Despierta

Ana Rayo presenta esta autoficción para relatar la muerte de su madre y para aleccionarnos sobre el machismo imperante

Despierta - Foto de Jesus UgaldeCuando en los últimos tiempos uno acude a espectáculos teatrales marcados por el marchamo del actual feminismo, no queda más que esperar si se respetará la inteligencia del espectador o si, por el contrario, se desbarrará con el proselitismo insufrible que restringe la crítica o el matiz al máximo; es decir, tendrá leccioncita o no. Desgraciadamente, en Despierta, cuando parecía que no; pues al final resulta que sí, que Ana Rayo y su personaje de sí misma han venido a instruirnos y a concretar las sencillas recetas en el conflicto hombre-mujer (y viceversa). Una obra en la línea de Españolas, Franco ha muerto que, precisamente, se representó en el mismo espacio. Ah, y si algún teatrero aún tenía esperanzas de que la autoficción fuera arrumbada esta temporada, comprobará que seguimos dramatúrgicamente en lo mismo, en el yoísmo, en el yo-yo, y que yo y que yo. En este caso la actriz lleva el yo hasta en el apellido y supongo que, psicoanalíticamente hablando, influirá en su subconsciente. Parece de imperiosa necesidad para criticar esta función hacer una distinción, dadas las suspicacias que puede llevar inmiscuirse en los hechos que aquí se revelan: diferenciar entre el relato personal y, sobre todo, familiar de la intérprete y su propia opinión del asunto. Ambos se pueden juzgar, y por separado. Es decir, nos encontramos con un argumento basado enteramente en la realidad, más allá de que tenga un tratamiento artístico; pero también con el discurso político y moral de la propia actriz, en una especie de arenga que el público presente debe deglutir mientras digiere la dureza de lo contado anteriormente. Es evidente que ser víctima de, o haber sufrido por, o cargar un pesar insoportable, no te convierte automáticamente en una experta o en alguien ducho en el meollo de los acontecimientos. En conclusión, qué importante es que el artista se deba a su arte y se guarde mucho, muchísimo, de la moralización, de ofrecer respuestas simplistas a grandes problemas. Ante todo, en el teatro, se debe respetar el raciocinio del respetable para llegar a sus propias conclusiones. Sea como fuere, en el centro de la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español Alfonso Barajas ha creado una estructura geométrica con diferentes trampillas para que la protagonista se suba y vaya sacando el vestuario que Lorenzo Caprile ha diseñado. Ciertamente el espacio se le queda un poco escueto, pero hay que reconocer que Rayo es una persona ágil y que tiene muy trabajados los movimientos. Esa agilidad resulta magnífica en el primer tramo del montaje. Una serie de bombillas (el juego de luces de Juanjo Llorens es un recurso eficiente) y unos sonidos como de la «tercera fase» sirven para disponernos en un diálogo imaginario con su madre, principalmente. Una especie de encuentro afable y amoroso de carácter espiritualista. Su madre fallecida será invitada cada noche al teatro y, en este sentido, Natalia Menéndez ha logrado un ambiente muy positivo, lleno de candor, entreverado por un humor levemente irónico. Todo esto funciona, porque se imprime un ritmo vivaz que requiere nuestra atención. En absoluto es monótono. Las anécdotas se suceden y los vericuetos por los que vamos a deambular surgen de improviso. Punto esencial es saber de dónde venimos, pero no únicamente desde el punto de vista de la cuestión hombre-mujer, sino, además, desde el económico. Su madre era una niña bien de Zaragoza. Gentes del bando vencedor, con firmes creencias católicas. Un padre que aquí se retrata casi como un dictatorial machista que no le dejó a su esposa tocar el piano (cuando ha terminado, incluso, la carrera) o salir con las amigas o todos esos etcéteras tan asfixiantes que tuvieron que vivir muchas mujeres durante el franquismo. Aquello de la triple K (Kinder, Küche, Kirche, o sea, niños, cocina, iglesia) que emplearon los nazis y que la Sección Femenina en España acogió con gusto. De un trauma infantil, producto del abandono repentino de su madre a los 2 meses, cuando después de un intento de suicidio se quedó KO, vamos atravesando etapas, relatos que se cuelan, trastornos alimenticios, drogas, salidas nocturnas y un sinfín de detalles nos van acercando a la catástrofe fundamental. El nudo nos remite a cómo su progenitora fue atacada por su nueva pareja en Fuengirola, un danés que había cometido un asesinato en su país