Manuela Infante crea una atmósfera pétrea para introducirnos en el mundo de la minería del cobre en Chile
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. Sigue leyendo


Cuando uno asiste a propuestas teatrales aparentemente crípticas —y hasta banales, en muchos de sus momentos—, y las vetas de Beckett y de Pinter se perciben con tanta nitidez, es esperable que se pueda ir más allá. La obra de Caryl Churchill, de quien tuvimos la oportunidad de conocer hace unas temporadas 
Si el principio de la filosofía tiene que ver con maravillarse con todo aquello que tienes delante y que te resulta incomprensible los que viene después es una hecatombe epistemológica. Nos sentamos en la butaca y podemos hallarnos como los niños o los preadolescentes conversando entre ellos o con adultos y sorprendiéndose con su propia existencia, o con el tamaño de nuestro planeta o con el insondable universo. La extrañeza que uno puede sentir es desconcertante en grado supino; pero, luego, está la vida con su flujo temporal (y su memoria rehaciéndose y rehaciéndote) y el espacio que hay que ocupar con todos sus principios físicos inasibles. Si la obra Eclipse total se les muestra a muchachos avispados, puede que dijeran: «¡Vaya, venimos de muy lejos!». O, «al final todo se irá a la mierda». Aunque si los espectadores están creciditos, confío en que ya se habrán hecho cargo de la compleja idea de estar vivo en los avatares de este catastrófico azar. No obstante, hay que vivir.
Tiene Pablo Fidalgo una forma de entender el teatro que resulta de un compromiso ético (véase 
