Anfitriones

Una dramedia firmada y dirigida por Inge Martín sobre las contradicciones inherentes a cierta progresía biempensante

Anfitriones - Joaquin Pérez Fuertes
Foto de Joaquín Pérez Fuertes

A priori, el planteamiento que uno atisba con este Anfitriones (creo que el título no es el más acertado, pues es entre insignificante e inconcluso) puede parecer un tópico; no solo de nuestro teatro —y cine— contemporáneo, sino también de esos modos burgueses de finales del XIX y principios del XX que buscaban, a través de la discusión matrimonial, una catarsis en el espectador bien avenido. Pero si en la forma es un lugar común, en el contenido es una interesante incursión en lo que últimamente se denomina, con tanta insistencia, la superioridad moral de la izquierda (que, además, viene ya de lejos). Y es en el tema y cómo se desgrana conceptualmente, donde radica su pertinencia. Por supuesto que los referentes cercanos nos llevan a Un dios salvaje, de Yasmina Reza o, en los últimos años, a obras como Los vecinos de arriba, de Cesc Gay o Demonios, de Lars Noren. Sigue leyendo

El silencio de Elvis

Sandra Ferrús trata el tema de las enfermedades mentales y su falta de apoyo en la Sanidad Pública en un drama algo superficial

El silencio de Elvis - Foto de Paula Pinon
Foro de Paula Pinón

Es absurdo, por supuesto; pero una metedura de pata (me corto, claro) de un diputado en el Congreso, puso sobre la mesa —y parece que para quedarse—, la realidad sobre los trastornos y las enfermedades mentales; aunque la iniciativa partía de Errejón, quien ha tomado la cuestión como uno de los pilares de su programa. Cualquiera que trabaje, por ejemplo, en un instituto, ha comprobado cómo la pandemia —y lo que esta conlleva— ha multiplicado las incidencias psicológicas y siquiátricas en los adolescentes. Esto venía de atrás, no obstante, ahora se ha acelerado. Por lo tanto, viene muy a cuento recuperar esta obra que Sandra Ferrús presentó en 2018. La dramaturga estrenó hace unos meses su segunda pieza, La panadera. Sigue leyendo

El grito

El sufrimiento de una mujer debido a la negligencia de una clínica de fertilidad sube a escena en un montaje altamente maniqueo

Cuando uno quiere defender una idea o una injusticia y se olvida de que existe no solo un lenguaje artístico, dramatúrgico, sino también un espectador adulto y capaz de atar cabos con inteligencia y madurez; entonces se escribe un texto maniqueo e inconsecuente con las loables luchas politicomorales. La obra de Itziar Pascual y Amaranta Osorio, quienes habían demostrado su buen hacer con Mi niña, niña mía, está repleta de hipérboles, omisiones inverosímiles y explicaciones innecesarias. Y si no fuera porque la productora Pilar de Yzaguirre ha configurado un equipo de profesionales de alto nivel, creo que El grito se hubiera quedado en espectáculo fallido. Vaya por delante que esta historia se basa en un hecho real; pero que eso no es razón suficiente como para exigir ni fidelidades ni verosimilitudes forzadas. El caso es que nuestra protagonista, llamada Aina Lóguez Amat, que es interpretada con viveza y muy buena disposición y credibilidad a lo largo de toda la función —su interpretación es la que mejor sostiene toda la trama— por Nuria García, se ha enamorado de su jefe (y viceversa). Trabajan ambos en una tienda de colchones, a ella la han convertido en empleada con contrato fijo y está enormemente ilusionada. El primer disloque brumoso lo hallamos en el personaje de él, llamado Rubén Torres, y en la caracterización que realiza Óscar Codesido, quien no encuentra una posible naturalidad, pues se ve algo constreñido en un papel que no sabemos cómo tomarlo. Sigue leyendo

El vergonzoso en palacio

La comedia de Tirso de Molina que dirige Natalia Menéndez se envuelve en un espectáculo visualmente muy atractivo, aunque carente de ritmo

