Pundonor

Andrea Garrote elabora un espectáculo de alto contenido crítico y satírico a través de una profesora que sufre las consecuencias de sus propias enseñanzas sobre la filosofía de Foucault

Pundonor - Foto de Sandra Cartasso
Foto de Sandra Cartasso

Obviemos el eslogan: «mejor espectáculo unipersonal de la década»; porque es poner el listón demasiado alto. Y no digo que, si nos detenemos a escuchar, a rememorar, a leer y a desentrañar no concluyamos que Pundonor es una propuesta intelectualmente solvente; aunque el efecto autofagocitante se disuelva en cierta medida con una historia algo corriente. Es decir, que la recursividad y la metafilosofía (expresada en la propia actuación) funcionan paradójicamente. La profesora Claudia Pérez Espinoza se convierte en el epítome de su propia alocución. Su locura le da la razón a Foucault; aunque, graciosamente, podamos afirmar que ha sido el lenguaje foucaultiano el que ha provocado toda una paranoia en nuestra protagonista. Haciendo un juego de palabras, diríamos que Claudia ha perdido a Spinoza al caer en las garras de un proyecto filosófico que pretende cuestionar cualquier discurso asentado en la historia y en el racionalismo, y no ofrecer una respuesta firme a esa crítica.

Entonces, lo fenomenal es que, desde la academia, desde la cátedra, la docente acabe en los márgenes y, por supuesto, en la expulsión. Es una demente; puesto que su comportamiento no se ajusta a lo «normal», a lo esperable en el aula, ni en la institución a la que pertenece. Y mucho menos si todo el mundo se entera de que se dedica a robar cosas que luego devuelve en el departamento de objetos perdidos. En este sentido, me parece magnífico cómo se conjuga la lección sui géneris que nos imparte con su metamorfosis. Una perfomance tan llamativa, tan evocadora, tan didáctica, al fin y al cabo, que da ejemplo en primera persona de lo que plantea Foucault. Ese es uno de los grandes méritos del texto, sostenerse en una vuelta que es una ida, y viceversa. La profesora ha regresado de su periodo de convalecencia; pero ella ya es otra, porque esa experiencia de perder el oremus le ha hecho, también, observar la situación desde otro punto de vista. En gran medida, no desea seguir formando parte de un engranaje (si es que eso es posible) que la ha querido triturar, cuando, curiosamente, estaba demostrando su profundo funcionamiento. O sea, la enseñanza de la filosofía se regodea en la teoría como un disfrute solipsista.

Andrea Garrote irrumpe en una clase vieja y realista, de pizarra verde con tizas de colores. El alumnado pronto lo percibe como un vigilante, con sus amenazantes móviles en el bolsillo como si fueran pistolas que se pueden desenfundar ipso facto. Está reflejado ahí, en esa tensión, el Vigilar y castigar, del filósofo francés que, de alguna manera, ha devenido, en lo que la socióloga Shoshana Zuboff llama capitalismo de la vigilancia. La actriz se entrega con la pasión propia de quien nos quiere arrastrar hacia lo inesperado. Al observarla uno se pregunta en qué momento perderá definitivamente los papeles; pues está claro que su modo de proceder no es suficientemente equilibrado (no hay más que ver lo que lleva escondido en el bolso).

Luego, claro, está la otra paranoia: el lenguaje. Discurriendo con aquella chorrada de que el lenguaje crea la realidad —bueno, Orwell la llamó neolengua—, para denotar que hay que nombrar insistentemente lo que ¿existe? La cuestión es que falacias de tal tamaño llevan a aceptar que se nombre lo inexiste como si fuera un retablo de las maravillas o el traje nuevo del emperador. Desde las ciencias sociales se establecen taxonomías y categorías como si la realidad estuviera hecha añicos y hubiera que calificar cada uno de los trocitos como distintos, aunque sean similares, si no, casi iguales. En esas estamos, en desistir de dominar y aprehender nuestro propio lenguaje, tanto el íntimo (nuestro idiolecto) como el común. A falta de debates de fondo, aceptamos que las naderías nos invadan hasta contagiarnos con conceptos vacuos.

Quizás Pundonor nos debiera hacer más gracia. Creo que es una cuestión de código, argentino, en este caso. Las palabras —nunca mejor dicho— poseen un cariz que como españoles no pillamos del todo. Las comprendemos en su contexto; pero el registro, me parece, se nos escapa en ocasiones. No obstante, el humor está presente desde el inicio; ya sea porque la filosofía de Foucault se lleva por los derroteros del absurdo al exponer su retahíla incomprensible de neologismos y expresiones tan enrevesadas del posmodernismo; o porque nos expone situaciones destinadas a la autorridiculización, como cuando describe una fiesta a la que acudió sin estar segura de encontrarse en sus cabales. La verborrea también hace lo suyo, pues su habla sin freno nos lleva de un tema a otro sin remisión, desde lo más profundo a lo más cotidiano. Es en ese vaivén donde se inserta la crítica derrotista al sistema, mientras el aula se desmorona —entenderemos que simbólicamente—, pues no queda más remedio que derrumbar las instituciones disciplinarias y disciplinantes. Para Claudia, su única victoria posible es marcharse con pundonor.

Pundonor

Creación: Andrea Garrote

Dirección: Rafael Spregelburd & Andrea Garrote

Reparto: Andrea Garrote

Escenografía e iluminación: Santiago Badillo

Vestuario: Lara Sol Gaudini

Música original: Federico Marquestó

Producción: Carolina Stegmayer

Una producción de Carolina Stegmayer

En colaboración con el Teatro de La Abadía

Producción delegada y distribución: Carlota Guivernau

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 20 de marzo de 2022

Calificación: ♦♦♦

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