El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Sigue leyendo

Intensamente azules

César Sarachu observa el mundo que le circunda con sus gafas de natación en este monólogo de Juan Mayorga

Resulta un tanto desconcertante el último teatro de Juan Mayorga, ya que tras mostrar hace un mes El mago, ahora continúa ―en una estructura muy diferente― con un tono que no termina de alcanzar una comicidad relevante, y con un discurso más naíf de lo esperable en un dramaturgo que sabe sondear terrenos de mayor hondura. En esta ocasión procede con esta ensoñación o fantasía en forma de cuentecillo salpicado de curiosidades. César Sarachu, quien ya trabajó a las órdenes del dramaturgo con aquel estupendo Reikiavik, se transforma en el álter ego del autor para recrear las experiencias paradójicas que le ocurrieron a este, cuando un día salió a la calle con sus gafas de nadar graduadas tras ver cómo las habituales habían quedado inutilizadas. El magnífico actor se ve lastrado por un texto que se devanea en lo anecdótico y en una serie de sorpresas que pierden potencia enseguida; además de por una gesticulación que no logra la total gracia deseable (me lo imaginé como un Jacques Tati, pero más extravagante). Al parecer, un efecto mágico se ha producido en el personaje. Ahora entiende libros que antes le resultaban inaccesibles (El Quijote, La vida es sueño; incluso tochos de filosofía decimonónica), conoce al Rey, se encuentra con otras personas que también usan gafas de natación (aunque con otros colores), aparecen unos profesores de instituto y, por supuesto, la inmersión en la propia piscina como si se fundiera en el océano cósmico. Sigue leyendo

Una humilde propuesta

Mariano Llorente se encarna en un satírico promotor dispuesto a solucionar la pobreza de nuestro país

Foto de David Ruiz

Viene muy a cuento lo que se critica en esta obra satírica de Jonathan Swift. Apenas un panfleto de unas cuantas páginas donde vuelve a desbordar los planos de la crítica con esa inteligencia tan soberana. Desde luego, no es en su forma la misma ironía con la que procedía Sócrates para obtener la sabiduría; pero este recurso retórico conserva ese efecto revelador que produce tanta estupefacción. Proceder así en esta proclama, proponiendo técnicamente, con toda clase de detalles matemáticos y estadísticos, sobre un proyecto serio para «zamparse» a los hijos de los pobres cuando cumplan un año y alcancen un estimable peso (entre diez y doce kilos), es una provocación que no dejará a nadie indiferente. El truco discursivo es idóneo para exigir, precisamente, todo lo contrario; a saber, una responsabilidad política y social sobre esa parte depauperada de la sociedad. Y si señalo que el contenido del texto es muy pertinente para la observancia de nuestra querida España, es porque la pobreza infantil anquilosada ofrece datos tan descomunales como desalentadores ―aunque se encubran en nuestro mundo estetizado de virtualidades virtuosas. Según el INE, la pobreza infantil afecta a uno de cada tres niños. Estamos en 2019 y parece que eso no es una urgencia. En las democracias liberales, la capacidad de los pobres (por sus circunstancias no solo socioeconómicas, sino socioeducativas) para protestar, para manifestarse y para presionar políticamente, son muy bajas (evidentemente no se pueden poner en huelga, por ejemplo). Sigue leyendo

La culpa

El último texto del norteamericano David Mamet es un breve ejercicio dramático con tintes religiosos y poco fuste

