The Quest

Cédric Eeckhout nos suelta su insignificante monólogo sobre sus propios desamores y las desavenencias en la Unión Europea

The Quest - Andrea MessanaA mí me tranquiliza mucho que este proyecto esté patrocinado por ING a través de Tax Shelter, y también que esté sufragado por un montón de instituciones públicas europeas como nuestro Centro Dramático Nacional, porque así me puedo permitir concederle el beneficio de la duda al facedor de este entuerto, quiero decir, chorrada. Entiendo que este último calificativo puede estar un poco fuera de tono; pero más fuera de tono me parece desaprovechar la oportunidad para ahondar en las quiebras políticas de este superestado inédito en su formato llamado Unión Europea. Tanto aparataje y tanta simulación —muy endeble dramatúrgicamente, eso sí— para que el discurso ni siquiera atisbe o roce el meollo de la cuestión; es decir, quiénes mecen la cuna, quiénes están consiguiendo nuestro adormecimiento de esta pax europea, mientras llegan los bárbaros de oriente montados en briosos caballos de ceros y unos. Uno puede creer que este espectáculo pretende establecer un paralelismo ¿artístico? entre la vida amorosa de nuestro protagonista y el ascenso de las pulsiones nacionalistas que amenazan con desmontar el sueño de esta confraternización en la que creemos vivir. Sin embargo, no nos engañemos, Cédric Eeckhout ha venido a soltarnos sus movidas. Sí, queridos lectores, The Quest es otra obra de autoficción, autofelación, de auto-yo, de auto-ego-centrismo. Prohibir las autoficciones en los teatros mundiales me parecería poco. La estética del montaje es la propia de un stand-up cutre. Al autor (o quizás al director de escena, o quizás al dramaturgista. Cuántas cabezas pensantes para configurar esta nadería) se le ha ocurrido que lo mejor es salir a las tablas vestido de caballero, con su armadura chispeante para llamar nuestra atención. Dice que es una metáfora de cómo se siente: atrapado, torpe; aunque, a la vez, con espíritu reconciliador y heroico. Micrófono en mano innecesario, expone su monólogo con ansias de naturalidad; pero la conexión con el público se encuentra con las trabas del idioma y de las mascarillas. Por ese lado, el asunto no fluye tanto como se esperaría. Aunque ya sabemos que siempre aparecen almas cándidas que entran al trapo. N nos dio algo de juego cuando Eeckhout quiso simular un ligue con él. Desde el inicio se percibe el tono de suave ironía, que no hiere en absoluto, y de cotidianidad afable. El actor se siente cómodo en el escenario, desde luego, y esta es su mayor baza para tirar adelante una función que resulta reiterativa y superficial una vez pasa media hora. Lo acompañan su madre real, una señora que se dedica a cortar patatas y a freírlas para después repartirlas con los espectadores en otro de esos gestos diría que epatatantes. El gato Jesús se sitúa a los teclados. Ambos dan réplicas que resultan, en la mayoría de los casos, más surrealistas y chocantes que el texto principal. El inglés, como lengua franca, se impone junto a otras lenguas que se cruzan para evidenciar el multiculturalismo. Europa está en crisis económica desde el 2008 y pandémica desde hace año y medio; y Cédric está en crisis desde los últimos tiempos; puesto que se ha dado cuenta de que el folleteo internacional y el picaflorismo no dejan poso sentimental, y que ha llegado la hora de encontrar una pareja estable. Le falta cariño y sus devaneos por la autodestrucción le han puesto sobre aviso. Decenas de habitantes de Europa como un anuncio de Benetton salen en pantalla para expresar opiniones sin demasiado recorrido sobre qué valor tienen las parejas. ¿Por qué vivir en pareja? (Después de que nos hayan entretenido revelándonos cuál consideran que es la canción más representativa de la nación). Todo es un picoteo sin continuidad, donde no se ataja ninguna idea consistente o que no pertenezca a la colección de tópicos consabidos. Y se supone que ha visitado a esos ciudadanos en sus propios hogares. Vaya despliegue fuera de contexto soltar opiniones de aquí y de allá. El divorcio de sus padres colea y anhela conocer cuántos hijos de divorciados hay en la sala. Aventuritas con un italiano, un húngaro (no aprovecha ni para meter caña con la homofobia que gastan allí), un inglés, de los que apenas se nos detallan unas simples características. El momento cumbre es una ensoñación en Londres. Eeckhout está triste por el Brexit y se cuela en un karaoke donde está reunidos los más acérrimos nacionalistas europeos. Con Nigel Farage a la cabeza como el sumo hacedor de la ruptura británica (qué ingenuo), más Orban, Marie Le Pen, Geert Wilders o, metido con calzador, pues no aparece en los sobretítulos, Santiago Abascal (así se gana al respetable del Teatro Valle-Inclán, porque los de VOX detestan la Cultura). La versión que a duras penas entona —está en un karaoke y allí se perdona todo— de la conocida canción-carta de Adele («Hello») para articular su descontento, redunda en ese humor pacato que se niega a ir más allá. Y sí, claro, hay comicidad y algunos chistes hacen gracia, y la espontaneidad tiene su punto; pero no sacar nada en conclusión, cuando es evidente que habría tanto que criticar, que la insignificancia me aplatana. The Quest, además, se alarga innecesariamente con situaciones de relleno e, incluso, repetidas, como preguntar de nuevo al público sobre el divorcio de sus padres. Ni que salga en pelotas, ni que bajen espectadores a pelar patatas. Su monólogo hace aguas y hay que extender el espectáculo para uno tenga la sensación de que lo han divertido suficientemente. En fin, que las supuestas ideas de Europa —con lo que ha caído hasta llegar aquí— de un tipo que vive en Bélgica (con sus esquizofrenias regionales), en Bruselas, en la capital, y después de haber viajado por distintos países de la Unión, solamente dé para lamerse las heridas de sus desamores, creo que no alcanza ni para pasar el rato. Eso sí, la publicidad no desiste: ¿acidez?, ¿irreverencia? y ¿delirante? ¡Pero si no mete el dedo en ninguna verdadera llaga!

