfosis de pequeños paquidermos, un hombre normal, un ser que duda, pero no demasiado, un hombre que bebe (demasiado) y que sencillamente aspira, sin heroicidades, a la conquista amorosa y a continuar anodinamente con su trabajo de oficinista, se erige como un antídoto de sensatez. Berenger es encarnado por Pepe Viyuela con esa actitud indolente entre melopeica y taciturna que debe apartar cuando las circunstancias le requieren una respuesta. Viyuela compone una actuación soberbia donde la actitud y la gestualidad mantienen la medida de las tensiones que van surgiendo. De alguna manera, se ve arrastrado por unas sinergias que la excelente dirección de Ernesto Caballero ha propiciado al plantear, junto a Paco Azorín, esa disposición orbital en la que los actores se mueven alrededor del patio de butacas desde el caos inicial hasta la quietud de la manada «rinoceróntica». Caballero, que es muy dado a aprovechar todo el espacio escénico disponible (esta vez emplea hasta varias butacas junto a los espectadores), como ya demostró en Doña Perfecta o con Montenegro, plantea un comienzo enérgico y muy beneficioso para el brío que imprime. Enseguida, Juan, interpretado por Fernando Cayo con el desparpajo al que nos tiene acostumbrados (más cuando se transforma en rinoceronte), discute con Berenger mientras otros personajes van trufando la sala, hasta que aparece Juan Antonio Quintana acompañado de Paco Déniz, haciendo de filósofo, más concretamente de lógico (puro), afanándose en reducciones al absurdo y preparándose para un interludio fantástico y divertido donde nuevamente demuestra sus altas capacidades. Después, en el segundo acto, cuando todo ya está en marcha, surge la gran oficina, toda una jaula en la que se alojan José Luis Alcobendas, como Dudard, elegante y seguro de sí mismo, y donde también Janfri Topera hace valer su verborrea dicharachera y veraz en el cúmulo de insensateces que se concentran en esa especie de prisión, en la que irrumpe Ester Bellver como amazona capaz de cabalgar sobre su marido ya rinoceronte. Contribuye además a la obra que el movimiento no cese y que mientras Berenger y Daisy, interpretada en una simbiosis de dulzura y tenacidad baldía, contribuyen a su amor, los rinocerontes acechan ya por los laterales hasta la eclosión final. Todo un mecanismo perfectamente engrasado con las reiteraciones propias de Ionesco, con las fundamentales preguntas retóricas que se intercalan entre diálogos pasmosos, con símbolos animalísticos (Boeuf-buey, Papillón-mariposa, el gato perdido al principio, los rinocerontes, etc.), con la trascendencia de lo inesperado como resorte de nuestra estulticia, y el lenguaje, una tortura lógica, una cerrazón y un marasmo problemático que induce al borreguismo de aquellos que no saben interpretar los discursos falaces. Así, el absurdo también debe acompañarse del tedio, porque no se puede ser existencialista si uno se mueve por impulsos, el nihilismo cargante debe acechar como un tiburón dando vueltas en modo crucero durante los momentos en los que uno se lamenta de lo duro que es «conservar su personalidad».

Rinoceronte

Autor: Eugène Ionesco

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto: José Luis Alcobendas, Ester Bellver, Fernando Cayo, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Chupi Llorente, Mona Martínez, Paco Ochoa, Fernanda Orazi, Juan Antonio Talavera, Janfri Topera, Pepe Viyuela y Pepa Zaragoza.

Escenografía: Paco Azorín

Vestuario: Ana López Cobos

Iluminación: Valentín Álvarez

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Asesora filológica: Odile Bouchut

Movimiento escénico: Marta Gómez

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 8 de febrero de 2015

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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