Foto de Sergio Parra

Debemos recordarnos permanentemente que el autor firmante de esta obra es el mismo que, entre las más recientes en nuestra escena, ha escrito Oleanna o Muñeca de porcelana. ¿Cómo es posible que un experto en trabar conflictos morales a través de diálogos absolutamente medidos en forma, fondo y ritmo haya cometido este desatino? La culpa, en inglés The Penitent (si se hubiera traducido literalmente, probablemente se hubiera afinado más con la intención; pero hubiera perdido gancho comercial. Acierto de Bernabé Rico. Buena versión, en general), apenas se resuelve en una hora y cinco minutos; un visto y no visto. Y precisamente, su brevedad es un lastre; porque las elipsis son excesivas y luego no queda más remedio que explicar lo que debería resultar patente en un desarrollo teatral lógico, donde se muestre la vivencia de esos personajes. David Mamet pretende unir, por un lado, el drama psicológico con el atisbo del thriller; y, por otra parte, interrelacionarlo con cuitas religiosas que se esbozan tan tímidamente, que no es posible considerarlo como un verdadero leitmotiv de la trama. Además, de ello, se intenta aderezar con ínfulas de proceso kafkiano y con acusaciones de homofobia. Entonces, con estos ingredientes, ¿qué falla? Insisto, falla el oxígeno, el vuelo del argumento y ese punto de desvelamiento casi palmario que nos evite la explicación de lo casi evidente. Sigue leyendo

Señor Ruiseñor

Els Joglars plantea una sátira contra ese nacionalismo catalán que los ha vetado a través de la figura del pintor Santiago Rusiñol

Foto de David Ruano

Seguramente la misma queja que se podía argüir de su anterior obra, Zenit, se puede sostener en esta. Si en aquella el tema era el periodismo, en esta es el independentismo catalán. Cuestión demasiado seria esta última, como para que la sátira sea tan blanda. Porque si te metes en esos berenjenales, teniendo en cuenta la historia de Els joglars en su afán por hacer «amigos» y desvelar el pastel en su propia tierra desde hace tanto (unos pioneros a la hora de descubrir quién estaba produciendo los barros que nos han traído estos lodos), lo lógico sería pinchar lo suficiente como para que la crítica provocara el daño pertinente. Desde mi punto de vista, es un planteamiento timorato, y diría que desencantado; tanto en el tono ajustado a la senectud del protagonista, como en la observación del argumento. Es probable que el cansancio del monotema ya no dé ni para andarse con honduras. Pero es que los chistes y las ironías son una sarta de evidencias y de tópicos que hoy en día trufan las redes sociales, las viñetas de los periódicos y los programas dedicados a las parodias; sin ir más lejos, el catalán Polònia o el especial de Navidad de José Mota (con algunas puyas bien logradas para un espacio medido en su mordiente). Sigue leyendo

Los otros Gondra

Un epílogo recargado de autoficción para la exitosa obra que se presentó la temporada anterior

Después de lo visto, parece que esta propuesta necesita imperiosamente anclarse a la matriz: Los Gondra. Porque esta segunda no llega a tener entidad por sí misma, debido, esencialmente, a que en la primera lo autobiográfico permitía un despliegue histórico de la saga con una puesta en escena de lo más atractiva (de ahí su éxito). Ahora, aquella, se convierte en materia de autoficción para esta que se presenta en la sala pequeña del Teatro Español. Y ya sabemos cómo es este tipo de dramaturgias (lo recordaba hace bien poco con Sergio Blanco). Con los autoficcionadores parece que el narcisismo es interminable y que la infantilada de recordarnos constantemente que aquello que vemos se refiere a una realidad-real (de fuera); pero que se juega al que sí que no, rompe con la convención dramaturgo-espectador. Para más inri, el propio autor ya se imbrica entre los actores como uno más, con el comodín de interpretar como le venga en gana; pues siempre podrá afirmar que él es él y no un actor y que todo es mentira. Los otros Gondra no tienen en sí mucho contenido y se demoran en la reflexión acerca del propio acto de llevar este «relato vasco» a las tablas; concretamente en dar la voz a esa parte de la familia que encontró afinidad y comprensión en aquellos que tomaron las armas para «liberar» a su pueblo de esos «invasores». No hace falta nombrar a ETA; aunque dentro de poco no quedará más remedio que hacerlo. La memoria es frágil y el olvido se está imponiendo a marchas forzadas. Lo vuelvo a recordar aquí, se remite como año clave del argumento a 1985: 37 asesinados. Las trazas del meollo que verdaderamente alcanzan un punto trágico superior son aquellas en las que Jesús Noguero y Cecilia Solaguren dialogan, discuten, se enfrentan, se tientan, se perdonan o se asumen con todas las consecuencias. Sigue leyendo