y que se había plantado en el nuestro porque allí no lo querían como compatriota. Un corte en la carótida que le dejó el cerebro intacto, pero el cuerpo destrozado después de sobrevivir milagrosamente. Que no se entre en lo macabro y que todavía se sostenga la atmósfera de comedia, es una manera fantástica de manifestar poderío. Dieciocho años de penurias hasta que se las vio y se las deseó para fallecer con serenidad en 2015, cuando la ley sobre la eutanasia no se había aprobado. Todo lo que tiene que ver con la madre parece más pertinente, más acuciante, más tortuoso y dramatizable; mientras que la biografía de Ana Rayo posee menos interés, sobre todo, porque pasa de puntillas sobre cuestiones más enjundiosas o por autojustificaciones que se deshilachan conceptualmente. Ya sea un aborto de bien joven («al segundo polvo»), meterse en un producto bancario tóxico y salir trasquilada, tener que vender un piso «estupendo» en la Puerta del Sol, rechazar dieciséis millones y medio de pesetas de un tío abuelo, puesto que no se quiso casar o su declaración sobre cómo el sicoanálisis, el EMDR y otras seudoterapias como constelar resultan necesarias para agarrarse otra vez a la vida. Ya que cuando habla de sí misma, no se resiste a ponerse en modo «activista». Sus homilías rompen la obra y el público, creo, perderá las ganas de responder mentalmente, mientras en el fondo hay un drama. Frases como «qué afortunados «los hombres europeos blancos heterosexuales» (quizás algunos millones de hombre no de «familia bien» tendrían algo que objetar) o la defensa existencial de los cuidados como función necesaria y salvífica para el ser humano —afirmar esto, después de asumir que a su madre la cuidaban en su chalet dos internas, más un fisioterapeuta y no sé quién más; parece que requeriría una deriva distinta, porque muchas cuidadoras, si hubieran podido, querrían también haberse realizado artísticamente pero les ha faltado parné—; la defensa, por supuesto, de un uso del lenguaje femenino (como si se acogiera fervientemente a la hipóstesis Sapir-Whorf) o que la educación es la clave de todo para terminar con el machismo imperantes (otro acto de fe simplón y sin desarrollo). Los lugares comunes que ya conocemos y que se esbozan de manera acrítica y sin la más mínima profundidad se pretenden mezclar con la tragedia y salir intelectualmente indemne. Quizás entre tanta soflama, no hubiera estado mal el reconocimiento de que los hijos de los niños bien de aquellos terribles años pudieron cambiar de bando y pasarse al bueno, eso sí, sin empezar de cero. Lamentablemente, el discurso pijoprogre que se evidencia, donde se obvia la importancia suprema que tienen las diferencias de clase, deja este Despierta en otra obra más de esa lista interminable de biempensantes. No me puedo resistir a recoger estas declaraciones extraídas de mi periódico de cabecera, no sé si de Rayo o de Menéndez: «Estamos programados para ser machistas, homófobos y racistas. Todos nosotros. Nos han educado para no tolerar ninguna diferencia. Reflexionemos sobre cómo cada uno de nosotros podemos mejorar la sociedad para que convivamos todos, una sociedad en la que todos nos sintamos bien. Y el mal trato hacia los demás. Yo he hablado muy mal a la gente y me he ido transformando y dándome cuenta del peso que tienen las palabras». Así que ya saben, sean buenos chicos y chicas, que no cuesta tanto.

 

Despierta

Dramaturgia: Ana Rayo

Dirección: Natalia Menéndez

Elenco: Ana Rayo

Voces en off: Alma Baeza Ortega, Ana Rayo, Benito Sagredo, Juan Margallo, Merlín Baeza Ortega, Óscar Martínez-Gil, Petra Martínez y Pili Margallo 

Diseño de escenografía: Alfonso Barajas

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Diseño de vestuario: Lorenzo Caprile

Composición musical: Mariano Marín

Coreografía: Mónica Runde

Ayudante de dirección: Pilar Valenciano

Producción ejecutiva: Barco Pirata

Una producción de Teatro Español y Barco Pirata

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 31 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦

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Un comentario en “Despierta

  1. Salgo de verla y estoy totalmente de acuerdo con tu critica. Qué hartura del yo, yo y más yo. No me interesa que me cuentes tu vida ni que me des lecciones morales. Qué hartazgo!! No puedo entender que se programe un texto así en el Español. La historia personal debe trascender y hacer algo artístico con ello.

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