El vergonzoso en palacio escena - Foto de Sergio ParraUna de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias. También excelentes las videocreaciones de Álvaro Luna (siempre tan detallista) en el fondo, que conjugan los elementos propios de los célebres azulejos (azulados) portugueses con otros motivos florales y rostros para la ensoñación. Todo ello con una iluminación de Juan Gómez Cornejo que potencia las sombras y los recovecos que se deben producir en un espacio, en muchas ocasiones, tan vacío. Más, claro, el espacio sonoro de Mariano García que nos sumerge en el misterio boscoso con su fauna. ¿Encontraríamos mayor brío sin el tronco movible? Algo sí, seguro. Aunque, en general, falta también vivacidad en el verso de la mayoría de los diálogos. Suena demasiado sentencioso para ser comedia. Quizás mejore con el rodaje, y esto sean suspicacias inanes. Sea como sea, el comienzo de la obra es verdaderamente confuso. No solo porque se dirime en un duelo a espada y eso impide la buena audición; sino porque, además, se relata un entuerto que se entenderá someramente mucho más adelante. Nos situamos en Aveiro, siglo XV. Digamos que la acción principal se sustenta en una historia de amor y, a la vez, en un ansia por ascender socialmente. Mireno es un pastor que interpreta con donosura Pablo Béjar, quien ha ido creciendo con firmeza a lo largo de los últimos años, mientras ha trabajado en la Joven Compañía de Teatro Clásico (fijémonos, por ejemplo, en La dama boba o en Los empeños de una casa). Recorre el bosque con su sirviente Tarso, interpretado por un actor idóneo para este tipo de papel, y que despliega sus guiños y su gestualidad al servicio de la risa; sin embargo, constreñido al ritmo del que hablaba antes (César Camino). Ambos se topan con Ruy Lorenzo, el antiguo secretario del conde de Avero, encarnado con sensatez por Carlos Lorenzo y por su criado Vasco, acogido con cierta altivez por Alejandro Saá. Estos vienen huyendo por un conflicto con el conde de Estremoz (de ahí el duelo inicial). Presenciamos el primer intercambio de vestuario para favorecer el consiguiente equívoco. Mireno se convierte en don Dionís y marcha a cumplir con sus ansias de demostrar su valía para medrar. Con la llegada a palacio el enredo se multiplica; pues esta obra no deja de tener como impulso principal el amor. Las hijas del conde, ya tienen prometido; pero a ninguna les satisface el elegido, con lo que están dispuestas a encontrar un marido mejor. Por una parte, tenemos a Madalena, una Anna Moliner juguetona y preparada para ser seducida por Mireno. La cuestión es que ella, por la moral establecida, no puede cortejarlo. Y él, por su vergüenza, pues no atina con el empaque necesario. Su vergüenza no es de carácter, no es una razón sicológica, como bien hemos podido comprobar en su conversación con otros personajes; sino más bien, su cohibición está justificada con su infravaloración social. Él se siente pastor; aunque realmente, como se verá en el desenlace, no lo es (así suele ocurrir en estas comedias con la habitual anagnórisis). La gracia, por lo tanto, está en el flirteo contrahecho de los dos. Más chispa, más soltura, y más fascinante es la relación de la otra hija, Serafina, con don Antonio, el nuevo secretario. Ella, Lara Grube, está espléndida y tiene una actuación muy destacable a lo largo de toda la función. Resuelve su momento estelar, cuando se viste de hombre y actúa como tal en una recreación de la obra teatral La portuguesa cruel, tal, que enamora a doña Juana, la prima de Antonio. Esta la interpreta María Besante, y aprovecha durante todo el espectáculo para hacer de enlace, de la maestra de ceremonias y de celestina. Javier Carramiñana construye su personaje desde el panfilismo y resulta ser el más humorístico de todo el reparto. Recurre al pintor, Raúl Sanz, para que este pinte un retrato de su amada; a pesar de que esta se haya travestido (más enredo narcisista). Por otra parte, de principio a fin, José Luis Alcobendas se mete en la piel del duque de Avero, y se entrega con furia y con encanto, porque toda la obra está pincelada con bailes anacrónicos y escorzos chocantes que no alcanzan, afortunadamente, el exceso. Mey-Ling Bisogno los pone a bailar como si acabaran de aprender, en la deformación de las danzas cortesanas renacentistas, tamizadas por la danza contemporánea. Algo raro e irrisorio. No obstante, esto nos permite apreciar y disfrutar del fantástico vestuario que ha preparado Almudena Rodríguez Huertas, desde el complejo calzón que se enrevesa en las piernas de Tarso, hasta la capa parda alistana que carga Juanma Lara, hacia la parte final, cuando se produce la feliz revelación sobre el protagonista; pasando por toda una colección de vestidos tanto masculinos como femeninos llenos de detalles exquisitos: capas cortas, chaquetas ajustas, mangas abullonadas, sayas coloridas con corpiños y escotes rectos que permiten lucir los hombros en las féminas,… En conclusión, debe quedar claro que El vergonzoso en palacio que presenta Natalia Menéndez es un gran espectáculo, que se vive gozosamente y que posee muchos elementos de atracción; aunque arrastre esos hándicaps arriba reseñados. El espectador sabrá escoger la escena o la perspectiva que más le interese, entre las diversas complejidades que se manifiestan.

