Festen

Magüi Mira versiona el transgresor film que puso en marcha los presupuestos del Manifiesto Dogma

Foto de marcosGpunto

Celebración (Festen) de Thomas Vinterberg fue, como sabemos, todo un acontecimiento cinematográfico; puesto que, además, de su hálito vanguardista, era la primera película bajo el Manifiesto Dogma, el cual, paradójicamente, pretendía regresar a procedimientos «rudos» de hacer cine, como reacción a la desmedida y artificiosa tecnologización. Magüi Mira nos presenta la versión teatral, aunque no podremos obviar la comparación con la versión fílmica. Lo primero que se debe señalar es que estéticamente se ha optado por una depuración de las formas, por un minimalismo maniqueo donde el blanco y el negro predominan ante la presencia fantasmagórica en rojo de Linda. La iluminación fluorescente y aséptica de José Manuel Guerra incide en la excesiva tibieza de algunos personajes. Las gradas enfrentadas de público dejan que los actores se paseen delante de nosotros, a poca distancia. La escenografía la firma la propia directora y Javier Ruiz de Alegría: higiénica, hospitalaria y gélida. Mesa para siete comensales, un piano y un gran portalón de acceso a la mansión. A la vista pinta bien y uno comprueba enseguida que la decisión de Mira va precisamente por la austeridad emocional, por las frases medidas y por la elipsis que pretende retrasar al máximo el momento catártico en el que se produce la anagnórisis. Bien, pues diversos elementos echan al traste un montaje que prometía maneras. El asunto es tan sencillo como la celebración del sexagésimo cumpleaños del patriarca, y tan compleja como la revelación de su turbiedad moral, auspiciada por la omertá propia de familias que se vertebran como las relaciones mafiosas de poder. El ritmo que se impone en el primer tercio es insufriblemente lento y llevado con esa frialdad que poco a poco se torna inverosímil. A la obra en su conjunto, a diferencia de lo que hizo el danés a golpe de cámara, le falta brutalidad y mala educación, borrachera y desesperación a raudales. ¿O es que no paran de beber; o es que ellos no saben el papel que representan, o es que no escuchan lo que se acaba de decir? ¿Dónde está toda la violencia que se nos usurpa? Se pegan poco, se insultan con la boca pequeña. Parecen anestesiados en aquel paraje de vinilo. Isabelle Stoffel, largo vestido rojo, deambula hasta la mesa, se sube en ella y esconde una nota en la lámpara (una declaración de culpabilidad que se leerá dos veces, sí, dos veces; por si alguien disfruta con los misterios). La actriz hace de la hermana muerta, de la suicida; apenas debe emitir un par de sentencias; pero su personaje es de lo poco original que funciona y que nos conecta con los dos mundos del bien y del mal que están en liza. A partir de ahí, los vivos, ofrecen interpretaciones muy desiguales. El gemelo de la fallecida, ese antihéroe que apenas llega al pataleo, es Christian, Gabriel Garbisu, se muestra tan apocado que cuesta creérselo después, cuando se enfrenta a su padre y suelta todas las barbaridades que les hizo de pequeños. Se reencuentra con Pia, una de las criadas, y Karina Garantivá se expresa con tal candidez, con una entonación de sus frases, que su semidesnudez no alcanza el más mínimo erotismo. Pronto llega Michel, el hermano pequeño, y su mujer. A Manu Cuevas todavía le faltaría un punto de macarrismo demoniaco y algo menos de niñería. Su esposa, Carolina África, Mette, sostiene con firmeza su rol de apaleada y mujer capaz de adaptarse con pragmatismo y fortaleza a la circunstancias. La otra hermana, Helen, nos entrega a una Clara Sanchis dispuesta a comprender que ha sido invitada a una hecatombe y su aire de chifladura es la máscara inevitable; lástima que le hayan puesto a un compañero —otra de las innovaciones— que es pura excentricidad incomprensible. A David Lorente le ha tocado hacer de Fabrizio, el novio italiano de la hija, un rastafari que parece sacado de cualquier comedia de Ben Stiller. Un sinsentido que rompe más la credibilidad con un histrionismo que deshace el drama soterrado que obligatoriamente debería aflorar. El padre es Roberto Álvarez, parece encerrado en la monocordia, seguramente necesitaría un punto más de sarcasmo o de suficiencia, más que de la amargura que expele; sobre todo para contrapesar la taciturnidad de su hijo mayor. Le acompaña Carmen Conesa, que cumple con intervenciones sobrias; pero ajustadas. Finalmente, Jesús Noguero trabaja en la sombra su Kim, el mayordomo, un individuo con dos barajas. Le da empaque a su interpretación y agarra la tensión cuando la cosa decae. Bien, pues a pesar de la atmósfera general y de los desajustes actorales, encontramos varios momentos, como cápsulas, de verdadero esplendor y sintonía, como la entrada «triunfal» del padre, mientras todos cantan una absurda canción de cumpleaños o cuando llega el desayuno y parecen purificados. La pena es que no fluya el hilo conductor entre auténticas rupturas y colisiones salvajes que permitan la exorcización. Probablemente muchos espectadores queden satisfechos y se dejen cautivar por la estética que Magüi Mira nos ha deparado; sobre todo si dejan de lado la película de Vinterberg.

Festen

Autor: Thomas Vinterberg y Mogens Rukov

Adaptación teatral: Bo Hr. Hansen

Versión y dirección: Magüi Mira

Reparto: Carolina África, Roberto Álvarez, Carmen Conesa, Manu Cuevas, Karina Garantivá, Gabriel Garbisu, David Lorente, Jesús Noguero, Clara Sanchis e Isabelle Stoffel

Escenografía: Magüi Mira y Javier Ruiz de Alegría

Vestuario: Lorenzo Caprile

Iluminación: José Manuel Guerra

Música: David San José

Coreografía: Rosángeles Valls

Asesoramiento lucha escénica: Mar Navarro

Ayudantes de dirección: Txemi Pejenaute y Pablo Gallego

Diseño cartel: BYG / Isidro Ferrer

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 9 de abril de 2017

Calificación: ♦♦♦

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