El síndrome del copiloto

Vanessa Monfort adapta al teatro una de sus novelas para ofrecernos un espectáculo insípido y monótono que sorprende por su escenografía

El síndrome del copiloto - FotoNo esperaba que de la literatura del género bestseller romántico de mujeres para mujeres (con todo el paternalismo que destilan estos productos), con toda la autoayuda deleznable e ingenua, con toda la superficialidad que pretende ser profunda (inevitablemente cursi) y con el ánimo propio del coaching que ansía ayudar a las desvalidas féminas, tan perdidas ellas en el marasmo del patriarcado, tan inocentes ellas aún en este siglo veintiuno avanzado ya, que su versión teatral pudiera ofrecernos algo que se pudiera tildar de profundo, de maduro, de consistente o, incluso, de emotivo.

Vanessa Monfort adapta al drama parte de su novela Mujeres que compran flores (2016), quitando amigas y quedándose con el relato más rácano. Su protagonista, Marina, ha emprendido un viaje a bordo del Peter Pan, para surcar el Mediterráneo desde Cartagena a Tánger en ocho días. Eso es lo encomendado. Ella es una mujer que desconfía de sí misma, que siempre se ha puesto a la sombra de su pareja, Óscar, un tipo de cuarenta años (ella debe rondar otros tantos) que falleció hace un año. Bajo ese esquema, podríamos atisbar una historia de aprendizaje, de cambio vital, de replanteamiento del futuro; pero lo que tenemos es un monótono acontecimiento, donde apenas se entra en harina. ¿Quién es Marina (en el mar)? ¿Quién es Óscar? Podríamos preguntarnos, si anheláramos conocerlos, si podrían llegar a significar algo para nosotros. Créanme que, después de hora y media de función (larga a todas luces), se lo seguirán preguntando. Porque la habilidad de la dramaturga para sortear las ineludibles cuestiones de la existencia es portentosa. Y este es uno de los datos inequívocos de este tipo de «literatura» que, por no abrumar al lector poco avisado (y masivo), se le entretiene con una sarta de frases hechas para que sienta que ahí se está hablando de amor, de convivencia y de alguna cosilla más. El concepto de «síndrome del copiloto» daría para mucho, pues es demasiado habitual en muchas parejas. Mucho más evidente en mujeres, y no todas ellas precisamente mayores. No obstante, aquí no se desentraña por qué ocurre eso ahora que, en gran medida, podemos elegir nuestro ocio, nuestros intereses, nuestras diversiones. Aquí no se dirime, por ejemplo, por qué más mujeres que hombres, juegan, en general (a lo que sea), menos. Aunque podríamos centrarnos en otras actividades propias del tiempo libre, de las aficiones y de algunas obsesiones. Y es que Mariana termina por no ser ejemplo de nada; porque no sabemos si es inmadura, o aburrida, o alguien sin estudios, o sin intereses, o sin gustos diversos. Es más, no sabemos por qué se debe producir en ella una catarsis, si no se ha llegado a un clímax. ¿De verdad se le puede vender a la gente que como ha logrado superar ella sola una tormenta ya va a estar preparada para tomar las riendas de su vida? Sí, este es el tipo de mensaje que se vende. Pero no hablamos de una adolescente o de un niño: «¿Ves, hijo, como eras capaz de pintar sin salirte? Ahora serás capaz de cualquier cosa que te propongas». La conclusión, en todo caso, es que ella es alguien insignificante. Tanto como muchos de los habitantes que pueblan a nuestro alrededor. Hoy, el culpable de esa circunstancia es más avieso y nos lanza al nihilismo de cabeza. Paradójicamente, como este tipo de «literatura».

Luego, toda esta sensación de nadería se potencia con las interpretaciones. Podemos comprender que Cuca Escribano se muestre temerosa en los inicios por la aventura que ha emprendido; aunque resulta incomprensible que no vaya sacando algo de garra, incluso de auténtico enfado, si debemos creernos su transformación al final del periplo. Ni descubrir que su marido le era infiel, le vale sacar algo de pundonor. Peor es contemplar a Miguel Ángel Muñoz tomarse su papel como si fuera un ángel que ni se inmuta, un espectro que ha surgido de improviso para continuar con sus lecciones de marinero zen, que suelta su texto con su candidez habitual en las entrevistas, pero sin crear personaje. Aquí no hay una dirección de actores; porque solamente en la tormenta final podemos reconocer algo de viveza. ¿Y el silencio reflexivo? ¿Y la calma chicha? ¿Dónde están? No, estos es narrar y narrar, describir y describir las cosas más cotidianas y nimias.

Este montaje tiene un único atractivo, y es la escenografía que se han currado Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán. Todo un bote semiesférico, con bodega visible, apoyado de tal forma que los intérpretes se ven movidos a estribor y a babor con sus propios balanceos y pasos sobre cubierta. En otras ocasiones, el barco se suspende y el vaivén resulta del todo atrayente, conjugado con la iluminación de Valentín Álvarez, quien ha sabido transmitir el paso del día a la noche con gran gusto. Esta estructura es el gran hallazgo y, en cierta medida, se le saca partido; pues potencia la «torpeza» de una protagonista que apenas sabe pilotar sin el automático puesto.

Es más, esa construcción escenográfica puede hacernos perder el hilo —si es que lo tiene—. Porque tampoco podemos caer en las redes de esa retahíla de libros que se nos imponen como referencias, ya que hablamos de obras magnas que están muy alejadas de lo que observamos. ¿La Odisea? ¿El viejo y el mar? O, de otra manera, Cinco horas con Mario, con la que se nos intenta vender este espectáculo. Echamos de menos, entonces, la hondura de lo que Delibes introduce en su famosa novela al analizar la sociedad de una época. Esto aquí no ocurre ni por asomo. Es más, ¿cómo hacer creíble a una mujer, sin hijos, que navega y ha navegado, española, que pertenece a nuestra sociedad ciertamente desarrollada culturalmente, para lo que aquí nos compete? Pues no puede ser creíble; porque solamente se puede asumir como una propuesta falsamente simbólica, donde todas las metáforas sobre el mar, el viaje, el naufragio y la intemperie de la ruta podrían llevarnos, como algunos grandes clásicos, a comprender un mensaje realmente trascendente.

Creo que El síndrome del copiloto es una oportunidad perdida, pues el tema me parece de una importancia soberana; y podría, gracias al teatro, desvelar unos comportamientos que niegan la libertad y la propia vida.

El síndrome del copiloto

Texto y dirección: Vanessa Montfort

Reparto: Cuca Escribano y Miguel Ángel Muñoz

Ayudante de dirección: Alexandru Stanciu

Escenografía: Estudio Dedos. Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán (AAPEE)

Iluminación: Valentín Álvarez (AAI)

Música: Fernando Velázquez

Espacio sonoro: Javier Almela

Movimiento escénico: Isabel Vázquez

Vestuario: Virginia Serna

Coordinación de producción: Elena Martínez

Coordinación técnica: Alberto de las Heras

Prensa: María Díaz

Diseño gráfico: 16 Escalones

Redes: Concha Martín

Distribución: Elena Martínez/Sandra Avella

Dirección de producción: Cuca Escribano

Es una producción de Avanti Teatro, en coproducción con: Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid – Madrid Cultura y Turismo S.A.U., 16 Escalones Producciones, Concha Busto Producción y Distribución y María Díaz Comunicación.

En colaboración con: Junta de Andalucía-Consejería de Cultura y Patrimonio Artístico. Teatro Cervantes de Málaga.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 24 de abril de 2022

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