El vergonzoso en palacio

Autor: Tirso de Molina

Dirección: Natalia Menéndez

Versión: Yolanda Pallín

Reparto: Bernabé Fernández, José Luis Alcobendas, Raúl Sanz, César Camino, Nieves Soria, Pablo Béjar, Alejandro Saá, Carlos Lorenzo, Fermí Herrero, María Besant, Javier Carramiñana, Anna Moliner, Lara Grube y Juanma Lara

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Escenografía: Alfonso Barajas

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Espacio sonoro: Mariano García

Coreografía: Mey-Ling Bisogno

Videocreación: Álvaro Luna

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Lucha escénica: José Luis Massó

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 1 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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La hija del aire

La famosa tragedia de Calderón con la perspectiva de Mario Gas; entre la frialdad del elenco y la garra de Marta Poveda

Foto de Lau Ortega

De manera inconfundible es esta una de las comedias más célebres de Calderón. Vive en paralelo de su obra maestra, La vida es sueño; pues igual que ocurre con aquella, también el protagonista mora encerrado por los nefastos augurios que pesan sobre él. Semíramis posee una historia que se pierde en las leyendas de hace siglos y que nos la sitúan como la Sammuramat asiria. Sus reminiscencias se reparten por el Mediterráneo y el propio dramaturgo madrileño la emplea para crear una tragedia sobre la ambición de poder. Desde luego, lo interesante es descubrir si la versión de Benjamín Prado y la dirección de Mario Gas suman lo suficiente como para justificar el montaje más allá del valor que tiene como clásico. En cuanto al primero, nos ha entregado un texto que suena suavizado en los hipérbatos propios de la escritura barroca, y eso hace que el verso se nos muestre más claro al oído; aunque eso le quite cierta sentenciosidad. Por otra parte, al retirar a Chato (y a los músicos), ese bufón rústico que acompaña siempre a la futura reina, nos censura la réplica sarcástica. La sensación general es de frialdad en diferentes tramos de la extensa función. Esta percepción viene determinada por unos actores que han sido dirigidos hacia el estatismo. En muchos momentos parece que, una vez toman posición, su expresión no es acompañada por el cuerpo. Sigue leyendo

Nekrassov

Sartre firma esta farsa apenas representada hasta ahora sobre los tejemanejes del gobierno y una prensa venal

Hace unos meses se ha publicado la versión española de Posverdad, el ensayo de Lee McIntyre, profesor de Harvard, donde se abordan las peculiaridades de este nuevo concepto nacido del contexto presente en el que las redes sociales permiten crear estados emocionales que lleven impresos la sensación de la certeza. En la indagación filosófica y en la revisión histórica de sus fuentes hallamos una serie de estrategias elaboradas por los poderosos de turno para, entre otras fórmulas, imponer la duda por encima de cualquiera que ose manifestar una certeza. Lo que se plasma en la sátira de Sartre es una etapa intermedia en la consabida connivencia de los medios de comunicación con los gobiernos o los empresarios como parte de la trinchera ideológica. Por ejemplo, no falta una parodia de William Randolph Hearst (sobre frases consabidas de Ciudadano Kane), recordemos su afirmación antes de que España perdiera Cuba en 1898: «Dadme las fotos, yo os daré la guerra». Desde luego, la guerra fría fue un caldo de cultivo idóneo para el control y la difusión de la información, para «jugar» a la noticia falaz, a las medias verdades, a la ocultación permanente. El filósofo francés desarrolla un planteamiento que sobrepasa con creces lo aceptable, y eso que Brenda Escobedo ha realizado un meritorio trabajo de adaptación sobre aquella traducción de Miguel Ángel Asturias (prueben a encontrar en su librería favorita un ejemplar); aunque podría haber recortado alguna que otra escena. Sigue leyendo

