El pato salvaje

Una adaptación del texto de Ibsen que se sobreexplica y se suaviza para embarcarnos en un espectáculo más melancólico que trágico

El pato salvaje - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Modernizar un clásico próximo en el tiempo conlleva el riesgo inequívoco de no poder innovar demasiado; porque, de alguna manera, algunos modos siguen vigentes y las posibles sustituciones resultan ineficaces. En el drama que nos compete, me atrevería a aseverar que Pablo Rosal ha caído no ya en los vicios de la posmodernidad, sino en la depresión que parece atenazarnos en la actualidad. Todas las expresiones de fortaleza que Ibsen impone —ante todo clasistas—, y todos esos sentimientos de melancolía y hasta vesania en los perdedores, quedan suavizamos por pasiones algo mediocres. El noruego, al igual que Chéjov, trabajaba con un tamiz elidido que iba puliendo las asperezas hasta que brotaba la esencia y se producía la catarsis. No sabemos qué ocurre, primeramente, porque las cartas ya se han repartido y no entendemos del todo el juego que está en liza. Los personajes que dirige Carlos Aladro parece que se desplazan con prudencia, como si no quisieran angustiar al público postpandémico con sus tragedias interiores y con el inesperado desenlace insoportable. Si esto pasa, desde mi punto de vista, en el tono general del planteamiento, se acusa más todavía con una intromisión narrativa ejecutada por Pilar Gómez, que es el ejemplo de cómo boicotear un montaje. Esta, que hace de Berta, la futura esposa de Sr. Werle, abandona su papel y se dedica a darnos unas explicaciones que directamente sobran; pero que serían del todo coherentes con esa mirada del adaptador diríamos que empática con el momento que estamos viviendo y, por supuesto, con esas ganas tremendas y desesperadas por que el respetable comprenda el meollo y se marche sin demasiadas cuitas a su casa.

La cuestión es por qué se le ha hecho esto a El pato salvaje. Mi respuesta es que ya no se piensa decididamente en reconstruir, reinventar, deconstruir, intervenir o actualizar los clásicos de una forma radical y vanguardista que implique unos enormes riesgos, ya saben: el rechazo del público (ruina económica) o la incomprensión, otro rechazo. Así que estos montajes son un reclamo comercial. «Vamos a ver una de Ibsen». No obstante, lo que nos encontramos es un primer tercio de idas y venidas algo difuso y con unas cuantas caracterizaciones tan atrayentes inicialmente por el buen hacer de sus intérpretes, como declinantes en el tono antes mencionado. Así, Jesús Noguero se ocupa de un Sr. Werle algo estereotipado, fanfarrón y listo para continuar su nueva vida junto a Berta, y mantener atadas sus catástrofes pasadas insuflando dinero donde haga falta. Pero el actor, luego, resultará extravagante y genial cuando se encarne en el peculiar Dr. Relling, un hombre vehemente y con ideas claras. Aunque el verdadero enfrentamiento será el que propicien Gregers Werle y Hjalmar Ekdal. El primero lo interpreta Javier Lara con trazas de pesadumbre muy bien perfilada, inmiscuyéndose moralmente en los conflictos familiares de su amigo, este lo toma Juan Ceacero con un nerviosismo que puede confundirnos a priori; pero que luego es capaz de reconducir con mayor vigor actoral. El hijo del potentado ha regresado y se ha instalado en casa de los Ekdal, un hogar de fotógrafos. La esposa, Gina, se ocupa del estudio y de ponerle profesionalidad al negocio. Antes había sido sirvienta del Sr. Werle. Eva Rufo da equilibrio a la obra, pues desde el inicio se muestra con solvente inteligencia y seguridad. De todas formas, la actriz que me ha parecido más sugerente ha sido Nora Hernández —cierto es que el resto crea una atmósfera de extrañeza que le viene muy bien a su personaje—. Hedvig Ekdal es la hija, una muchacha que se está quedando ciega, tal y como le ocurre al Sr. Werle. Que nos deleite con su suave voz cantando en varias ocasiones potencia la melancolía que nos subsume según vamos llegando a la conclusión. Además, el capitán Ekdal, encarnado por Ricardo Joven con los efluvios entremezclados de odio y de locura, solo parece encontrar esperanza en su nieta.

Y si hay que insistir en el ambiente —que para mí es lo fundamental—, la iluminación lacustre y nocturna de Pau Fullana se esparce de manera grandiosa. Es de lo mejor del espectáculo, pues envuelve a todos esos seres en un mundo de ocultación.

El final es demasiado abrupto e inconsecuente. Es el momento en el que nos damos cuenta de que no se le ha dado suficiente consistencia y profundidad a los secretos familiares y a sus desgarros como para destinarnos a la tragedia.

El pato salvaje

Autor: Henrik Ibsen

Dirección: Carlos Aladro

Versión: Pablo Rosal

A partir de la traducción de Cristina Gómez-Baggethun

Reparto: Juan Ceacero, Pilar Gómez, Nora Hernández, Ricardo Joven, Javier Lara, Jesús Noguero y Eva Rufo

Ayudante de dirección: Paula Castellano

Espacio escénico: Eduardo Moreno

Vestuario: Almudena Bautista

Iluminación: Pau Fullana

Espacio sonoro: JUMI

Imagen de cartel: Miguel Vallinas (de la serie ‘Segundas pieles’)

Fotos en escena y de ensayo: Eva Rufo

Fotos del espectáculo: Luz Soria

Realización escenografía: Scnik Móvil S.A.

Agradecimientos: Escuela Municipal de Música y Danza María Dolores Pradera, Jesús Jara, Sen Senra, Elle Belga, Nils Frahm, Pepe Alcid y Ruth González.

Una producción del Teatro de La Abadía

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 19 de junio de 2022

Calificación: ♦♦

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