El coloquio de los perros

Morfeo Teatro configura una estética tenebrista para dar cuenta de esta novela ejemplar de Cervantes

El coloquio de los perros - FotoVivificar con sentido la persuasión entre perruna y humana que ideó Cervantes para este ejemplo a la contra, no es tan sencillo como parece, si nos imaginamos la simple narración de los hechos. Aunque por momentos se echa en falta cierto dinamismo, lógico en unos canes, y que, además, el ruido ambiente que se cuela en la noche en el Corral Cervantes no permite una audición más clara; las gentes de Morfeo Teatro, que llevan con este montaje deambulando años por aquí y por allá como el protagonista máximo de la novela, han propiciado una plasmación idónea. No diremos que en la adaptación de Francisco Negro se comienza en in medias res; pero el espectador se ve obligado a recordar —o a conocer—, que el asunto viene de la novela anterior, es decir, El casamiento engañoso, y que es uno de sus personajes, el alférez Campuzano, quien había estado ingresado en el Hospital de la Resurrección en Valladolid (donde estuvo viviendo don Miguel, cuando se trasladó allí la corte para que, entre otros asuntos, el duque de Lerma hiciera de las suyas), y que ha escrito la conversación entre dos perros que se solían tumbar en los alrededores de la susodicha institución médica. O sea, vuelta de nuevo con el juego de narradores que tanto le interesaba al novelista. Pero aquí se va directamente con Cipión, que es, de los dos, el más incisivo, el más vivaz, si se me permiten las expresiones; porque sus necesidades perentorias así se lo exigen y su carácter no está ni para prudencias, ni templanzas y otras virtudes que se suelen desarrollar mejor cuando el gaznate se encuentra satisfecho. Puesto que Berganza, como vamos a ver, muestra, a veces, una rectitud, que parece la propia de un sacristán atado de pies y manos por la moral religiosa más ortodoxa. Por eso Mayte Bona, excelentemente enmascarada en Cipión —la caracterización de todos los personajes visualmente resulta muy sugeridora, con maquillajes ambivalentes y ropajes que dan cuenta de vidas con suertes muy distintas— es la que da el primer aldabonazo con su voz cazallera, fingiéndose ciega y dándose a la mendicidad más harapienta. Nos despierta y nos llama la atención, y le comenzamos a escuchar el rugido de las tripas, porque el hambre ha sido el gran tema de España durante demasiados siglos. Ella, con sus gestos y con su movimiento circular e impositivo es revulsiva cuando su hermano se pone algo monocorde. Además, posee un discurso lógica y evidentemente cínico, como un crítico interno desencantado de las andanzas que tiene que escuchar. Puesto que nada importa si su compadre guarda en el hatillo algunas viandas que ya provocan salivación como en los canes pavlovianos. Y en ello estará también parte del humor desengañado y taciturno que no queda más remedio que evidenciar si del Barroco se trata. Humor de claros contrastes en el diálogo, pues las singularidades se suceden; ya que, por mucho que se vuelva a confiar en los humanos, el engaño y el contraengaño se renuevan. Por su parte, Francisco Negro impone con su Berganza una narración repleta de humildad, como si, a pesar de lo vivido, conservase una buena reserva de ingenuidad. Sí que es cierto que algunos de los episodios se hacen algo monótonos y estáticos, porque la verborrea tan típica rebasa el detallismo; no obstante, mantiene una general vivacidad y hasta entusiasmo por rememorar historias que, paradójicamente, resultan nefastas. La cuestión es que la ristra de amos supone, como ocurriría en El Buscón, un fresco de aquella sociedad, desde una perspectiva bastante negativa y pesimista. Desde el matadero donde nació hasta esa incursión onírica con la participación farsesca de la bruja Cañizares que Felipe Santiago resuelve con soltura en la semioscuridad que propician. Un episodio ridiculizante que intenta dar sentido al hecho de que estos dos individuos se hayan convertido en perros y que encima hablen, como bien se arrastran las huellas lucianescas. No deja de ser una parodia cervantina sobre cierto idealismo. Pastores, un mercader, un alguacil, unos soldados, unos gitanos y hasta un escritor a los que escucha y sufre cual asno de oro y que le sirve para afirmar la debacle. De cómo la magia y la extrañeza se despliegan para desvelar la anagnórisis, supone la gran visión doblemente cínica, en cuanto que son perros, y en cuanto que el narrar se deja embarcar por su sueño sifilítico. Un despliegue para la crítica y también la sátira a través de la evidencia de tantos vicios morales. Es otro ejemplo, valga la redundancia, de que no es necesaria la moralina para instruir al personal y darle cuenta de cómo estaba el mundo. Por eso resulta tan elocuente esta propuesta tan bien configurada estética y éticamente por la gente de Morfeo Teatro.

El coloquio de los perros

Autor: Miguel de Cervantes

Dramatización y dirección: Francisco Negro

Reparto: Francisco Negro, Mayte Bona y Felipe Santiago

Producción: Morfeo Teatro

Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 30 de septiembre de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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