Marina Seresesky firma este cuento evangelizador protagonizado por Chani Martín y Pepa Zaragoza en el Teatro Fernán Gómez
Cuando Javier Fesser presentó sus Historias lamentables en 2020 pudo seguir desarrollando esa vetas absurdistas y kafkianas que resultaban tan inverosímiles como catastróficamente posibles en un mundo donde hay gente «pa to». En dicha película, aparecía Chani Martín interpretando a un disciplinado turista de esos que madrugan para coger primera línea de playa —probablemente uno de esos sujetos que se quejarían a diario por tener que levantarse tan temprano para ir a trabajar—, vestido con el uniforme de playero y con algunas características que hallamos también en este Braulio de la pieza que nos compete. Sería como contemplar primero en pantalla grande al metódico espécimen bandeado por la mala suerte; y después observarlo engrandecido frente a una esposa permanentemente infravalorada. Sigue leyendo

Desde luego, a priori resultaba muy intrigante descubrir cómo se podía llevar a escena la vivencia de la famosa Helen Keller, aquella mujer que se quedó sorda y ciega después de pasar una tuberculosis (parece la hipótesis más razonable) a los diecinueve meses de haber nacido. La película El milagro de Ana Sullivan contribuyó en su momento a que su ejemplo se volviera más acuciante, especialmente para todos esos estudiantes de estudios relacionados con la pedagogía. Evidentemente, la estética, en su sentido más amplio (arte y sensaciones), parece el camino más apropiado para incidir en los lenguajes que nos puedan aproximar a esa entelequia que supone especular, no ya sobre el pensamiento y las percepciones de una persona corriente, tan manipulada por la vista, sino de alguien que requiere necesariamente acudir al tacto y al olfato para alimentar su imaginación.
A mí me tranquiliza mucho que este proyecto esté patrocinado por ING a través de Tax Shelter, y también que esté sufragado por un montón de instituciones públicas europeas como nuestro Centro Dramático Nacional, porque así me puedo permitir concederle el beneficio de la duda al facedor de este entuerto, quiero decir, chorrada. Entiendo que este último calificativo puede estar un poco fuera de tono; pero más fuera de tono me parece desaprovechar la oportunidad para ahondar en las quiebras políticas de este superestado inédito en su formato llamado Unión Europea. Tanto aparataje y tanta simulación —muy endeble dramatúrgicamente, eso sí— para que el discurso ni siquiera atisbe o roce el meollo de la cuestión; es decir, quiénes mecen la cuna, quiénes están consiguiendo nuestro adormecimiento de esta pax europea, mientras llegan los bárbaros de oriente montados en briosos caballos de ceros y unos.
Revisando el reciente tomo Teatro y deportes en los inicios del siglo XXI, compilado por José Romera Castillo, uno confirma que el fútbol apenas ha concitado la atención de los dramaturgos españoles; y eso que estamos hablando de una práctica deportiva que posee una repercusión social y mediática descomunal. Más paradójico resulta, si uno observa las tendencias políticas de la mayoría de las dramaturgias contemporáneas —claramente sesgadas hacia la izquierda— y si nos fijamos de dónde procede el futbol y los futbolistas; es decir, la clase obrera —Inglaterra es el gran ejemplo—. Una manera de ascender socialmente ha sido el deporte, ya fuera el boxeo, en sus tiempos, o el propio fútbol. También es cierto que la intelectualidad literaria ha despreciado, desde su elitismo, abordar el tema; aunque muchos escritores declararan sus filias futboleras.
Cuando en los últimos tiempos uno acude a espectáculos teatrales marcados por el marchamo del actual feminismo, no queda más que esperar si se respetará la inteligencia del espectador o si, por el contrario, se desbarrará con el proselitismo insufrible que restringe la crítica o el matiz al máximo; es decir, tendrá leccioncita o no. Desgraciadamente, en Despierta, cuando parecía que no; pues al final resulta que sí, que Ana Rayo y su personaje de sí misma han venido a instruirnos y a concretar las sencillas recetas en el conflicto hombre-mujer (y viceversa). Una obra en la línea de
Volver a la figura clave del teatro sofocleo implica darle nuevos aires, ahondar en perspectivas inéditas y resignificar el símbolo esencial para demostrar que seguimos impresionados por su repercusión. Como han hecho otros tantos en los últimos tiempos, desde 
Vivificar con sentido la persuasión entre perruna y humana que ideó Cervantes para este ejemplo a la contra, no es tan sencillo como parece, si nos imaginamos la simple narración de los hechos. Aunque por momentos se echa en falta cierto dinamismo, lógico en unos canes, y que, además, el ruido ambiente que se cuela en la noche en el Corral Cervantes no permite una audición más clara; las gentes de Morfeo Teatro, que llevan con este montaje deambulando años por aquí y por allá como el protagonista máximo de la novela, han propiciado una plasmación idónea. No diremos que en la adaptación de Francisco Negro se comienza en in medias res; pero el espectador se ve obligado a recordar —o a conocer—, que el asunto viene de la novela anterior, es decir, El casamiento engañoso, y que es uno de sus personajes, el alférez Campuzano, quien había estado ingresado en el Hospital de la Resurrección en Valladolid (donde estuvo viviendo don Miguel, cuando se trasladó allí la corte para que, entre otros asuntos, el duque de Lerma hiciera de las suyas), y que ha escrito la conversación entre dos perros que se solían tumbar en los alrededores de la susodicha institución médica.