Saigon

Una sentida propuesta sobre el desarraigo en la historia reciente de Vietman firmada por la dramaturga Caroline Guiela Nguyen

Foto de Jean-Louis Fernandez

Aprehender el tiempo, anquilosarlo a través de un restaurante de 1956 en Saigon (ahora Ciudad Ho Chi Minh) y trasplantarlo hasta París como si fuera un templo que se desmonta piedra a piedra para asentarlo en otro lugar de forma idéntica. Así mantienen aquel local hasta ese 1996 que es el otro punto del lapso. Dejar que la cotidianidad se conmueva con los recuerdos de los seres queridos que se perdieron en el tráfago de los acontecimientos y perderse en la traducción de una lengua que es la del colonizador y, también, la de aquellos que te acogen mientras se siguen planteando el regreso al país natal. Matrimonios mixtos para la configuración de una cultura única que chirría por todas partes. La escenografía hiperrealista cumple con todos los detalles posibles, nada se escapa. Alice Duchange se ha molestado en recrear el prototipo de restaurante oriental que se reparte por toda Francia, llamado, inequívocamente, Saigon, y dispuesto a ofrecer buenas sopas calientes especiadas con pimienta (uno de los personajes occidentales se sorprende de que ellos también tengan pimienta. Es uno de esos toques de humor que suavizan el drama). La cocina a la izquierda, un pequeño karaoke repleto de canciones melancólicas apostado en la otra esquina y clientes silenciosos sorbiendo del cuenco. Pero lo auténticamente interesante es el balanceo entre las épocas, cómo se empasta el allí con el aquí como si fueran espíritus que se concitan en futuro que se ancla en el pasado. Sigue leyendo

Calígula

Pablo Derqui brilla sobremanera con su interpretación del emperador en esta propuesta dirigida por Mario Gas

No vale con afirmar que este personaje creado por Albert Camus es un regalo para que el actor de turno se desgarre interpretativamente en escena. Lo que hace Pablo Derqui es soberbio. Desde luego nos hace pensar ipso facto en su papel en Roberto Zucco. Su Calígula incide en el tormento, en esa mezcla de hedonismo desenfrenado, lujuria y, a la vez, en melancolía irrefrenable sumada a la inconsistencia de su carácter voluble. Completar tan certeramente estas aristas no está al alcance de cualquiera.

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Todas las noches de un día

Carmelo Gómez y Ana Torrent representan esta obra sobre la relación amorosa entre una señora y su joven jardinero

Es necesario reconocer que Alberto Conejero (1978) ha logrado hacerse un nombre en el mundo teatral; aunque sería conveniente estudiar a qué se debe realmente. Porque da la sensación de que cierto sector y cierta crítica asumen con soberana connivencia que los dramas que nos presenta el autor deben ser tenidos en cuenta como un ejemplo sublime de aquello que muchos esperan para nuestra contemporaneidad. Cualquiera podría resolver que Todas las noches de un día, no es más que un ejercicio de romanticismo demodé, con ramalazos cursis y un tono de ternura inconsecuente. Una búsqueda agónica del cliché clásico, del ambiente emotivista, de la escena que impresione al respetable por su sensibilidad. Claro es que existe un público, generalmente femenino, que de la misma forma que deglute los novelones rosa que hoy se venden con la faja de algún renombrado premio; también se aproxima a estas propuestas donde lo importante es «atrapar al corazón». Porque, sinceramente, qué se nos quiere contar en esta función; pues la relación entre un joven jardinero y su señora. Ni más ni menos; puesto que sus biografías entreveradas apenas dan para fraguar el reconocido e imposible enamoramiento. A lo largo de la hora y veinte minutos que dura el montaje, parece que el tiempo se adensa y que el espacio no pretende concretarse más allá de un invernadero (diseñado con sencillez y gusto por Monica Boromello. Sigue leyendo