Moby Dick

José María Pou se mete en la piel del capitán Ahab para destilar esta aventura de destrucción vesánica

Hace un par de años el escritor Kiko Amat planteaba en un artículo que Moby Dick era un «tostón» y se explayaba en su crítica como si estuviera señalándole a los lectores de tan magna obra que el rey estaba desnudo. A tenor de lo expresado allí ―y dándole gran parte de la razón―, uno se pregunta si esta adaptación de la novela a cargo de Juan Cavestany (literalmente se «ha basado» en ella) resulta de quedarse con una mera anécdota (algo parecido puede afirmarse de la célebre versión cinematográfica de John Huston). Es decir, para ser mínimamente fiel a lo manifestado por Herman Melville; quizás la apuesta debería ser más coherente ―aunque seguramente insoportable―. Algo así como un montaje de diez horas con un prólogo de Ismael ahíto de descripciones sobre Nantucket, el pueblo de los balleneros en Massachusetts, una voz en off que fuera exponiendo las diversas cuestiones enciclopédicas sobre los cachalotes, sobre el valioso aceite, el esperma y el ámbar gris (ya que está de moda la narraturgia, pues por narrar que no quede). Al final saldría el capitán Ahab y expondría su furibundia. La pregunta, entonces, es: ¿es esto Moby Dick si desaparecen los cientos de digresiones inaguantables que trufan insistentemente todo el libro? Sigue leyendo

Sueño

Una tragicomedia trenzada a través de dos tramas demasiado dispersas sobre el amor y la muerte

Foto de Luis Castilla

Cuesta mucho creer que los mimbres para pergeñar esta obra sean los propios de la comedia y que Shakespeare sea el máximo inductor. Seguramente uno se pone a investigar, a probar procedimientos, a consultar a los que saben cómo llevar el humor a las tablas; pero al final sale lo que sale: un drama con alguna pizca de retranca. Quizás debamos aceptar que el patetismo del protagonista resulta algo cómico, al fin y al cabo su vida parece ser que ha terminado siendo anodina. El espectador, que antes ha asistido a diversas actuaciones de Jesús Barranco en los alrededores de La Abadía y que se convierte, por lo tanto, en un instigador al buen ánimo para entrar reído y alegre, asume enseguida que su estado de fruición se va a desvanecer con un montaje caliginoso y plomizo en su primera media hora. Un vejete aguarda su último hálito en un hospital, pulula por allí una chica, La loca, que lee fragmentos destinados al olvido entre tartamudeos, mientras suena Beethoven en su tocadiscos. Sigue leyendo

Las brujas de Salem

Puesta en escena del célebre texto de Arthur Miller, quien se propuso crear una alegoría del macartismo

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Actualmente, cuando se habla de una «caza de brujas», se pretende dar a entender que algún poder imperante se dedica, de modo inquisitorial, a perseguir a cierto grupo de individuos por razones políticas, morales, religiosas, económicas, etc. Es decir, ya se ha extendido la cuestión estrictamente supersticiosa a cualquier ámbito cultural. De todos es conocido, principalmente porque competió a estrellas de Hollywood, el proceso por el cual el senador Joseph McCarthy emprendió una cruzada contra todo lo que oliera a comunismo y, por lo tanto, a antiamericanismo. El propio Arthur Miller se vio enredado en aquellos juicios y esto le sirvió como acicate para tomar los hechos acaecidos en Salem en 1692 como alegoría de lo que estaba ocurriendo en su país. Este asunto, evidentemente, no es baladí, puesto que nos podemos inclinar hacia motivos concretamente políticos (por mucho que se haya instigado a ciertas poblaciones a ver a los rojos como seres que llevan cuernos y cola), depurando el componente religioso. Sigue leyendo

El jurado

Un montaje, repleto de ritmo, muestra las disquisiciones morales de los ciudadanos que configuran un jurado popular