Cuando caiga la nieve

Julio Provencio dirige el texto de Javier Vicedo, un drama con tintes de humor negro a través de una estructura poliédrica

Foto de Susana Martín

¿Por qué nos debería interesar una obra que se presenta como una «comedia negra y macabra… alrededor de una anécdota banal»? Demasiada banalidad y, encima edulcorada, afirmarán muchos al terminar. La poesía se reduce a la nieve y a las metáforas que eternamente la han ido resimbolizando: la senectud-muerte, el silencio, el olvido y la gruesa capa que nos evita presenciar la realidad. Aquí, además, la cencellada se imbrica con la ceniza de los muertos. Quizás, inconscientemente, Javier Vicedo Alós ha escrito un cuento creyendo que estaba conformando una obra teatral. Contamos con cuatro personajes que, como viene siendo ya corriente en las salas españolas de nuestra contemporaneidad, nos van a narrar, a contar, su relato (es una forma también de ahorrarse personajes, actores, escenografía). No voy a insistir en mi juicio sobre el abuso de la narración en el teatro; aunque este es otro ejemplo de lo que supone como experiencia para el público por lo que voy a argumentar a continuación. La obra, inicialmente, poseía un atractivo, un misterio; ver a ese chico tumbado sobre un manto de plumas que simulan la nieve y su tono melancólico acerca del peso de su infancia y la relación con su madre y su padre, parecía que nos llevaría a profundizar sobre motivos existenciales de calado; pero, por desgracia, las escenas no llegan a confirmar la sospecha, sino a derrumbarla. Sigue leyendo

El concierto de san Ovidio

Mario Gas dirige esta fábula dieciochesca de Buero Vallejo sobre el maltrato insolente a un grupo de ciegos

Foto de marcosGpunto

De vez en cuando es conveniente desempolvar a nuestros clásicos contemporáneos para descubrir si el tiempo los acartona o si permanecen fértiles para aleccionarnos sobre los vicios universales. Si Buero Vallejo quiso zarandear (desde su «posibilismo») al pueblo español en 1962 tomando la prudente distancia de quien nos remite a un acontecimiento ocurrido en París durante 1771; de qué forma debemos observar esta fábula para que nos competa de una manera similar. En este sentido, nuestro mundo actual ha cambiado tanto desde aquellas, que las mofas pueden ser tan brutales como desproporcionadas sus reprimendas. En el presente los extremos se tocan y por ello es necesario superar el plano simbólico de esta función para encontrar asideros fundamentales sobre la bondad, la solidaridad y la búsqueda del conocimiento como camino a la libertad, es decir, la ilustración. Sigue leyendo

Mármol

Un melodrama fantasioso y romanticoide sobre las crisis existenciales de la clase media alta

Foto de Moisés Fernández Acosta
Foto de Moisés Fernández Acosta

Parece claro, si ponemos de nuestra parte, adonde nos quiere llevar el texto escrito por Marina Carr: cumplir con tus deseos, aunque esto suponga romper con todo. Para llegar aquí se nos presentan, inicialmente, dos individuos, puro y brandy bien engarzados entre las falanges, vestidos de traje; pongamos que deben ser dos ejecutivos comiendo y que, además, son amigos. Art, el personaje que interpreta Pepe Viyuela, comenta con normalidad y, también, con cierto detallismo, que ha soñado con la mujer de Ben, a la que hace mucho tiempo que no ve (llega, incluso, a afirmar que si la viera por la calle no la reconocería). Él ha dejado que su ensoñación se la muestre rubia y esplendorosa, dispuesta para el tórrido desenfreno. Lo curioso es que la propia Catherine ha tenido el mismo sueño. Y lo que podría ser una simple coincidencia, propicia para desencadenar una agitación de las costumbres y los principios, se arrastra hasta el terreno de la fantasía romanticoide; puesto que detrás del primer día, se encadenarán los siguientes, en una especie de vida paralela y adúltera en un cosmos onírico, donde les espera una exótica suite forrada de mármol. Sigue leyendo