 

The Quest

Texto y dirección: Cédric Eeckhout

Con la colaboración de Douglas Grauwels

Dramaturgia: Nils Haarmann

Reparto: Cédric Eeckhout, Douglas Grauwels / Andrea Romano y Jo Libertiaux

Dirección de escena: Romain Gueudré

Escenografía y vestuario: Laurence Hermant

Iluminación: Emily Brassier

Dirección de vídeo e iluminación: Ludovic Desclin

Dirección de escena y subtítulos: Pierre Ottinger

Asesoría de idioma inglés: Daisy Phillips

Traducción, transcripción y sobretítulos: Isabelle Grynberg, Tineke de Meyer, Lola Chuniaud, Pulse Translations, Christopher Smith, Francis Smith, Valérie De Heyn y Valentine De Luca

Edición de vídeo: Dimitri Petrovic

Operador de sonido: Pawel Wnuczinsky

Fotografía: Hubert Amiel

Ayudante de dirección: Eulalie Roux

Creación: Studio Théâtre National Wallonie-Bruxelles

Realizaciones de vestuario y escenografía: Talleres del Théâtre National Wallonie-Bruxelles

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Producción: Théâtre National Wallonie–Bruxelles

Coproducción: Centro Dramático Nacional, Riksteatern, Les Théâtres de la ville du Luxembourg, Mars – Mons arts de la scène, L’Ancre – Théâtre Royal, Grand Théâtre / Noorderzon, Trafó Budapest, La Coop asbl y Shelter Prod.

Con el apoyo de Taxshelter.be, ING y Tax Shelter del gobierno federal belga

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 19 de septiembre de 2021

Calificación:

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