Madre Coraje y sus hijos

Blanca Portillo protagoniza la extraordinaria propuesta del Centro Dramático Nacional en la despedida de Ernesto Caballero como director

Alcanzar la excelencia es un asunto bien complejo en la práctica teatral, y casi más si se trata de adaptar un clásico que ha sido «atacado» desde tantos flancos y que posee esa carga política que puede desvirtuarla si se incide en ciertos aspectos expresionistas. Ernesto Caballero nos entrega una Madre Coraje y sus hijos que debe ser imperdible para cualquier buen aficionado al teatro (los de Atalaya también nos ofrecieron un buen espectáculo hace unas temporadas). Ha logrado modernizarla estéticamente hasta el punto de situarnos en las puertas de un tiempo próximo y, a la vez, despojado de elementos que podamos identificar claramente. Sería un efecto de distanciamiento brechtiano potenciado por la apertura total del espacio en una escenografía que se basa en la iluminación. Pero el punto verdaderamente sobresaliente es su elenco. La Portillo clava otra pica más sobre la dramaturgia española. Su protagonismo se expande a lo largo de la trama con verdadero encantamiento, con una trabajosa matización en un entorno duro y basto, se manifiesta como una bruja deambulando con su carromato para demostrar su astucia. Ella grita, se desgañita, incluso; se pone tierna, si hace falta. Sofistica su hipocresía y nos da una amarga lección de pragmatismo. La guerra le va muy bien para su negocio ―cuánto sabemos hoy de eso―, es su modo de supervivencia, la manera que tiene de proteger a sus hijos y a sí misma. Sigue leyendo

Mi película italiana

La dramaturga Rocío Bello firma esta historia familiar que deambula entre el sarcasmo y el tenebrismo

Foto de Sergio Parra

De por qué se llama Mi película italiana nos enteramos bien pronto; a través de ese preludio tan prometedor con Camila Viyuela, que hace de nieta, en la dulce expresión de su relato descriptivo (que después se abandone este procedimiento es de agradecer), primeramente, idealizado; luego veraz. Rocío Bello, la dramaturga gallega, se ha montado en su cabeza una de Visconti o de Rossellini o de De Sica o de Pasolini (aunque también hubiera podido ser Berlanga o de Ferreri con Azcona mediante). Crear una atmósfera macilenta y satírica, lucense y onírica, costumbrista y esperpéntica era un reto que se logra a medias. Porque en la disposición de la trama en los primeros compases, uno atisba un tono y un ritmo; a continuación, este se diluye por vericuetos más prosaicos. El centro de atención sobre el que gira el montaje es Anna (por la Magnani), una Teresa Lozano tan aviesa como repelente; tan puntillosa en el control de sus hijas que resulta mutiladora de cualquier emancipación madura. Ni por asomo me la figuré como una mamma italiana; sino como a una señora gallega (aquí no hay acentos porque estamos en clave fabulística) que más me la creo como una Carmen Sotillo algo harta de cuidar a su marido y con ganas de tener libertad ―si es que esta no es un abismo una vez llegue el momento―. Sigue leyendo

Federico hacia Lorca

La Joven Compañía conmemora en este Año Lorca en Madrid la semblanza sobre el poeta con un potente espectáculo