Foto de Luis Castilla
Foto de Luis Castilla

Acudir a una función como El jurado con prejuicios lógicos sobre este tipo de obras, ya se sabe ─aparición de todos los tópicos y prototipos de nuestra sociedad con un fin claramente aleccionador acerca del papel de la justicia─ y salir no ya solo satisfecho de su habilidad y agilidad, sino reconfortado con que, desde ciertas perspectivas, todo es aún peor. Acotando la obra dentro de un contexto que se circunscribe a lo judicial, al entramado que se conduce a través de dilemas (en apariencia), que se pretende realista y hasta racionalista, se exprime virtuosamente tanto en el propio texto como en la dramaturgia que ha dispuesto su director Andrés Lima. No es fácil escribir un caso que como tal no se expone ─al menos de forma concisa─ y, a la vez, trazar unos diálogos en los que se dibuja un recorrido donde cada sesgo cognitivo y cada pecado oculto de los nueve participantes en el jurado, es una quiebra por la que el interfecto (desde luego, no presente) pasa de presunto culpable a presunto inocente y a no se sabe qué más. Conseguir esto sin caer en lo demagógico es verdaderamente complicado, máxime cuando debes proponer un acto teatral que persuada al respetable, es decir, debe contener personajes que sean difusos en el estereotipo (sin estereotipos no se puede construir un thriller así). Por eso, Luis Felipe Blasco Vilches (de quien recordamos su obra política El encuentro) ha situado a unos tipos que si bien ocupan un lugar dentro de la variedad social de nuestra época, se manifiestan en una línea de cinismo que va desde la plena vastedad, hasta la torticera manipulación, pasando por la inocente ignorancia de quien repite lo que ha escuchado a alguien en otro lugar. Sigue leyendo

Medea

Aitana Sánchez-Gijón encarna al mito griego en una función que deriva en performance

MedeaEs claro que Andrés Lima ha plasmado en el escenario de La Abadía su particular «tour de force» acerca de Medea. Otra vuelta de tuerca a ese mito tantas veces representado que se despliega épicamente entre las sombras, el ruido y los chillidos, pero también entre la música, la poesía y el cuerpo.El prólogo que declama desde la oscuridad Lima repasa el árbol genealógico de la protagonista, con esa intención de recordarnos que pertenece a una estirpe de dioses, que ella misma es una maga, una hechicera, al igual que la famosa Circe de quien era sobrina. Al finalizar la teogonía, surge entre aullidos y, arrebatadoramente, Aitana Sánchez-Gijón metamorfoseada en la doliente Medea. Seguramente sea el papel en el que más se haya entregado nunca. Expele con agonía cada uno de los versos y entrega su cuerpo vivaz, enérgico y semidesnudo a los designios de su destino. Volver a la tierra, a la naturaleza, al barro primigenio del que nace su magia. Su herida sangra de principio a fin.

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Rinoceronte

Pepe Viyuela protagoniza soberbiamente la versión sobre la obra de Ionesco dirigida por Ernesto Caballero

rinoceronte_galeria5Cuando todos se alejan atraídos por la fuerza descomunal del rinoceronte en pos de una metamorfosis de pequeños paquidermos, un hombre normal, un ser que duda, pero no demasiado, un hombre que bebe (demasiado) y que sencillamente aspira, sin heroicidades, a la conquista amorosa y a continuar anodinamente con su trabajo de oficinista, se erige como un antídoto de sensatez. Berenger es encarnado por Pepe Viyuela con esa actitud indolente entre melopeica y taciturna que debe apartar cuando las circunstancias le requieren una respuesta. Viyuela compone una actuación soberbia donde la actitud y la gestualidad mantienen la medida de las tensiones que van surgiendo. De alguna manera, se ve arrastrado por unas sinergias que la excelente dirección de Ernesto Caballero ha propiciado al plantear, junto a Paco Azorín, esa disposición orbital en la que los actores se mueven alrededor del patio de butacas desde el caos inicial hasta la quietud de la manada «rinoceróntica». Sigue leyendo

Un trozo invisible de este mundo

Juan Diego Botto triunfa en los premios Max de teatro con cuatro galardones gracias a su obra Un trozo invisible de este mundo

trozo_invisible_escena_01Las maletas recorren solas la cinta automática y luego caen unas encima de las otras. No parece que nadie las vaya a bajar, ni que su destino sea distinto del montón. Los cinco monólogos de Un trozo invisible de este mundo escritos por Juan Diego Botto se hilvanan mediante el tormento de aquellos que tienen que exiliarse, que lanzarse a lo desconocido con la urgencia que impele la supervivencia. La tristeza y la nostalgia se unen a la fuerza de la esperanza, a la lucha que frena el desánimo. Botto es un argentino huido de la dictadura con cargo de conciencia, un policía haciendo malabares con las falacias en un triunfal discurso al que ya nos hemos acostumbrado, un obrero fingiendo ante su mujer en la distancia que las cosas marchan bien. Astrid Jones da vida a una mujer subsahariana en un relato conmovedor donde los recuerdos se mezclan con cánticos que llenan el espacio de melancolía. Sigue leyendo

Los Mácbez

La propuesta de Lima y Cavestany funciona estéticamente, pero el trazo grueso en la adaptación la ensombrece

los-macbez_3La tragedia de Shakespeare trastoca su perspectiva si el protagonista se convierte, junto a la ayuda de su mujer, en un político gallego capaz de llegar al asesinato por medrar, pero si a esto le añades los últimos acontecimientos referidos a la presidenta de la Diputación leonesa, entonces, inevitablemente la obra cobra otra dimensión.  Sigue leyendo