Existe una frontera y no es sutil, en la que un adolescente se siente convertido en un niño, cuando se le presenta ese teatro que lo toma por objetivo y que le lanza mensajes directos y se cree cautivo de discursos que parecen estar ahí para adocenarlo. Los espectáculos de La Joven Compañía, ante todo, son interesantes porque abordan temas que los bachilleres pueden comprender perfectamente ―aunque suponga un poco de esfuerzo― con propuestas que superan ese marco de edad, y el público en general responde positivamente. A diferencia de los últimos montajes (BARRO, por ejemplo), este Federico hacia Lorca se nos impone desde el esteticismo, de la impregnación de lo lorquiano como una sustancia viscosa compuesta de música, de danza, de poesía y de expresionismo, con sus pizcas de humor y su tímida bruma surrealista. Pero carece de narrativa, argumento, trama suficiente; la biografía del hombre complejo, y también misterioso. Con su don de gentes y su carácter, a veces, altivo. Toda la función se apoya en un texto de Irma Correa y Nando López muy coherente con las características que antes he enumerado; no obstante, le falta el poso del diálogo que indaga más en las cuitas del poeta. Precisamente, la templanza en las frases que se contempla más al principio, en la época de la juventud, antes de llegar a Madrid, es la que reclamaríamos para el resto. Cuánta música la de Arnau Vilà, a veces, tan moderna que resuena kitsch para el tema. Que se introduzca el rap me parece el cansino tópico y el hartazgo sobre un género asociado equívocamente con la masa juvenil (la mayoría no escucha este estilo). El texto es un popurrí con grandes aciertos, como la representación guiñolesca de la cachiporra (con populista intromisión del partido político de «moda» para lograr el aplauso de la progresía regocijante en la inmensa y grandiosa Sala Roja, de los Teatros del Canal). También es una endeble telaraña donde se pretende meter todo; pero a base de pinceladas que van de un lado a otro sin concretar relaciones más densas. La multitud de los personajes se pierde en una desvalorización, da igual que sea Buñuel, Dalí o Maruja Mallo (alusión a las Sin Sombrero), porque son chispazos. O que la relación de amistad con José Antonio Primo de Rivera se someta al equívoco y a la clarificación del enemigo fascista. El contexto previo a la Guerra Civil es sumamente sesgado o, al menos, deslavazado. De Granada a la capital de España y de ahí a todos los pueblos con La Barraca y a Nueva York y al fusilamiento. Si el espectador ideal son los chicos y las chicas de los años finales de instituto, mucha instrucción deben llevar encima para que obtengan una buena enseñanza escénica y reconozcan cada uno de los episodios. Otro asunto muy distinto es que la propuesta se disfrute totalmente, puesto que está dirigida con muchísimo tino y con una energía tremenda, que transforma las acciones en un torbellino poético (labor propicia de Andoni Larrabeiti con las coreografías). Miguel del Arco sabe lo que hace y ha contado con un elenco de doce actores que se mueven con primor y que dan lo mejor de sí ―algunos poseen experiencia en estas lides―. Destaca principalmente Xoán Fórneas, que es quien más encarna a Federico y le da un rictus de ternura, de vitalidad y, además, de pavor, que nos embarga. O el punto algo dicharachero que le otorga Álvaro Fontalba (recordado por su interpretación en Las bicicletas son para el verano). Las féminas Ana Bokesa, Katia Borlado, Rosa Martí y Carmen Tur imprimen delicadeza al inicio y gran fuerza después, en un montaje con mayor carga masculina. El resto: Julen Alba, Óscar Albert, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí e Íñigo Santacana, se adentran en múltiples papeles y van apuntalando con seguridad cada uno de los parlamentos en un ritmo que, por momentos, se dispone al vodevil. Se encumbra la alegría, cuando verdaderamente es un transcurso elegiaco. Desde luego, es necesario destacar la importancia que tiene la escenografía de Paco Azorín, pues la estructura que ha ideado, sea una gran corona de espinas (con crucificado Nono Mateos incluido, para cerrar la docena), enredadera o reloj para doce campanadas sobre un tiempo de columpios que van y vienen, y que gira y gira y por la que suben los intérpretes a través de sus escaleras. El simbolismo aumenta con la gran luna, tan lorquiana, la muerte avisando o el amor de nocturnidad y alevosía. Todo ello aderezado con la iluminación somnolienta y sorprendente de Juan Gómez Cornejo. Sin olvidarnos del vestuario de Guadalupe Valero, quien juega con el tul para que todos sean bailarinas y, luego, dispone variados tipos de prendas, ya sean más juveniles o serias. En definitiva, Federico hacia Lorca genera una buena colección de emociones, se disfruta sensorialmente: el movimiento de los chicos, los poemas del poeta, las videoescenas (de Pedro Chamizo),…; pero se echa en falta una trama de mayor consistencia biográfica. Aun así, es un trabajo artístico loable.

Federico hacia Lorca

Texto: Irma Correa y Nando López, a partir de textos de Federico García Lorca

Dirección: Miguel del Arco

Elenco: Julen Alba, Óscar Albert, Ana Bokesa, Katia Borlado, Álvaro Fontalba, Xoán Fórneas, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí, Nono Mateos, Íñigo Santacana y Carmen Tur

Música: Arnau Vilà

Espacio sonoro: Sandra Vicente (Estudio 340)

Vestuario: Guadalupe Valero

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Videoescena: Pedro Chamizo

Coreografía: Andoni Larrabeiti

Dirección artística: José Luis Arellano García

Dirección de producción: Olga Reguilón

Dirección de comunicación: José Luis Collado

Dirección técnica: David Elcano

Presidente Fundación Teatro Joven: David R. Peralto

Ayudantía de escenografía: Amaya Cortaire

Ayudantía de vestuario: Nuria Manzano

Ayudantía de documentación: Juan Pablo Cuevas

Regiduría: Víctor Hernández

Ayudantía música: Alberto Granados

Administración: Nuria Chacón

Equipo técnico: Iván Belizón

Gestión de públicos y desarrollo: Rocío de Felipe, María Limón y Pedro Sánchez

Ayudantía de producción: Dani Villar

Auxiliar de producción: Luis Izquierdo

Comunicación y redes sociales: @SamuelGarAr

Diseño gráfico: Erre Gálvez

Fotografía de escena: David Ruano

Realización escenografía: Juan Carlos Rodríguez y MAY Servicios

Realización vestuario: Petra Porter

Agradecimientos: Alfredo Valverde y voluntarios de La Joven Compañía

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦

El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo

Calígula

Pablo Derqui brilla sobremanera con su interpretación del emperador en esta propuesta dirigida por Mario Gas

No vale con afirmar que este personaje creado por Albert Camus es un regalo para que el actor de turno se desgarre interpretativamente en escena. Lo que hace Pablo Derqui es soberbio. Desde luego nos hace pensar ipso facto en su papel en Roberto Zucco. Su Calígula incide en el tormento, en esa mezcla de hedonismo desenfrenado, lujuria y, a la vez, en melancolía irrefrenable sumada a la inconsistencia de su carácter voluble. Completar tan certeramente estas aristas no está al alcance de cualquiera.

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La autora de Las meninas

Una suave sátira sobre la política cultural de nuestro país protagonizada por una Carmen Machi formidable

Foto de David Ruano

Las ideas que entran en liza dentro de la fábula distópica que ha planteado Ernesto Caballero me parecen realmente interesantes y sugestivas. Durante la ¿pasada? crisis económica llegamos a enterarnos de que Portugal había vendido 85 Mirós y a los griegos les propusieron —desde la Federación de Industria Alemana— que se deshicieran de parte de su patrimonio nacional. Sigue leyendo

Troyanas

Carme Portaceli presenta la versión de Alberto Conejero sobre el clásico de Eurípides con una mirada a las guerras actuales

Foto de Sergio Parra

Desde luego, no es fácil conseguir que una obra como Las troyanas de Eurípides resulte atractiva. Apenas se puede considerar una tragedia, y más tendríamos que tomarla como un largo epílogo de un extenso ciclo (perdido). Digamos que Alberto Conejero ha utilizado procedimientos similares a los que empleó el dramaturgo griego. Si aquel interpretó su época, inyectada de racionalismo, en aquel siglo V de Pericles, para construir textos que se han llegado a denominar «aburguesados» y que tomaban como base tanto la sofística como la retórica; nuestro versionador, mutatis mutandis, ha hecho lo propio. Auspiciado por una corriente del feminismo que la directora Carme Portaceli abraza gustosamente y que expone en el programa de mano: «Hoy seguimos viendo cómo las mujeres son seres de segunda categoría a las que no importa excesivamente lo que les suceda: después de cada guerra, e incluso durante la guerra y sin guerra, a las mujeres se las viola reiteradamente, se les falta al respeto, se les maltrata sin ningún respeto (sic), sin ni siquiera temor a las leyes que prohíben la violencia… No pasa nada, sus problemas, sus sufrimientos siempre quedan en la cola, siempre hay problemas más importantes: los niños, el hambre, los refugiados…». Sigue leyendo

Inconsolable

Fernando Cayo interpreta el monólogo escrito por el ensayista Javier Gomá sobre el fallecimiento de su padre

Foto de marcosGpunto

El Teatro María Guerrero le abre sus puertas durante casi un mes a un primerizo que viene avalado por su presencia sociocultural como pensador; aunque, a priori, no parece suficiente. Tampoco a nadie puede llevar a engaño, puesto que este texto ha sido publicado en el periódico El Mundo y también en el libro La imagen de tu vida. Por lo tanto, Ernesto Caballero ha considerado que era digno de tal honor y de tal privilegio. A mí me ha parecido un exceso difícilmente justificable. Sigue leyendo

Refugio

Miguel del Arco traza la historia de una familia y un refugiado sirio ante la tesitura de la incomunicación

Foto de marcosGpunto

Europa dentro de un cubo, de un búnker acristalado donde se recluye la cultura milenaria y triunfante como el tiburón disecado de Damien Hirst. Incapaz de renacer en este capitalismo tardío en el que las plusvalías son cada vez más escasas —nada que ver con las posguerras o el despegue tras una dictadura o tras la caída de un muro—. Si no hay mucho que repartir, dónde queda la exitosa socialdemocracia. Esclavos del hijo bastardo que nos gobierna desde el otro lado del océano y petrificados ante un futuro repleto de incertidumbres, cuando deberíamos solazarnos por estos decenios de paz. Ponga un refugiado en su familia. Miguel del Arco partió de Teorema, el film de Pasolini que dirigió en 1968; pero el resultado queda muy alejado. ¿En qué medida Farid, un migrante sirio, perturba la vida de esos especímenes en plena descomposición? La incomunicación es permanente, es como si hubieran adoptado a un niño mudo y se negaran a aprender la lengua de signos; es casi un elemento decorativo propio de advenedizos. Sigue leyendo